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Marlon Brando dirigió una sola película

Marlon Brando dirigió una sola película

Cine

El wéstern que iba a dirigir Kubrick y acabó dirigiendo Marlon Brando

Fue la única película dirigida por el actor y el primero de sus batacazos en taquilla de la década de los 60

En 1959, Marlon Brando era ya considerado uno de los mejores actores de todos los tiempos. Entre 1951 y 1954 había hecho Un tranvía llamado deseo, ¡Viva Zapata!, Julio César y La ley del silencio y a finales de la década había protagonizado El baile de los malditos y Piel de serpiente con idéntica admiración por parte de la prensa. Era odioso y todo el mundo lo sabía, pero era también un genio. Un genio ambicioso que siempre quiso más.

Por eso, cuando acabando la década de los 50 llegó a sus manos la novela de Charles Neider, The Authentic Death of Hendry Jones, un relato basado muy libremente en el mito de Billy el Niño y Pat Garrett, pero trasladado a las costas de California y México, vio que había potencial para una película y compró los derechos por 40.000 dólares. A través de su productora Pennebaker Productions encargó un primer tratamiento del guion a Rod Sterling, creador de En los límites de la realidad, pero Brando lo rechazó inmediatamente. Después se lo ofreció a Sam Peckinpah cuyo trabajo tampoco le convenció porque no desarrollaba lo suficiente el componente moral de los personajes. Finalmente, Brando contrató a Calder Willingham y Guy Trosper a los que atosigó para cambiar toda clase de detalles de cada escena, hasta tener un borrador en condiciones que presentar a la Paramount.

La película contaba la historia de venganza de un atracador de bancos hacia el socio que le traicionó y por el que ha pasado cinco años en prisión. Pero su viejo camarada es ahora un sheriff respetable y su hija, además, acabará desatando las pasiones de Río. Este sería, por supuesto, Marlon Brando, y el traicionero amigo, Karl Malden.

Paramount aceptó el guion y contrató a un joven Stanley Kubrick para dirigirla ya que gozaba de gran reputación desde el estreno de Senderos de gloria en 1957. Pero el director y el actor nunca se entendieron y desde los primeros ensayos quedaron de manifiesto sus constantes desavenencias porque Brando intervenía constantemente en múltiples decisiones de dirección que a Kubrick sacaban de quicio. Y, finalmente, tras varios meses de trabajo, se fue o fue despedido, según las fuentes.

Sea como fuere, era ya 1959 y la producción estaba muy avanzada, todo el equipo estaba contratado y cientos de miles de dólares invertidos. Brando se encontró con que tenía un wéstern atípico y fantasmagórico en ciernes, pero sin director. Así que, ante el riesgo de que Paramount cancelara el proyecto o, peor aún, que le impusiera un realizador que le hiciera perder el control sobre el filme, el actor decidió asumir él mismo la dirección.

Pero los problemas no estaban más que empezando. Brando resultó ser un director obsesivo y controlador que obligaba al equipo a esperar horas y horas bajo el sol de Monterrey hasta tener el haz de luz necesario para una escena. Su trabajo con Malden no fue tan fluido como en Un tranvía llamado deseo y la manera de actuar de ambos chocaba constantemente. Brando porque sostuvo su interpretación con un montón de silencios y miradas inquietantes que improvisaba constantemente y con las que cortaba la dinámica de la escena, mientras que Malden era mucho más técnico y teatral. Todo ello alcanzó su zénit en la terrible escena en la que el personaje de Malden azota públicamente al de Brando y este le exigía más crueldad y sadismo a la hora de realizarla para otorgarle mayor verdad a sus expresiones, algo que Malden detestó hacer.

El rodaje fue exhausto y se prolongó hasta los seis meses cuando estaba planificado para doce semanas lo que disparó el presupuesto de los 1,8 millones de dólares hasta rozar casi los 6. Pero Brando, ante el acoso constante del estudio por sus eternos retrasos solía responder: «Estoy rodando una película, no un calendario». Y es que su obsesión por repetir escenas hasta la extenuación de todo el equipo hizo que terminara el rodaje con más de 250 horas de metraje que dejó en un montaje final de cuatro horas y media. Pero Paramount, vengativa, la recortó sin piedad.

Por si fuera poco, la respuesta del público fue tibia y la recaudación en Estados Unidos apenas alcanzó los cuatro millones de dólares. Este varapalo económico obligó a Brando a encadenar toda clase de proyectos durante los años sesenta para saldar las deudas de su productora, pero el posterior descalabro comercial de Rebelión a bordo terminó de consolidar su fama de «veneno para la taquilla». De este modo, y al margen de notables excepciones como La jauría humana (1966), su trayectoria a lo largo de la década fue discreta hasta su espectacular resurgimiento en 1972 con El Padrino.

Brando fue premiado por su interpretación en el Festival de Cine de San Sebastián y hubo un sector de la crítica que siempre defendió y trató de reparar la cinta, pero la experiencia resultó tan agotadora y frustrante para el actor que no volvió a dirigir ninguna otra película en toda su carrera.

Pero lo cierto es que, pese a la vocación narcisista y pretenciosa de Marlon Brando, con la belleza lírica y abstracta de cada plano de El rostro impenetrable logró rubricar una auténtica -y en ocasiones olvidada- obra maestra.

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