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El director Ilya Khrzhanovsky, en el Festival de VeneciaEFE

Cine

El cineasta que ha renunciado a la ciudadanía rusa y brilla como apátrida en el Festival de Venecia

Ilya Khrzhanovsky presentó en el certamen su película Dau

La calidad del concurso del 83º Festival Internacional de Cine continuó manteniéndose bien alto con las tres ofertas de la octava jornada: el vibrante Dau del apátrida ruso Ilya Khrzhanovsky, el incisivo Un bon petit soldat del francés Stéphane Brizé y el costumbrista Il fuoco che ti porti dentro del italiano Edoardo De Angelis. El más impactante de los tres es seguramente «Dau», apodo con el que se alude al realmente existido premio Nobel de la física Lev Landau, que padeció amenazas y humillaciones bajo el régimen estalinista, aún habiendo colaborado en la construcción de la bomba atómica, pero también descollaron «Un buen soldadito», que muestra la alienación a la que conduce las actuales condiciones de trabajo y la sátira mordaz a las típicas relaciones familiares italianas de «El fuego que llevas dentro».

Khrzhanovsky ha renunciado a la ciudadanía rusa en 2024 pero sigue siendo ruso hasta la médula, no solo porque ha retratado el horror de un régimen que persiguiendo un futuro radioso para la humanidad futura se preocupaba más bien por amordazar y asesinar a la presente, sino también porque ha empleado veinte años en construir en Ucrania un decorado de 12 mil metros cuadrados («El Instituto», el mayor existente en toda Europa) donde ambientar una serie de films para denunciar más de un siglo de régimen carcelario del gobierno de su país de origen. En efecto, con el caótico y magmático material imaginado y filmado en estas dos décadas, Khrzhanovsky ha realizado ya otros dos films, «DAU. Natasha» y «DAU. Degeneratsia», presentados en el festival de Berlín del 2020 y ahora este simplemente «DAU» con el que debuta en el concurso veneciano.

El protagonista, que será llamado siempre Dau sin revelar su verdadera identidad, es un físico teórico que juntos con otros colegas se niegan a colaborar en la fabricación de armas. Estamos en 1938, en vísperas de la segunda guerra mundial y en el peor período del estalinismo, donde miseria y terror se mezclan indistintamente. Pasamos luego a 1953, el año de la muerte de Stalin cuando tras sufrir presiones, torturas y asesinatos de sus colegas, Dau decide contribuir a la fabricación de la bomba y a 1963, cuando paralizado por un ictus, se convierte en un héroe de la patria.

Khrzhanovsky crea en la primera parte (1938) un universo caótico y ensordecedor, poblado de gente que camina sin rumbo, sin dinero ni alimentos por calles embarradas y sucias mientras en la segunda vemos a Dau pasar de la sumisión (1953) a la impotencia física y mental (1963). Todo cambia para él, menos para los burócratas y jerarcas del régimen que se mantienen casi intactos a lo largo de los años, metáfora de la dictadura y de la represión que se perpetúan a sí mismas. Krzhanovsky crea con actores no profesionales de gran catadura dramática un universo concentracionario que conmueve al espectador durante las tres horas y media que dura esta pesadilla.

Stéphane Brizé tiene 60 años y ha dedicado gran parte de su producción a las condiciones de trabajo y la creciente alienación derivada de los actuales métodos de producción. Carla tiene 43 años, es italiana y se ha mudado a París, lejos de marido e hijo, para trabajar en una importante compañía de seguros que hace de la integración y el bienestar de sus empleados la palabra de orden a la hora de incorporar nuevo personal. Pero la realidad es muy diferente y Carla, insegura ya por ser extranjera, se alejará afectivamente de su familia.

Alba Rohrwacher, que en el mismo día de hoy se presenta con otro film fuera de concurso, «Una Storia» de Anna Foglietta de igual tensión dramática, viste a su personaje con gestos y actitudes que revelan su desmoronamiento psicológico interior mientras Vincent Lindon describe perfectamente el cinismo y la manipulación de un alto funcionario. Este es el cuarto largometraje de Brizé dedicado al mundo de las relaciones laborales y su mirada cruel y reveladora sobrecoge al espectador. De Angelis es un director napolitano de 48 años que tras una serie de cortos y documentales debuta en el largo en 2011 con «Mozzarella stories». Esta es la tercera vez que participa en la Mostra veneciana, después de «Invisibili» premiado con el Pasinetti en 2016 e de inaugurar el festival en 2023 con «Comandante». Con humor caústico y feroz, describe en su film una serie de temas de eterna actualidad como las típicas relaciones de amor y odio entre familiares y las diferencias entre el norte y del sur de Italia que lo vuelven heredero de la gran (y creída difunta) comedia a la italiana. Para una velada de Nochebuena llega Angela (una extraordinaria Vanessa Scalera) a la casa de su hijo Antonio (Lino Musella) que se ha formado una familia en Milán para escapar de ella. En menos de 24 horas, esta Nochebuena nacida bajo malos auspicios y terminada en aún peores condiciones, los personajes sacarán a la luz viejos rencores, incomprensiones y hasta amores mal correspondidos en un infierno familiar donde un capón logrará escaparse del horno gracias justamente a estas rencillas. Inspirado en una novela autobiográfica de Antonio Franchini, De Angelis observa las irreconciliables diferencias sociales, dialectales y económicas que hacen de Italia un país unido solo a nivel de fronteras externas.