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Un lirio en un vaso de hierro

Un lirio en un vaso de hierro

Un lirio en un vaso de hierro

Con la conversión del feminismo en ideología hegemónica en lo que atañe a la concepción del hombre y la mujer, se han propagado dos tipos de visiones del varón socialmente peligrosas y antropológicamente erradas

En una de esas estampas que hacen inolvidable su única novela, Foxá perfilaba la semblanza de un par de hermanos pertenecientes a la «Juventud monárquica» cuyo ideario —orgullosa y fieramente anacrónico— tenía más de poético que de político: «Almas de Capitanes en un mundo miserable de taxis, tranvías y guardias de Seguridad». Los hermanos, sabiéndose parias de la época, apostillaban sus bravuconadas con humor y al caer la noche se reunían para leer sus poemas a Felipe II y a Toledo. Uno de ellos definía así el ideal al que aspiraban: «Debemos ser como los viejos caballeros. Un lirio en un vaso de hierro».

Lo que para muchos tal vez no sea más que una escena que oscila entre la ternura y la ridiculez, yo creo que —pintoresquismos al margen— esconde una fórmula valiosa para nuestros días: la propuesta de una masculinidad integradora que busca aunar la fuerza con la finura; una divisa de virilidad que hace suyas tanto la flor como la espada.

Con la conversión del feminismo en ideología hegemónica en lo que atañe a la concepción del hombre y la mujer, se han propagado dos tipos de visiones del varón socialmente peligrosas y antropológicamente erradas: la del hombre impotente y la del hombre prepotente, según las ha denominado con acierto Mariolina Ceriotti Miglarese.

La primera es la que propugna el feminismo y viene definida por la oposición a lo que ahora se denomina la «masculinidad tóxica», concepto con el que suele aludirse a ese conjunto de rasgos tradicionalmente considerados como definitorios del varón: la fuerza, el dominio, la vehemencia o la agresividad. El error de esta visión radica, sobre todo, en dos cosas: 1. La creencia de que su origen es exclusivamente cultural; 2. La idea de que esos rasgos, al margen de su cristalización en acciones concretas, son siempre negativos. Su modelo, así, es el de un Sansón al que le han cortado para siempre los cabellos y que ha de ir por la vida dócil y castrado, disculpando los pecados históricos de su sexo.

Como reacción, en las comunidades masculinas de internet (la manosphere, la Red pill, etc.) y en otros foros de cada vez mayor audiencia, se propone un modelo de hombre prepotente en el que se exacerban hasta el absurdo los rasgos guerreros y territoriales inherentes a la mayoría de los machos mamíferos. Si el feminismo caía en el reduccionismo cultural, aquí ocurre algo equivalente con la biología, y así los hombres pasan de ser construcciones sociales opresoras a meros animales incapaces de controlar sus impulsos.

La imagen del lirio en el vaso de hierro de Foxá, pese a sus aires de ingenuidad novelesca, no cae en esa falsa dicotomía entre naturaleza y cultura. El modelo que propone entiende que el hombre no ha de renunciar ni a ciertos aspectos que, desde esas comunidades masculinas virtuales de las que hablábamos, se consideran privativos de la feminidad (la ternura, la sensibilidad, la delicadeza), ni al sentido ascético y militar de la vida que late —por mucho maquillaje, retórico e ideológico, que se le quiera echar encima hoy— en el alma de todo varón.

Bastaría, si no me quieren creer ni a mí ni a un aristócrata decadente como Foxá, ver cómo en los grandes autores clásicos la concepción del hombre era mucho más rica en matices que en los absurdos reduccionismos de nuestros días. Me limitaré a citar un ejemplo: Garcilaso de la Vega, en su Égloga II, dedica un puñado de versos a contarnos el nacimiento y educación del que habría de ser el gran duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Para que nadie pueda comparársele en la milicia cuando crezca, su preceptor le enseña el manejo de las armas —los «aparejos de Marte», según leemos en el texto—, pero entonces la diosa Venus se ve obligada a entrar en escena para moderar la belicosa crianza del muchacho: «Allí con rostro blando y amoroso / Venus aquel hermoso mozo mira, / y luego le retira por un rato / de aquel áspero trato y son de hierro; / mostrábale ser yerro y ser mal hecho / armar contino el pecho de dureza, / no dando a la terneza alguna puerta».

Si Garcilaso volviera como en el poema de Alberti, reprocharía a más de uno y a más de una los disparates sobre la masculinidad que van predicando a diestro y siniestro. Las ciencias naturales nos han enseñado mucho sobre estos asuntos en las últimas décadas, pero la verdad es que lo esencial ya lo sabíamos desde hace no pocos siglos y quizá, más que empeñarnos en inventar la pólvora, convendría realizar un auténtico ejercicio de memoria histórica, lo que en román paladino nunca ha sido otra cosa que leer y releer a los pocos sabios que en el mundo han sido.

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