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Mímesis conflictiva

Mímesis conflictiva

El Debate de las Ideas

Cesáreo Bandera y la verdad oculta en la teoría mimética

Su reflexión sobre la violencia, como la del propio René Girard, parece ponernos en la tesitura de comprender o justificar esta violencia real y nada metafísica

Hablar de Cesáreo Bandera (1934) es hablar de un desconocido en su país. Este malagueño que llega a EE.UU. a finales de los cincuenta, recién casado y con una licenciatura en Derecho bajo el brazo, va a convertirse en el amigo español de René Girard, él mismo otro europeo emigrado tras la guerra. Irse a América les permitió pensar desde fuera, como dos outsiders, la violencia social, las relaciones con los otros y el papel de la literatura en nuestra representación y comprensión del mundo.

Catedrático emérito de la North Carolina University, Bandera ha estado presente en mi vida desde bien temprano a través de esa forma de presencia especial que ofrecen los libros: la voz de los autores se deja oír, reposada, atravesando distancia y tiempo. Fue en Florencia donde leí El juego de lo sagrado. Hablaba allí de Tasso, del Orlando, de Marx y Virgilio, de Blumemberg y Bacon, de Lucrecio y de otros muchos. Y lo hacía con la osadía de hacernos creer que se podía hacer (¡hablar de tantos y tan distintos!), que podía ser que hubiera tras ellos, tras las conversaciones entre ellos, una verdad común, la de la violencia humana: «La verdad humana que [el gran poeta moderno] descubrió era también el fundamento en el que la verdad puede hundirse o deformarse sin remedio».

En Florencia devoré también su Mímesis conflictiva. Hacia la mitad del libro, en apenas seis páginas, el joven bisoño y postmoderno que yo era entonces aprendió lo que de verdad había detrás de aquello que se llamó de(con)strucción, fruto de la obra de un Derrida que entonces nos tenía a muchos fascinados. He aquí el dictamen de Bandera: «El lenguaje filosófico de Derrida aparece como quizás el último reducto de la Metafísica, el último atrincheramiento frente al empuje de una violencia histórica que no tiene nada de abstracto, que ya no puede conceptualizarse ni reducirse a ninguna categoría de orden metafísico».

Su reflexión sobre la violencia, como la del propio René Girard, parece ponernos en la tesitura de comprender o justificar esta violencia real y nada metafísica. Es decir, ¿podemos seguir diciendo que es divina la violencia que parece acecharnos por doquier, en todas partes y en todos los ámbitos (sexual, de género, social, racial, virtual o digital)? ¿Cómo luchar contra esta lectura tan devastadora, presente en la gran literatura, en la que la violencia es presentada como un monstruo capaz de devorarlo todo?

En cualquier caso, en 1974 Mímesis conflictiva se convierte en la primera obra que se escribe en la estela de las propuestas girardianas en España. Casi el mismo año, en 1975 Luis Maldonado publica un libro de gran interés, La violencia de lo sagrado. Crueldad «versus» oblatividad o el ritual del sacrificio. En esta obra aparece Girard citado con pasión como el continuador de algunos de los padres de la antropología moderna, Mauss o Lévi-Strauss. Maldonado se doctoró en Innsbruck, donde sin duda coincidió con otro girardiano temprano, el padre Schwager. A todos ellos les «desplaza», o con-mueve, la publicación del libro de Girard La violencia y lo sagrado, en 1972. El libro de Cesáreo es fruto, sin duda, de esta conmoción y de las conversaciones que ambos mantuvieron en la Universidad de Buffalo, donde se conocieron y coincidieron. No por casualidad René Girard prologaría este libro fundamental.

Veinte años después publicará Bandera El juego de lo sagrado, donde recoge y desarrolla ideas e intuiciones que había discutido en sucesivos encuentros con otros compañeros de

viaje en la aventura mimética iniciada por René Girard –los encuentros de Cerisy primero, que culminarán más tarde en la creación del COV&R, asociación que presidirá el profesor Bandera algunos años–. Escribe sobre Virgilio, sobre Tasso, sobre la función de lo literario, de la ficción, sobre Calderón, Juan Ruiz, sobre Marx o Derrida. En él afirma lo siguiente: «El arte, y en particular la ficción poética, puede convertirse en refugio ideal para el viejo espíritu. Una apariencia secularizada no es ni mucho menos garantía de un espíritu desacralizado». Me parecen palabras proféticas, aunque sospecho que era algo que ya estaba en marcha en los años 90. Hoy esta situación se ha intensificado. Y lo ha hecho también la proliferación de ficciones. ¿No parece que literatura y ficción están condenadas a caer siempre en un juego sórdido de sacralizaciones? ¿Dónde quedaría nuestro placer lector? ¿Hemos de sentirnos culpables, como participantes en algún ritual pagano encubierto?

Tal vez la respuesta se encuentre en su libro más extenso, dedicado, como no podía ser menos, a la novela de Cervantes: «Monda y desnuda». La humilde historia de Don Quijote. El libro es un festín para los filólogos y críticos literarios. Traza en él una genealogía de la novela y la ficción modernas. Se trata de un libro agustiniano y no solo por sus referencias a Las confesiones, también por su espíritu: es un libro escrito, creo yo, por un hombre enamorado de las ficciones, de la literatura, que nos pone en guardia, no obstante, contra sus excesos; un hombre que ama la belleza de las ficciones pero que busca una belleza última, final, real. En este libro aparece algo que tal vez sea la clave interpretativa mimética que falta –o parece faltar– en la teoría mimética de René Girard: lo que Cesáreo Bandera llama «la simplicidad compositiva de Cervantes», que, afirma, es lo menos atractivo de la novela. En esa simplicidad, reside su profundidad. ¿Sería posible identificar esa «simplicidad compositiva» con una «mímesis positiva» –o «mímesis íntima» como la ha llamado recientemente Benoît Chantre–? El secreto de esta simplicidad compositiva, añade, es la compasión, porque «la compasión cervantina [de la que nace esta simplicidad compositiva] no es hija del contagio». Esta compasión que nace en nosotros al leer el Quijote, nos dice Cesáreo, es fuente de ciencia verdadera y de verdad. La verdad que nos libera del contagio violento y nos regala la distancia del amor.

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