Fundado en 1910
El cineasta, Woody Allen

El cineasta Woody Allen

Historias de película

Por qué Woody Allen da la espalda a Hollywood y los Oscar

El director de Annie Hall y Manhattan ha rodado casi todas sus películas en Nueva York renegando de Los Angeles y Hollywood

Que Woody Allen es un cineasta único lo sabemos todos. El director puede vanagloriarse de ser uno de los creadores que mejor ha pasado de la comedia al drama logrando sonoros éxitos en ambos géneros. Y así lo demuestran Hannah y sus hermanas, Misterioso asesinato en Manhattan, Días de radio o Poderosa Afrodita, por un lado, y Otra mujer, Interiores, Septiembre o Match Point, por el otro.

Precoz guionista neoyorquino que se cambió el nombre de Allan Stewart Konigsberg a Woody Allen a los 16 años para que sus amigos no supieran que se estaba forrando vendiendo chistes a varios periódicos, la relación del también guionista con Nueva York es fundamental para entender su obra. Y no es únicamente porque cintas como Manhattan sean toda una declaración de amor a su ciudad natal, sino porque su vinculación emocional con ella ha hecho que, a lo largo de los años, haya renegado de Hollywood, haya declinado establecer ahí su productora y se haya opuesto a rodar o mudarse a la ciudad de la luz ya que Allen, entre otras cosas, rueda siempre que puede en exteriores y escenarios reales.

Todo ello ha repercutido de manera significativa no sólo en sus películas sino en su relación con la propia industria del cine. Woody Allen es un cineasta independiente y esto significa, grosso modo, que él mismo produce sus películas sin el respaldo de un estudio ni una televisión detrás. Es decir, es un cineasta completamente libre que no ha de plegarse a intereses y cuotas de ninguna clase, que paga salarios exiguos para las cantidades hollywoodienses y que ha logrado una independencia de estilo y pensamiento hoy del todo envidiables. Y eso pese a la sombra de una vida personal turbulenta que le acosó durante años y que amenazó con cancelarle.

Por estas mismas razones, Allen ha renegado siempre de todo el oropel y la parafernalia hollywoodiense, empezando, por supuesto por los Oscar. Y es que, cuando en 1978 ganó el Oscar a la mejor película, mejor director y mejor guion por Annie Hall, su séptima película y la quintaesencia, seguramente, de su arte -por Nueva York, por Diane Keaton, por el drama y la comedia de la vida y por su verbo ágil y agudo- Woody Allen, el pequeño, ecléctico y extraño Woody Allen, no acudió a recogerlos.

Y la razón no fue hacer un statement ni una declaración de intenciones de ninguna clase, sino una mucho más prosaica. Y es que el neoyorquino, clarinetista consumado, aquel lunes 3 de abril de 1978, tenía sesión de jazz en el Michael’s Pub de Nueva York y no iba a dejar de tocar con sus habituales colegas por algo tan prosaico como recoger unos cuantos premios.

Después de aquello, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (AMPAS), como hace con todos sus nominados, le invitó a formar parte de sus filas. Pero, una vez más, Allen declinó la invitación. E hizo lo mismo tras las nominaciones que recibió al mejor guion y/o director por Interiores, Manhattan, Broadway Danny Rose, La rosa púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Días de radio, Delitos y faltas, Alice, Maridos y mujeres, Balas sobre Broadway, Poderosa Afrodita, Desmontando a Harry, Match Point, Medianoche en París o Blue Jasmine.

Y es que a diferencia de cualquier nominado en cualquier categoría que se muere por formar parte de ese engranaje, el director reniega de él siendo fiel a una postura filosófica que ha mantenido inalterada desde el inicio de su carrera y por la que básicamente considera que el arte es subjetivo y que la idea de competir y juzgar algo subjetivo es absurdo: «Todo el concepto de los premios es una tontería. No puedo guiarme por el juicio de otras personas, porque si aceptas que digan que mereces un premio, entonces tienes que aceptar también cuando digan que no lo mereces».

Con todo, ese ninguneo y desprecio hacia la parafernalia de la industria sólo halló una excepción y fue en la gala de entrega de los premios en 2002, pocos meses después del 11-S. Allen entonces apareció por sorpresa ante una inmensa ovación, pero no para entregar ningún premio o recibirlo, sino para rendir un homenaje cinematográfico a Nueva York y para pedir a los estudios que no abandonaran a su ciudad y siguieran rodando allí.

Y esa libertad de pensamiento y de criterio a la hora de crear y de posicionarse ante la todopoderosa industria de Hollywood no ha minimizado la calidad y la libertad de sus películas. Algo que, seguro, tendremos la oportunidad de ver en su siguiente película, la número 51, que se halla ya en preproducción.

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas