Cubierta de 'El señor Fox'
'El señor Fox': retrato de la más peligrosa y manipuladora de las seducciones
Novela con alusiones a la famosa Lolita, de Vladimir Nabovok, y a la menos conocida La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata
Joyce Carol Oates es una de las grandes damas de la literatura norteamericana actual. Autora infatigable y metódica, ha ramificado su inmensa producción –más de cien títulos– entre géneros como la novela, el relato, el teatro, la poesía, los libros infantiles y de non ficcion. Su compromiso con su quehacer literario parece no conocer descanso –en esto me recuerda a Isaac Asimov y a Mario Vargas Llosa–, algo que agradecen sus muchos lectores, los cuales, barrunto, tendrían que vivir varias vidas para poder leer su obra completa.

Alfaguara (2025). 718 páginas
El señor Fox
Ese torrente creativo se palpa nada más coger su última novela, El señor Fox (Alfaguara, 2025), 718 páginas que añaden una muesca más en el revólver de esta escritora a la hora de desentrañar las fuerzas ocultas que operan en el interior del ser humano, léase la maldad, que –así ocurre en el personaje principal– queda emboscada bajo una fachada de irresistible encanto personal con el que manipular a los demás y salirse siempre con la suya. (¿Acaso no nos recuerda un poco al Mr. Ripley de Patricia Highsmith?).
¿Pero quién es el señor Fox, nuevo en la exclusiva y aislada Academia Langhorne, en Wieland, estado de Nueva Jersey, de la que pronto se ha hecho su docente más querido y admirado? ¿Qué hay tras esa fachada de abnegado compromiso con los alumnos, con los que ha creado un club de lectura y otro de teatro?
Eso es lo que se preguntan muchos, en realidad todos, cuando dos hermanos, Marcus y Demetrius Healy, encuentran su coche, un sedán Acura blanco, semihundido en un estanque de Wieland, rodeado de partes de un cuerpo sin identificar. A la tragedia de perder al mayor bastión del centro escolar, se une ahora la incertidumbre de quienes lo trataban –en muchos casos con adoración sin límites– y se enteran de que Fox, con un pasado intrigante y estremecedor en sus espaldas, aprovechaba su ascendencia sobre las chicas, en una edad siempre cercana a los doce años, para abusar de ellas tras sedarlas.
La primera parte de la novela cubre, mediante la analepsis –partiendo del presente vamos una y otra vez al pasado–, la vida de Francis Fox, que va cambiando de colegios, pero no de modus operandi. Este vaivén temporal intensifica la sensación de fatalidad y permite que la figura de Fox se revele por capas. En la segunda parte gana peso el inspector Zwender, quien, con la ayuda de su medio pariente, el oficial Daryl Odom, ha de encargarse de investigar a fondo las muchas zonas oscuras de Fox.
En el libro sobrevuelan alusiones a los que son quizá los dos mayores antecedentes de esta historia, la famosa Lolita, de Vladimir Nabokov, y la menos conocida La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, Premio Nobel de Literatura en 1968. Y lo hace con finura y elegancia, sin venderse al morbo.
En el entorno de Fox nadie parece quedar libre de su «encantamiento», y se diría que hasta cierto punto y hasta cierto momento, muchos lectores podrían imantarse de la simpatía y educación que destila el personaje, hasta que su violencia y maldad ocultas van saliendo a la luz. No deja de resultar sorprendente que incluso después de ser dado por desaparecido y de que salgan a la luz ciertas noticias, varios personajes –alumnos incluidos–, bien porque no tienen toda la información o porque no desean tenerla, mantienen al profesor en un pedestal, e incluso creen verlo en el aula, como si de un fantasma se tratara. Lo cual, bien mirado, hace aún más peligrosas a este tipo de personas dotadas para el engaño.
Esta novela es, una vez más, ese laboratorio en el que Joyce Carol Oates estudia temas de gran calado como la autodestrucción y las fuerzas incontrolables, el colapso mental, el conflicto interior, el uso y abuso de voluntades ajenas… todo ello envuelto en un tema tan peliagudo como el abuso de menores, aun cuando, como es el caso, viniera camuflado por el amor que las niñas creían sentir por su manipulador victimario. Resulta destacable la forma en que las tensiones de los menores se entrelazan con las de los adultos, y viceversa, generando un panorama de desolación poco agradable.
El señor Fox es una novela intensa, rigurosa, de calidad, con algo de misterio, en la que Oates exhibe de nuevo su pulso a la hora de desnudar la mezquindad humana. Aviso, eso sí, de que la prolijidad de su prosa –no ahorra decenas de páginas para describir una escena si lo considera necesario– quizá no sea del agrado de esos lectores impacientes que anhelan un ritmo narrativo más veloz con el que descargar adrenalina.