Lo que el viento se llevó
Cine
La destrucción de la mujer en el cine por culpa del dogma 'woke'
Nuestra civilización necesita urgentemente que la pantalla recupere a la mujer de verdad
Cualquier espectador que tenga por costumbre asomarse a la cartelera habrá notado un patrón innegable, una especie de plantilla que parece imponer cómo debe comportarse una mujer en la gran pantalla. Hoy en día, cuando se apagan las luces de la sala y arranca la superproducción de turno, es casi seguro que nos encontraremos con ella: la «Girl Boss». Una heroína de gesto altivo, invencible en el combate cuerpo a cuerpo contra rivales que le triplican el peso, dotada de un sarcasmo inagotable y, sobre todo, absolutamente impecable y sobrada de soberbia desde el primer fotograma hasta el último.
A primera vista, los grandes estudios de Hollywood nos venden este arquetipo prefabricado como la cima del empoderamiento. Nos dicen que, por fin, la industria ha dejado atrás los tiempos de las «damas en apuros» para ofrecernos mujeres dueñas de su propio destino. Sin embargo, cuando uno rasca la superficie de este celuloide de diseño, lo que encuentra no es una mujer fuerte, sino un cascarón trágicamente vacío. En su afán por reescribir la feminidad bajo los dogmas asfixiantes de la corrección política y la cuota, la industria del entretenimiento ha cometido el error más triste posible: ha olvidado por completo cómo escribir personajes femeninos verdaderamente fuertes, complejos y memorables.
La tiranía de la perfección estéril
El gran problema del síndrome de la «Girl Boss» (o la «Mary Sue», como se la conoce en el argot de los guionistas para definir a personajes sin fisuras) es que confunde groseramente la fortaleza con la ausencia absoluta de vulnerabilidad. La heroína moderna nace aprendida. No necesita entrenar, no necesita dudar, no sufre verdaderas crisis de fe, no comete errores fatales ni tiene defectos de carácter que deba pulir a lo largo de su viaje moral.
Y como no tiene debilidades, es humanamente imposible empatizar con ella. El espectador asiste a su periplo no con la emoción genuina de quien acompaña a un ser humano en su dolorosa lucha por la redención o el triunfo, sino con el aburrimiento soberano de quien contempla a un algoritmo programado para no fallar jamás. Al despojar a la mujer de sus dudas, de sus miedos y de su capacidad para el sacrificio, la industria (Sobre todo Hollywood) le ha robado su alma. La ha convertido en una figura de cartón piedra, fría y distante, incapaz de conmover.
La devaluación del otro: el fin de la complementariedad
Pero la tragedia narrativa no termina ahí. Para elevar a esta nueva heroína, el guion moderno parece obligar a empequeñecer a todos los que la rodean, muy especialmente a los personajes masculinos. El hombre en el cine contemporáneo —incluso los héroes clásicos que han sido resucitados de franquicias pasadas única y exclusivamente para ceder el testigo— suele ser retratado como un ser torpe, cobarde, moralmente inferior o necesitado de constantes correcciones y regañinas por parte de la protagonista.
La «Girl Boss» no lidera desde la inspiración, la auctoritas o el respeto mutuo; lidera desde la humillación ajena, la sátira hiriente y un perpetuo gesto de superioridad moral. Es una ironía amarga: en su intento desesperado por crear a la mujer definitiva, los guionistas la han despojado de sus virtudes femeninas naturales y le han injertado, casi con bisturí, los peores rasgos del individualismo y la arrogancia que dicen combatir. Han dinamitado la belleza de la complementariedad entre el hombre y la mujer, transformando lo que debería ser un baile acompasado en una trinchera de guerra de sexos.
El refugio del cine clásico: la verdadera invencibilidad
Frente a esta caricatura gélida, resulta un ejercicio profundamente sanador volver la vista hacia las grandes matriarcas y heroínas del cine clásico. Aquellas mujeres no necesitaban empuñar una espada láser, vestir armaduras oscuras ni derribar a veinte matones en un callejón para que la platea entera contuviera el aliento ante su imponente presencia. Su grandeza residía en su profunda, dolorosa y bellísima humanidad.
Pensemos en Maureen O'Hara en El hombre tranquilo (1952). Su Mary Kate Danaher es un vendaval indomable de carácter, fuego y orgullo irlandés, pero también es una mujer que anhela construir un hogar cristiano, que respeta el orden sagrado de su comunidad y que defiende su dignidad sin renunciar jamás a su feminidad.
El hombre tranquilo
Pensemos en la silenciosa y arrolladora fuerza de Melanie Hamilton en Lo que el viento se llevó (1939). Mientras Scarlett O'Hara hace ruido, manipula y arrolla con todo, es la frágil y bondadosa Melanie, interpretada por Olivia de Havilland, la que sostiene verdaderamente a su familia, a su marido y a su tierra en medio de los horrores de la Guerra de Secesión. Su fuerza no es física ni altanera; es la fuerza invencible de la caridad cristiana, del amor al prójimo y de la pureza de corazón. Un tipo de mujer que el cine de hoy desprecia por considerarla sumisa, demostrando una ignorancia supina sobre lo que verdaderamente sostiene el mundo.
Incluso en la ficción más épica, analicemos a la Princesa Leia de Star Wars (1977). A diferencia de las heroínas intergalácticas actuales, Leia sí podía ser capturada, sí sentía miedo y sí necesitaba ser rescatada en ocasiones. Y precisamente por eso, porque era vulnerable y mortal, su valentía al enfrentarse a la tiranía del Imperio, su compasión infinita y su capacidad para perdonar y amar a un sinvergüenza como Han Solo nos resultaban apabullantes.
Un espejo roto para nuestras hijas
El cine clásico sabía algo que el siglo XXI, embriagado de ideología, ha olvidado por completo: que la verdadera fuerza de un ser humano no consiste en no caer nunca, ni en no necesitar a nadie, sino en la inmensa capacidad de levantarse por amor a otros.
El debate sobre cómo retratamos a la mujer en la pantalla no es una mera disquisición estética para un puñado de nostálgicos y cinéfilos; es una batalla crucial por el imaginario moral de las próximas generaciones. Si el único espejo que les ofrecemos a nuestras hijas es el de guerreras narcisistas, cínicas y emocionalmente inaccesibles, que desprecian el matrimonio, la maternidad, el sacrificio y la complementariedad con el hombre, les estamos robando una parte fundamental de su propia naturaleza.
Nuestra civilización necesita urgentemente que la pantalla recupere a la mujer de verdad. Esa que es inteligente sin ser pedante, valiente sin perder un ápice de ternura, y fuerte sin necesidad de aplastar a nadie bajo su bota. Necesitamos reivindicar a la mujer que, en medio de la tempestad asoladora de la vida, se yergue no con la frialdad estéril de un mercenario, sino con la majestuosidad insustituible de quien sabe que el mayor acto de heroísmo que existe en este mundo es amar profundamente, dar la vida por los suyos y ser el faro luminoso que guía a su familia de vuelta a casa.