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El jovencito Frankenstein

Historias de película

Así lograron Mel Brooks y Gene Wilder convertir 'El jovencito Frankenstein' en una obra maestra

Fue el resultado de la genialidad artística del director y Gene Wilder, el respeto por los clásicos y un pulso firme contra la industria

Hay algunos cineastas que vivieron y murieron pegados sobre todo a una de sus obras casi como no hubieran hecho nada más. Le ocurrió a Orson Welles con Ciudadano Kane, a Carol Reed con el Tercer Hombre, a Charles Laughton con La noche del cazador o Jean Vigo con L’Atalante. Y eso mismo ocurre con Mel Brooks, que acaba de cumplir 100 años, y su película definitiva, El jovencito Frankenstein.

El que sigue siendo uno de los directores de comedia más descacharrantes de todos los tiempos, nació en Nueva York en 1926, pero no debutó en la dirección hasta 1967 con la película Los productores protagonizada por el que sería ya siempre su actor fetiche y amigo, Gene Wilder. Después, con El misterio de las 12 sillas y Sillas de montar calientes, Brooks se configura como un director de comedia eficaz al que ir siguiéndole la pista. Pero… sin más.

Sin embargo, todo cambia en 1973. Gene Wilder le cuenta que quiere hacer una comedia basándose en el clásico de Mary Shelley bajo la premisa de que el nieto de Víctor Frankenstein no quiera tener nada que ver con su familia hasta el punto de avergonzarse de su propio apellido. El cómico no quería reírse del cine de terror, sino homenajear de manera sincera y cariñosa las películas de la Universal de los años 30 y en especial a Frankenstein y La novia de Frankenstein de 1931 y 1935, respectivamente.

Brooks, sin embargo, se mostró escéptico. Pero cuando Wilder se puso a bromear sobre la idea y a improvisar algunas escenas de la película, el director se animó, empezó a anotar un chiste tras otro y en cuestión de pocos días estaban escribiendo juntos el guion.

Pronto concluyeron que, produjera quien produjera la cinta, habría una serie de condiciones innegociables. La primera la impuso Wilder al pedirle a Brooks, que además de director, productor y guionista, era también actor, que no interviniera artísticamente en el filme porque consideraba que su cara y su voz resultarían anacrónicas en una película de atmósfera gótica.

La segunda fue el blanco y negro. Originalmente, la cinta iba a ser producida por Columbia que se negó rotundamente alegando que la ausencia de color destruiría la distribución internacional y los derechos de televisión. Pero Brooks se la ofreció entonces a la Fox que no sólo aceptó sus condiciones, sino que elevó el presupuesto de 2,3 a 2,8 millones de dólares lo que repercutió directamente en el diseño de producción, sin duda, uno de los grandes valores de la cinta. Así fue cómo entró en el equipo técnico el diseñador Dale Hennesy que no sólo creó un castillo espeluznantemente bello, sino que localizó a Kenneth Strickfaden, quien cuarenta años antes había diseñado los artilugios eléctricos y las máquinas de rayos de la película original de Frankenstein y que se los alquiló para la nueva película.

Y la tercera fue que, a nivel estético, Brooks quería que el director de fotografía Gerald Hirschfeld emulara los cánones del Expresionismo Alemán con sombras y claroscuros radicales utilizando lentes antiguas y una iluminación que favorecía esa sensación inquietante de la corriente cinematográfica europea de los años 20.

El rodaje fue una locura, pero no de planificación o presupuesto, sino de dirección de actores. Y es que Cloris Leachman en la piel de la inquietante Frau Blücher, Peter Boyle, en el de la criatura y Marty Feldman, en el del jorobado Igor, improvisaban constantemente, lo que generó un ambiente hilarante y casi salvaje que todos recuerdan como uno de los mejores de su vida. Gene Wilder, por su parte, nunca estuvo mejor. Magistral e inolvidable como el doctor Frederick Frankenstein -que se hace llamar a sí mismo Fronkonstin-, logra interpretar de manera equilibrada la locura histérica con la vulnerabilidad de su inolvidable personaje. Su capacidad para pasar de la contención académica al histrionismo de un maníaco obsesivo, es el verdadero motor de la película y lo que hace que su científico, ridículo y entrañable, sea el mejor trabajo de toda su carrera.

El jovencito Frankenstein se convirtió en un éxito crítica y público sin precedentes lo que indicó que el público entendió el humor irreverente con el que Brooks creó su obra maestra definitiva. Tras ella, llegarían La loca historia del mundo, La loca historia de las galaxias o Las locas locas aventuras de Robin Hood, pero ninguna tan redonda y magistral como El jovencito Frankenstein que sigue siendo una de las comedias más perfectas y visualmente bellas de la historia del cine.