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Retrato Rousseau

Retrato de Rousseau

Joseph de Maistre, por el hombre y frente a Rousseau

La cuidada edición de la obra cuenta con el fino prólogo a cargo de Jorge Soley Climent, quien expone una lúcida semblanza de Joseph de Maistre, junto a ricos detalles biográficos

Nos encontramos ante una férrea defensa del hombre. Defensa difícil por cuanto tiene de sibilino el ataque, sobre todo ante la ingenuidad rampante de muchas conciencias que, ni entonces, a finales del siglo XVIII, ni mucho menos ahora, cuando la dictadura del relativismo —Joseph Ratzinger— se adueña de cabezas y corazones, se percatan de los errores y las trampas tendidas.

Análisis de un escrito de J.-J. Rousseau sobre la desigualdad de condiciones entre los hombres (CEU Ediciones, Colección CEU-CEFAS, Serie Minor, 2024), posiblemente una de las obras menos conocidas de Joseph de Maistre, apareció originalmente en lengua francesa en 1795 y es ahora publicado por vez primera en español, por lo que hay que agradecer al consejo editorial de CEU-CEFAS esta feliz iniciativa. Un texto en el que, como hemos dicho, el autor pone la dignidad del hombre en su sitio frente a las innovadoras tesis de Rousseau, cuyo éxito en las imprentas y en los salones, entre los philosophes y los plumillas ágiles de la propaganda, avanzaban de manera avasalladora por toda Europa.

El astuto Rousseau se atrevió a abrir nuevos horizontes en torno a cuestiones de profundo calado antropológico. Mientras todavía se encontraban calientes los campos y las calles francesas por los horrores de la Revolución, la «cuestión rousseauniana» iba a tener decisivas consecuencias no sólo políticas, sino en la concepción del orden de las comunidades humanas. Unas consecuencias que se han desenvuelto hasta hoy. De Maistre, como quien desenvainara una espada, le responderá con brutal lógica argumentativa y una mordacidad casi feroz, rayana en el ataque personal; cuesta imaginar el estado de ánimo del conde saboyano en el momento que, pluma y papel en mano, rebate a su enemigo ginebrino.

La cuidada edición de la obra cuenta con el fino prólogo a cargo de Jorge Soley Climent, quien expone una lúcida semblanza de Joseph de Maistre, junto a ricos detalles biográficos. Joseph de Maistre, marcado por la Revolución, también lo estará por los golpes de la vida familiar. Primogénito de un padre ya de edad avanzada, tomará conciencia, cuando todavía es muy joven, de la responsabilidad de sacar adelante a nueve hermanos menores. Además del dolor de haber perdido a su joven madre, en varias ocasiones tendrá que separarse de su familia por largos periodos para cumplir distintas misiones y encargos de su rey, como su provechosa estancia de catorce años en Rusia. Una estancia que le permitirá dictar a su hija Constanza, a quien conoce veinte años después de su nacimiento, sus brillantes Veladas de San Petersburgo en 1820.

Soley advierte en De Maistre la influencia que ejerció sobre él una especie de iluminismo cristiano. Más allá de su pertenencia a dos logias masónicas —que luego abandonó y que es signo de que sencillamente era hijo de su tiempo—, el interés por lo sobrenatural siempre estuvo presente en el diplomático saboyano. Un pensador que, si le hemos entendido bien, trascendía la realidad material e intentaba hallar siempre las causas últimas, las que muchas veces no se ven. El porqué de las cosas. El motor al que llegamos cuando vamos paso a paso buscando el inicio de todo movimiento. El espíritu que nos anima y nos lleva a actuar, el impulso de los corazones. De ahí también su estilo arrebatado, a veces colérico, impetuoso. De Maistre quería conocer el final, la verdad que sostiene todas las cosas. Y, por eso y para eso, hay que ser radical en el sentido literal del término y también del figurado. Cierta fogosidad en el estilo a veces es necesaria para sacudir conciencias y dejar claras las ideas a transmitir. Temperamento y forma mentis que configuran una auténtica teología política.

Parece que la aversión a las ideas rousseaunianas va más allá de lo intelectual y pasa a veces al insulto, a la provocación y a la ironía; «cómico afectado», es, entre otros, uno de los epítetos que le dedica. Le acusa de no saber lo que busca ni lo que quiere, simplemente de no saber ni siquiera de lo que está hablando. Le inquieta hasta el enfado —se le nota— la confusión que infunde el autor del Contrato social. Cierto es que las ideas tienen consecuencias y De Maistre vio pronto que las de Rousseau eran peligrosas. Por eso, deja de lado su supuesta buena voluntad, no deja lugar a componenda alguna y le ataca directamente. Es «el hombre que más se ha equivocado del mundo», crítica abrumadora de la que se hará eco, si bien de manera distinta, casi siglo y medio más tarde, José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia de Madrid, durante el discurso fundacional de la Falange Española, cuando acusó a Rousseau de atacar de manera directa la verdad política.

En Cartas de un monárquico saboyano a sus compatriotas (1793), Joseph de Maistre advierte de que los jacobinos son la negación de lo que dicen defender, pues proclaman la libertad y los derechos humanos, pero se convierten en sus peores enemigos. En esta tesis insiste en la obra que nos ocupa —quizá de manera un tanto más implícita que en otras, como Reflexiones sobre el protestantismo o Del Papa— y es que todo el pretendido amor de los ilustrados, todas las ansias revolucionarias de establecer los derechos del hombre y del ciudadano, las arrobadas intenciones de acabar con las desigualdades, con las diferencias entre los hombres… Todo eso, al final, se derrumba. Basta conocer el destino de los vandeanos o de tantos otros que se opusieron al nuevo régimen. Los revolucionarios no aceptan a equivocados. La realidad concreta no tenía cabida en la estrechez de las ideas de los hijos de los ilustrados; ideas tan abstractas que quedan vacías. Así, los jacobinos llevaron esta actitud al extremo y de ello dio cuenta lúcidamente De Maistre.

De Maistre ajustó cuentas con Rousseau. Con este opúsculo, el saboyano se erigió en valedor del hombre frente a Rousseau y a todos los que abominaban del amor de Dios hacia aquél. Una tarea que no era fácil, ya que el ginebrino se presentó como el gran conocedor del hombre, de su interior y sentimientos más íntimos. Y, sin embargo, De Maistre se esfuerza en explicar por qué Rousseau, mientras quiere mostrarse a sí mismo como el bondadoso defensor de la dignidad humana, quien le quiere librar de todas las opresiones a las que ha sido sometido desde hace siglos, en realidad, se ha convertido en su terrible enemigo: «el estado de naturaleza va contra la naturaleza o, dicho de otro modo, la naturaleza no quiere que el hombre viva en estado natural».

Frente a la rousseauniana idea del estado de naturaleza y las aspiraciones a las que debe tender el hombre, regresando a ese estado ideal del que, para su desgracia, salió, De Maistre propone una defensa de la dignidad primera del hombre. Aquello que es tan evidente resulta, en muchas ocasiones, lo más difícil de sostener y de ponerle palabras. Paradoja muchas veces infeliz, pero que superó De Maistre al rebatir a Rousseau, dejando una sentencia clara: el mayor título del hombre, de todo hombre, es el de hijo de Dios.

Con dicha sentencia inapelable, para De Maistre la mayor tragedia del acontecer del hombre es la de abandonar la causa última de su existencia, a su Creador, al que le ha dado el ser y le mantiene en Él. Es absurda, por tanto, la sola idea de plantearse qué habría ocurrido si Dios no nos hubiera creado libres, si no hubiera querido que fuéramos seres sociales; como Rousseau deja caer en su Discurso, señala indignado nuestro De Maistre: «es absurdo imaginar que el Creador haya dado a un ser facultades que nunca debe desarrollar, y más absurdo aún suponer que un ser cualquiera pueda darse facultades a sí mismo, o utilizar las que ha recibido para establecer un orden de cosas contrario a la voluntad del Creador». Y, más adelante, dirá, abundando en el zoon politikon de los clásicos: «dondequiera que el hombre ha podido observar al hombre, siempre lo ha encontrado en sociedad. Este estado, es pues, para él, un estado de naturaleza (…). Siempre es sociedad».

No es del todo fácil advertir la confusión, puesto que Rousseau parece abominar del progreso, abrazar la sencillez natural y poseer, en este sentido, una faz reaccionaria. Escribe en Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754):

«Si se compara la prodigiosa diversidad que reina en los diferentes órdenes del estado civil con la sencillez y uniformidad de la vida animal y salvaje, donde todos se nutren de los mismos alimentos, viven de la misma forma y hacen exactamente las mismas cosas, se comprenderá cuán menor debe ser la diferencia de hombre a hombre en el estado de naturaleza que en el de sociedad, y cuánto debe aumentar en la especie humana la desigualdad natural por la desigualdad de institución.»

Y quién podrá negar las terribles consecuencias que la idea de progreso ha traído para lo político y la política; cómo, en su nombre, se siguen arrasando campos, familias y relaciones humanas; aquello que arraiga de manera muy profunda al hombre a algo y a alguien que le sobrepasan, de lo que y de quienes ha recibido prácticamente todo. Por eso, no es extraño dejarse llevar por el antiprogresista Rousseau cuando habla del estado de naturaleza del hombre, cuando éste aún no estaba corrompido por las obsesiones modernas de la técnica. De Maistre llega a decir del ginebrino que, para él, hasta cocer un huevo es una forma de corrupción humana.

No es esto de lo que habla Rousseau. No está defendiendo, a nuestro juicio, la tradición, aunque reaccione contra elementos de la modernidad. De Maistre, llegado a este punto, se opone duramente a él y le desenmascara. Situados en el campo de la teología política y de la historia —si es que se puede hablar, en última instancia, desde otro campo—, lo que pretende Rousseau es imaginar cómo habría podido suceder la historia del hombre y del mundo si Dios no se hubiera interesado por los hombres. Si el famoso relojero hubiera sido real y si Dios no fuera Amor. Continúa el ginebrino en su famoso opúsculo: «la religión nos manda creer que, habiendo Dios mismo sacado a los hombres del estado de naturaleza inmediatamente después de su creación, éstos son desiguales porque él ha querido que lo fueran; pero no nos prohíbe formar conjeturas, deducidas de la sola naturaleza del hombre y de los seres que lo rodean, sobre lo que hubiera podido llegar a ser el género humano si se le hubiera dejado abandonado a sí mismo.»

De Maistre cuestiona las categorías rousseaunianas. Para aquel, Rousseau «no se entera de nada» y, por ello, todo su Discurso —pretendida enmienda teológica— es del todo erróneo, por ambiguo y confuso. Este atrevimiento sale caro, porque Rousseau acaba rompiendo con la verdadera naturaleza del hombre, al que no entendemos sin Dios. El hombre natural, incorrupto, desconocedor de la propiedad, es una ilusión, no ha existido jamás y menos aún puede identificarse con los pueblos nómadas o el buen salvaje: «siendo el arte humano […] la naturaleza del hombre, es decir, la cualidad que le hace ser lo que es por voluntad del Creador, preguntar lo que en el hombre pertenece a la voluntad divina y lo que pertenece al arte humano es tanto como preguntar lo que en el hombre procede de la voluntad divina o de la naturaleza que ha recibido de la voluntad divina», escribe De Maistre en su antirousseau.

El saboyano busca la claridad en los conceptos y desentraña el proceso intelectual que ha llevado a Rousseau a un error tras otro. Cree adivinar en él a un farsante que no distingue al hombre primitivo del hombre salvaje y del hombre natural. De Maistre comprende perfectamente a Rousseau, pues sabe que a éste no le importa conocer la verdadera naturaleza del hombre, ni la precisión de los conceptos; lo único que desea es aparentar que sabe y confundir al lector para sus propósitos ideológicos, «todo aquello —escribe De Maistre— que era oscuro, que no tenía un significado definido, todo aquello que se prestaba a divagaciones y equívocos pertenecía especialmente a su dominio», no duda en afirmar con toda dureza». Rousseau fuerza a sus lectores a imaginar qué sucedería si, en realidad, Dios se hubiera equivocado; si hubiera decidido no permitir el desarrollo de las sociedades y la salida del hombre de ese estado ideal en el que supuestamente se encontró. Como si el pecado original lo hubiera cometido Dios al haber hecho al hombre a Su imagen y semejanza, y el pecado no lo hubieran cometido Adán y Eva, tentados por el maligno con la trampa del orgullo y de la soberbia. Rousseau, así, mezcla de utópico y gnóstico, retorna a esa cuestión permanente del pensamiento humano: rehacer la naturaleza del hombre y del mundo.

«Dios habría dotado al hombre de facultades que debían permanecer en potencia, pero que acontecimientos fortuitos que podrían no haberse dado hicieron que entraran en acción. Dudo que alguien haya dicho nunca una estupidez semejante», dice De Maistre. Da la sensación de que Rousseau disfruta dejando al hombre en un estado de minoría perpetua de edad, cargando, de manera infantil, con las consecuencias del pecado sobre las espaldas de Dios: «descontento de tu estado presente —clama en su Discurso— por razones que anuncian a tu desdichada prosperidad todavía mayores descontentos, quizá querrías poder retroceder; y ese sentimiento debe producir el elogio de tus primeros antepasados, la crítica de tus contemporáneos y el espanto de los que tendrán la desdicha de vivir después de ti».

La furiosa reacción de Joseph de Maistre no fue suficiente para evitar la propagación del naturalismo rousseauniano. A la vista está, miradas las dos pasadas centurias, que el conde de Maistre tuvo menos éxito que Rousseau. Pero su crítica a los fustes torcidos de la modernidad sigue vigente. Teólogo de la historia, quiso mostrar la actuación real de la Providencia en el mundo y su relación singular con cada hombre. Sea como fuere, el lector tiene a su alcance un texto muy notable y lúcido, pues el Análisis demaistriano no se mide por su éxito, sino por su valor.

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