Fundado en 1910

James CarrerasThe Hammer Graveyard

Cine

Las raíces españolas de la Hammer, la mítica productora de películas de terror

Películas de monstruos clásicos, baratas, sangrientas y sensuales marcaron la industria durante casi 20 años

Hablar de Hammer Productions es hablar de cine de terror. Durante los años 50 y 60, sus películas fueron la punta de lanza del género, tomando distancia con todo lo anterior y dejando una influencia para el futuro hoy fuera de toda duda. Hablar de la Hammer es hablar de historia del cine.

Una historia que empezó en España.

Enrique Carreras fue uno de tantos españoles que, ávido de hacer fortuna en el extranjero, emigró al Reino Unido en 1903. El cine era una industria en auge imparable y eso le llevó a asociarse con el empresario teatral William Hinds –de nombre artístico, Will Hammer– para fundar la distribuidora Exclusive Films. Entre 1934 y 1936 produjeron cinco películas, pero la guerra detuvo su actividad hasta que, a mediados de los años 40, su hijo Jim Carreras se une a ellos y lo cambia todo. Coronel retirado, carismático y culto, logró alianzas importantes en un Hollywood que quería diversificar parte de su negocio en películas europeas baratas donde poder «meter» a algunas de sus estrellas venidas a menos.

Junto a Tony Hinds, hijo del otro fundador, lleva a la Hammer a su época de oro con películas de terror clásico rodadas en un Technicolor impactante. Y para ello toman los viejos mitos de Drácula, Frankenstein, el hombre lobo, la momia, el abominable hombre de las nieves, el doctor Quatermass, además de serpientes, brujas, demonios, medusas y fantasmas, y ruedan una película tras otra.

En este sentido, el señor Darth, director y presentador de El sótano de Radio Belgrado, apunta que «fue un estudio reaccionario y conservador porque en una época en la que el terror estaba sujeto a otro tipo de miradas y producciones como las de la Universal se estaban quedando obsoletas, la Hammer toma la antigua literatura victoriana y eduardiana y la pone en boga».

Peter Cushing

A ello se une que Jim Carreras concibe el trabajo con una precisión, velocidad y disciplina esenciales para el éxito de la compañía. En 1951, Hammer Films se instala en Down Place, una mansión campestre cerca del Támesis que se habilita de modo que toda ella sea un plató cinematográfico, desde los jardines y pasillos hasta las cocinas y salones. El estudio rueda varias películas a la vez con un equipo técnico fijo formado por cámaras, iluminadores, maquilladores y diseñadores de vestuario, rematado por guionistas como Jimmy Sangster, Nigel Kneale o Anthony Hinds que trabajan a destajo y directores como John Gilling, Roy Ward Baker o Terence Fisher, el gran arquitecto del estilo Hammer.

Su ritmo de producción es tan imparable que llegan a estrenar 10 películas al año, a lo que se une un plan de distribución novedoso que pasa por vender las películas a las salas de cine como programas dobles al mismo precio que las entradas sencillas. Ello abarrotó los cines británicos y estadounidenses en cuestión de poco tiempo.

Christopher Lee, en 'Las dos caras del doctor Jekyll'GTRES

Pero, sin duda, otro de los grandes aciertos de la Hammer fue el uso continuado de los magníficos actores Peter Cushing y Christopher Lee, hasta el punto de convertirlos en el rostro oficial de los estudios. Encadenando un título tras otro, entre ambos protagonizarían más de veinte películas para la compañía, rubricando su lugar en la historia del cine de terror. Junto a ellos, un nutrido grupo de secundarios como Michael Gough, Thorley Walters o Francis De Wolff y las Hammer girls –con Barbara Shelley a cabeza–, actrices consideradas menores, atractivas y baratas, que solían ser víctimas de los mortíferos asesinos en escenas rabiosamente sanguinolentas, hoy inolvidables. El señor Darth apunta sobre esto: «Fue muy transgresora al tratar el tema de los desnudos y la pulsión como nunca antes se había hecho y avanzó mucho al ofrecer tropos narrativos sangrientos y sensuales».

Sin embargo, la retirada de Jim Carreras en 1971 y la llegada de un nuevo cine de terror encabezado por La semilla del diablo (1968) o La noche de los muertos vivientes (1968) hizo que la compañía perdiera parte de su perspicacia comercial y de su relevancia en la industria.

Hoy está fuera de toda duda que un estudio pequeño de orígenes humildes como este llegó no sólo a definir todo un género, sino a convertirse en legendario y en un referente cultural. Y, desde El Sótano de Radio Belgrado, concluyen: «El legado de la Hammer llega hasta hoy a todos los niveles, pero desde el punto de vista estético, todos los directores posteriores han bebido de una manera o de otra de su influencia, desde John Carpenter a Tim Burton, por no hablar del cine de serie B, el circuito Grindhouse americano o el Fantaterror español».

Y quizá la magia de todo ello es que lo hicieron sin ningún tipo de ínfulas, solo por puro amor al cine y al terror. Como dijo Peter Cushing sobre su legendario personaje: «Lo más difícil de interpretar a Frankenstein no era el equipo de laboratorio ni los cadáveres de atrezo, sino mantener la cara seria mientras te lanzaban un cubo de sangre falsa de gelatina de frambuesa a la cara».