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David Cerdá y María Zabala durante la charla

David Cerdá y María Zabala durante la charlaEspacio Movistar

Coloquio

«Dedicamos demasiado tiempo a entrenar el cuerpo en el gimnasio y poco tiempo a entrenar la cabeza»

David Cerdá y María Zabala charlan sobre la necesidad de cultivar el discernimiento sensato y una actitud de contraste intelectual, en un entorno marcado por las medias verdades, el tribalismo de las «burbujas de seguridad» y la nueva sofística de los «zascas», así como el «pensamiento criticón»

El ‘Ciclo voces’ que organiza Movistar mediante su iniciativa ‘Movimiento azul’ ha reunido en un coloquio al filósofo y consultor David Cerdá y a la periodista María Zabala, autora de Ser padres en la era digital (2021).

Con el tema ‘Cómo ser críticos en tiempos fake’ y una media docena de libros a su lado —entre los que se encontraban Ética para valientes (Rialp, 2022) y El dilema de Neo (Rialp, 2024), de Cerdá—, Zabala ha definido el pensamiento crítico como la «gran competencia que debemos trabajar». Frente a lo que hoy parece la «obligación de posicionarnos», ha citado a Francis Bacon, que defendía «el odio a toda clase de imposturas».

«¿Sabemos cómo pensamos? ¿Sabemos argumentar lo que pensamos?», se plantea Zabala. Porque a veces, al pretender inculcar pensamiento crítico a nuestros hijos, dice ella, «lo que queremos es que piensen como nosotros». Al dar la palabra a Cerdá, ha comentado con una mezcla de humor y admiración: «David me incomoda: me obliga a preguntarme por qué pienso lo que pienso».

«Pensamiento lúcido»

Por su parte, Cerdá ha respondido que, en vez del «pensamiento crítico» o «pensamiento criticón», él prefiere el «pensamiento lúcido», que se preocupa por «el papel decisivo con que te relacionas con la verdad» y que nos lleva a tomar decisiones.

En su opinión, «dedicamos demasiado tiempo a entrenar el cuerpo en el gimnasio y poco tiempo a entrenar la cabeza». En consecuencia, «la duda educa», porque conduce a intentar ahondar en la verdad; por eso, desaconseja la cultura de «lo demasiado rotundo y el meme».

Anima a «coger el gusto a la búsqueda cooperativa de la verdad, no discutir para ganar, y dejar de lado todo intento de quedar por encima del otro, que es un adversario y no un enemigo». «El que vence en un debate es el que adquiere algo que no tenía antes», asegura.

Hay que saber argumentar, tener a alguien que te confronte, no alguien que siempre te diga ‘sí, cariño’ a todo

Al mismo tiempo, Cerdá comenta que la insistencia en «salir todo el rato de la zona de confort» es una expresión «cursi». En cualquier caso, «somos más de lo que pensamos», sobre todo en una época que sublima lo identitario.

María Zabala añade entonces que el problema de lo fake estriba en que «es un poco verdad y un poco mentira», en un contexto en que todos buscamos «nuestra verdad».

A lo cual agrega Cerdá que «la verdad es la adecuación a la realidad», y que «un mundo de mentiras es demasiado costoso» porque requiere mucho esfuerzo «en propaganda y violencia», en un supuesto empeño del «Imperio del bien contra el mal».

Su receta: acercarse poco a poco a la verdad, y lograr un equilibrio entre ceder en aquello que merece corregirse y no ceder en lo que se sabe que es cierto. En época de dispersión, «elegir lo que leer y escuchar», buscar la verdad lejos del ruido. Al mismo tiempo, Cerdá incide en la necesidad de «saber argumentar, tener a alguien que te confronte, no alguien que siempre te diga ‘sí, cariño’ a todo». Según Cerdá, hace falta entrenarse en la adversidad, porque «nos mejora».

«Tener razón no es estar en lo cierto»

Zabala comenta que hoy se concibe el debate como «convencer al contrincante», y, si no se logra, surge el odio. En este sentido, dice Cerdá que mucha gente renuncia a la conversación y que la indiferencia no es siempre sinónimo de tolerancia, sino a veces desprecio o desdén.

Distingue Cerdá entre pluralismo, que define como «derecho a opinar», y relativismo, que consiste en que «cada uno tiene su verdad». En un entorno en que se aspira a vivir dentro de «burbujas de seguridad», y con redes sociales que pueden potenciar esta dinámica —«estamos tribalizando el mundo»—, Cerdá aconseja practicar la «caridad argumentativa» —rebatir el mejor argumento del contrincante, su mejor versión—, en tanto que actitud de nobleza, y no el «zasca» efectista.

Otro consejo: «En una conversación participo, si voy a aportar algo; si no es así, me callo». Y plantea algo que suena paradójico: «tener razón no es estar en lo cierto». Según Cerdá, hay que evitar estar «apegado» a la verdad, en tanto que la verdad es una cualidad de lo que se dice —en este aspecto, es más relevante lo que se dice que quién lo dice—, y no un patrimonio privado.

Nadie nos obliga a estar reaccionando ante todo

En el tramo final del coloquio, Zabala se cuestiona: «No se trata de qué hacen las pantallas con nosotros, sino qué hacemos nosotros con las pantallas». Porque «nadie nos obliga a estar reaccionando ante todo». Dice David Cerdá que lo fundamental es «conocer lo humano, identificar los rasgos humanos y vernos a cada uno de nosotros como humanos».

Y, ante un entorno de insatisfacción —en un contexto marcado por la incitación al consumo compulsivo, lo que supone «un camino angustioso»—, Cerdá opta por manejar con realismo las expectativas.

Zabala coincide, en tanto, que asegura que se requiere cambiar el ritmo en un mundo acelerado «donde todo es efímero». Cita el libro La crisis de la autoridad, de Natalia Velilla, para señalar cómo se ha implantado una mentalidad según la cual «los niños no pueden sufrir, y el Estado es un papá que lo paga todo».

«Ser adversario de los hijos»

David Cerdá localiza como antídoto el compromiso a largo plazo, y el reforzamiento del criterio a la hora de manejar con provecho herramientas digitales: «la IA miente más que habla entre toneladas de información».

Dice Cerdá que los actuales datos de salud mental indican que «no estamos haciendo como podemos nuestro trabajo de padres». Porque a los hijos hay que educarlos en el manejo de la frustración; si no es así, «lo pagarán en el futuro antes o después». «La realidad frustra y es compleja», de modo que conviene cultivar una relación sana con la realidad, para rebajar la frustración: «la IA no sufre nunca ni tampoco compondrá una sinfonía como Brahms», afirma.

Prosigue: «Si no discutes con tus hijos, no eres un buen padre»; con un mensaje provocativo, Cerdá invita a «ser adversario de los hijos». En su opinión, los padres tienen la obligación de oponerse, de mantener conversaciones difíciles, de trabajar los desacuerdos.

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