Imagen de archivo de Carl Schmitt en su biblioteca
Jesús Burillo, una amistad en los márgenes de Carl Schmitt
Don Carlos, me contaba el romanista afincado en Murcia, vivía en el Hostal de los Reyes Católicos, pues la casa de su hija era pequeña y él, además, era lector nocturno
A finales del año pasado, me llegaba la noticia de la muerte, en su pueblo natal, Muel, provincia de Zaragoza, de Jesús Burillo Loshuertos († 20.X.2024), romanista, catedrático en la minerva del Segura –así llamaba, zumbón, al alma mater murciana– y discípulo de Álvaro d’Ors. Andaba yo volcado en la concepción de mi antología Carl Schmitt conoció el nomos y no tuve ocasión de honrar públicamente su memoria. Quiero hacerlo ahora evocando su trato con Carl Schmitt y su amistad en los márgenes de la recepción española del jurista alemán.
«Burillo, siempre leal, aunque a veces severo», decía de él don Álvaro. Compartí con don Jesús muchas horas, más que de conversación de monólogos, que se hicieron estruendosos los últimos años a causa de su sordera casi absoluta. En uno de sus viajes anuales a «la Morería» le distrajeron su audífono unos bandidos y nunca más se preocupó de adquirir uno nuevo. Yo le preguntaba qué se le había perdido en Marruecos y él me respondía con una cita de Santo Tomás relativa a la facultad de cualquier bautizado para cristianar paganos en los andurriales del mundo. Después de nuestros encuentros me solía enviar billetes anotados, comentarios y copias de textos y artículos de La Revue des Deux Mondes, de la que era lector asiduo, y que suponía, siempre con buen criterio, de mi interés. En muchas de las fotocopias venía el apunte, a lápiz y como escrito al desgaire, «Para Jerónimo M.». Dotado de una memoria prodigiosa y exacta, hablábamos casi siempre, para coger altura, de su trato con Carl Schmitt en Santiago de Compostela a principios de los años 60, particularmente en la Semana Santa de 1962.
El profesor Burillo se había doctorado en la universidad compostelana, bajo la dirección de d’Ors, con una tesis sobre la actio ad exhibendum en el derecho clásico romano (1959). Justamente en 1962 y durante dos cursos es allí profesor adjunto y profesor encargado de cátedra (Derecho Romano), sustituyendo a su maestro, el cual pasa al Estudio General de Navarra, germen la futura Universidad de Navarra. En 1964 gana la cátedra de Derecho Romano de Murcia, universidad en la que desde entonces, incluso jubilado, desarrolla su carrera y vocación docentes, regalando sus opiniones y erudición a los jóvenes estudiantes en nuestro campus de La Merced. Hondamente preocupado por la universidad y su función tonificadora del espíritu nacional, ha sido mayormente un profesor socrático, es decir, casi ágrafo. En su breve obra, pues la tiene después de todo, se expresa a veces con cierta rudeza barojiana, pero exhibiendo en cada página una prosa diáfana que destierra siempre el pretérito indefinido –prefería don Jesús el uso del presente histórico, «el de Julio César en su historia de La guerra de las Galias», y el pretérito perfecto cervantino–. Este homenaje a su memoria schmittiana, retribuye la amistad y el interés con el que este hombre bueno, irónico y paradójico leía y apostillaba mis papeles y me daba consejo.
En la correspondencia entre Carl Schmitt y Álvaro d’Ors, editada por Montserrat Herrero (M. Herrero, ed., Carl Schmitt und Álvaro d’Ors. Briefwechsel, Berlin, Duncker u. Humblot 2004), aparece por vez primera la mención del «profesor asistente, Dr. Ir. Burillo» en una carta de d’Ors fechada en Santiago el 8 de agosto de 1960. Le anuncia que el joven romanista, en esa época en Múnich, tiene intención de visitarle en su casa de Plettenberg. La visita no se concreta y su encuentro se retrasa hasta la Semana Santa de 1962. Serán unos días muy intensos para el profesor aragonés. Sé cuánto le satisfizo compartir conmigo aquellos diálogos suyos, para que no se perdieran. «Tú archívalo en la mollera», me decía, convencido de que a alguien, certus an, incertus quando, aprovecharían.
Don Carlos, me contaba el romanista afincado en Murcia, vivía en el Hostal de los Reyes Católicos, pues la casa de su hija era pequeña y él, además, era lector nocturno. Burillo le esperaba a las 11 de la mañana y paseaban juntos por la Alameda. «Yo casi me limitaba a escuchar, como cualquiera puede comprender. Carl Schmitt solía hablar en español con alguna expresión intercalada en alemán, lengua que yo entendía. A las 2 de la tarde aparecía su yerno, Alfonso Otero, y yo marchaba a mi residencia en el Colegio Mayor La Estila». Burillo, una institución del claustro murciano, cenaba a veces con ellos y se sometía, como los demás comensales, a un juego de adivinanzas dirigido por el Viejo de Plettenberg. «Al ganador le regalaba un cenicero de plata en el que había ordenado grabar en mayúsculas griegas las palabras de Homero Y conozco el derecho, que exornan también su tumba». Mi amigo don Jesús gana uno de esos ceniceros.
Testimonio de esos días junto al Maquiavelo alemán son las dedicatorias estampadas en sus ejemplares de Land un Meer –«Jesús Burillo. Recuerdo de Carl Schmitt. Pascua 1962. καὶ θάλασσα οὐκ ἔστιν ἔτι. (Ap. de San Juan, cap. 21 [, 1]» [et mare iam non est]–, Die Lage der europäischen Rechtwissenschaft –«Para Jesús Burillo. Carl Schmitt. Pascua 1962. Wer kennt sich selbst? / Wer weiß, was er vermag? / Und was du tust, sagt erst der andre Tag (para releer en cuarenta años año 2002)»–, «El orden del mundo después de la Segunda Guerra Mundial» (Revista de Estudios Políticos, nº 122, 1962) –«Para Jesús Burillo. Recuerdo de Carl Schmitt. Ab integro nascitur ordo. Santiago de Compostela. April 1962»– y «Carl Schmitt: el hombre y la obra», de M. Fraga (Revista de Estudios Políticos, nº 122, 1962) –«Para Jesús Burillo. Recuerdo de Carl Schmitt. 10/4/62. La tierra será siempre más grande que Norte-América»–. Tuvo Jesús Burillo la inmensa generosidad de regalarme estos libros suyos. Los guardo como oro en paño junto a las primeras ediciones de Völkerrechtliche Großraumordnung mit Interventionsverbot für raumfremde Mächte (1939) y Der Nomos der Erde im Volkerrecht des Jus Publicum Europaeum (1950), también dádivas suyas, «hallados en una papelera, desechados por unas ignorantes junto con otros folletos en alemán, dedicados por C. S.». Provienen ambas, originariamente, de la biblioteca del iusinternacionalista Luis García Arias, para quien Carl Schmitt estampó dos de sus más conocidas dedicatorias: «Für Luis García Arias, zur Erinnerung an unsere Begegnung in Madrid. Mai/Juni 1951. Carl Schmitt. La tierra será siempre más grande que los Estados Unidos de América» y «Para don Luis García Arias, recuerdo de su invitado del 17 de marzo de 1952. Carl Schmitt. καί ηόμοη έγηο».
Medita esos días Carl Schmitt sobre las amity lines de los piratas ingleses y el origen puritano del capitalismo moderno, según la tesis de Max Weber. Así se lo confía en una carta a Álvaro d’Ors de la Semana Santa de 1962: le echa de menos para discurrir con él sobre la piratería y el espíritu capitalista, pues «Jesus Burillo, muy inteligente y agudo, es aún demasiado joven para comprender todo eso». Le agradece, no obstante, que se lo haya enviado, pues gracias a él ha tenido ocasión de apreciar la importancia política y jurídica de la lex de imperio Vespasiani. Trabajaba el profesor Burillo en aquellos meses sobre la reorganización del principatus bajo Vespasiano, elevado al poder con el apoyo de las legiones y falto, por tanto, de la legitimidad familiar de sus antecesores. Cuando le dio a leer el texto de la ley de imperio vespasiana, Carl Schmitt exclama, no sin ironía: «Die tollste Ermächtigungsgesetz!». «¡La más grandiosa de las leyes de habilitación que yo conozca! Mejor incluso que la mía».
Habló también Schmitt de su entrevista con Mussolini en el palacio Venecia: «Hablábamos en alemán. Unter vier Augen, es decir, a solas. Hombre de trato fácil y agradable, le pregunta: «¿Cuál es la mejor encarnación del Estado de Hegel? ¿El nacionalsocialista, el soviético o mi Estado fascista?» «Su Estado fascista». Mussolini se ríe». Indaga también el joven Burillo sobre Hitler: «Imposible mantener una conversación con él, pues necesitaba al menos diez mil individuos como interlocutores».
En otra ocasión le interroga Carl Schmitt, al modo platónico, sobre la enemistad, para llevarle al cabo a esta conclusión: «Lo que más separa a los hombres es la cultura». En ese punto de la conversación recordaba el solitario del Sauerland el germen infantil del criterio amigo-enemigo: «Las peleas en Plettenberg con los niños protestantes, que me pegan por ser católico».
Don Jesús Burillo era mi compañero de celda en los carasoles murcianos. Componíamos, a veces, una llamativa estampa en los bancos del claustro de Letras: un sordo facundo y un taciturno forzoso. Descanse en paz.