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Rafael Azcona, una de las figuras más importantes del cine españolAcademia de Cine

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Berlanga, sobre Rafael Azcona, el mejor guionista del cine español: «Es el hombre más importante de mi vida»

Se cumplen cien años del nacimiento del mejor guionista de la historia del cine español, que hizo una radiografía satírica y desgarrada de la sociedad de su tiempo

La carrera cinematográfica de Rafael Azcona la conforman dos grandes capítulos, el de Marco Ferreri y el de Luis García Berlanga. Y es que, con ambos cineastas, el guionista mostró las mayores miserias del pueblo español, sus mayores vergüenzas y costuras más gordas sorteando la censura de manera inteligentísima y llevando la escritura del guion a unas cotas tan altas de calidad y dinamismo que hoy todavía se estudian.

Y es que no ha habido un mejor guionista en la historia de España que Rafael Azcona.

Sus orígenes, sin embargo, no estuvieron en el medio. Él empezó en la revista La Codorniz en 1951 después de trabajar varios años en una notaría. Su vocación literaria le había acompañado desde su modesta infancia en Logroño y tras años escribiendo borradores de aquello y de lo otro, logra publicar dos pequeñas novelas, Los muertos no se tocan, nene y Pobre basilio. Y con ellas, cambió su vida.

Marco Ferreri, director italiano afincado en España, maravillado con una prosa que era capaz de retratar la sociedad desde la denuncia social y el humor negro, le propone probar suerte en el cine. Juntos escriben las magníficas El pisito (1958) y El cochecito (1960) que reflexionaban, de manera visionaria, sobre la crisis de vivienda y la soledad en la vejez, respectivamente. Con ellas y de manera mordaz, Azcona llevaba la comedia española lejos de la tendencia folklorista dominante abriendo las puertas a una suerte de neorrealismo crítico -no tan duro como el italiano ni tan lírico como el francés- y a algo totalmente novedoso: el humor negro y grotesco. Magníficas e implacables, Azcona supo llevar el humor absurdo de La Codorniz hacia un naturalismo urbano inmisericorde con las debilidades humanas. Su sátira es seca, su mirada sobre la clase media-baja de la tercera edad franquista es determinista y asfixiante y se muestra desesperanzado con el pobre ciudadano español que nada, o casi nada, puede esperar del Estado.

El éxito de ambas películas fue tal que no tardó en llamar a su puerta el verdadero «niño prodigio» del cine español, Luis García Berlanga. Para él escribiría seis películas en dos etapas bien distintas: La primera, marcada por la hipocresía y el inmovilismo social, es la de Plácido (1961) y El verdugo (1963). Y la segunda, marcada por la decadencia de las clases altas y las nuevas élites corruptas, es la de La escopeta nacional (1978), Patrimonio nacional (1981), Nacional III (1982) -conocida como La Trilogía Nacional- y Todos a la cárcel (1993).

Pero con las dos primeras fue con las que el guionista sufre una mutación estructural decisiva porque entiende el medio cinematográfico de un modo mucho más amplio. El Azcona de Berlanga era más dinámico, barroco casi, y llenaba sus historias de múltiples capas de información, diálogos cruzados y pequeñas multitudes donde da un zarpazo tras otro a las instituciones, desde las damas de la caridad a la burocracia. Azcona posa su mirada sobre la gente mediocre, sobre los limpios de corazón que muchas veces tienen que renunciar a su propia naturaleza bondadosa para sobrevivir en el proceloso mundo de la modernidad urbana. Y todo ello mezclado con lo feroz, con lo trágico, lo grotesco o anodino. Esperpento puro.

El propio Berlanga se pasó la vida alabando la aportación constante a su cine de su más fiel colaborador. Y así lo dejó patente en libro Berlanga, contra el poder y la gloria (1990) de Antonio Gómez Rufo: «Rafael Azcona es el hombre más importante de mi vida».

Estos dos grandes capítulos de la biografía de Azcona no se quedaron ahí, por supuesto, y hubo un tercero no menos digno y magnífico de la mano de otros directores españoles, y es que todos querían trabajar con él. Para Carlos Saura escribió Peppermint Frappé (1967), El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) y La prima Angélica (1974). Con Mario Camus coescribió su película más brutal, la inolvidable y durísima adaptación de la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes (1984). Para José Luis Cuerda hizo El bosque animado (1987), La lengua de las mariposas (1999) y Los girasoles ciegos (2008). Y para Fernando Trueba, La niña de tus ojos (1998) y, cuatro años antes, Belle Epoque que ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

La crítica, la academia y la propia historia reconoció siempre sus méritos y recibió innumerables reconocimientos a lo largo de toda su vida como el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y cinco Goyas al mejor guion que concluyeron con el Goya de Honor otorgado en 1998.

Pero de lo que no hay duda cien años después de su nacimiento es que Rafael Azcona fue el arquitecto intelectual de la modernidad cinematográfica en España. Y que quizá algún premio nacional merecería llevar su nombre.