Francis Scott Fitzgerald en los años 20 cuando escribió 'El gran Gatsby'
Se cumplen 100 años de ‘El gran Gatsby’, la novela más autodestructiva de F. Scott Fitzgerald
F. Scott Fitzgerald reflejó sus demonios en una novela inmortal que refleja con sarcasmo y cinismo la alta sociedad estadounidense del siglo XX
Fiestas frívolas, glamour, champagne a raudales, negocios millonarios cerrados a ritmo de jazz, coches de lujo… Estamos en los años 20 del siglo pasado, es Long Island y nos encontramos en la mansión del misterioso y atormentado multimillonario Jay Gatsby.
La novela de Francis Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, cumple 100 años y hay que celebrarlo, principalmente, leyendo este estupendo viaje al desastre vital anunciado publicada el 10 de abril de 1925.
Los ecos de la Primera Guerra Mundial suenan cada vez más lejanos, la Segunda Guerra Mundial aún no se vislumbran –aunque los totalitarismos fascista y comunista que la desataron ya asomaban sus zarpas por medio mundo–, las grandes urbes europeas y estadounidenses viven entre la puerilidad de sus élites adineradas, la lucha de las clases populares por sobrevivir y una frenética actividad financiera que se dirigía con la velocidad del Rolls amarillo del Gran Gatsby hacia el siniestro total del crack del 29.
El mismo Rolls-Royce con el que la amante de Jay Gatsby atropella a la amante de su marido, Tom, amigo del millonario de Long Island. ¿Enrevesado? Sí, es Scott Fitzgerald: retorcido, cruel, sarcástico, cínico, mortificado y con muy mala uva.
Cubierta de 'El gran Gatsby'
Al fin y al cabo, El gran Gatsby es la crónica de cómo una fiesta alocada donde los billetes de 500 dólares vuelan arrojados al aire se te puede ir tan de las manos que termine con un muerto y la ruina absoluta.
La literatura de Francis Scott Fitzgerald es así. A todo el mundo le gustaría vivir en sus novelas de lujo, de vacaciones en Niza, de sensuales locales de jazz en Nueva York, de Martinis y fiestas al ritmo del swing hasta que llega la primera tragedia y todo ese mundo se desmorona.
No inventa nada nuevo, Scott Fitzgerald. Ese era su mundo: bohemia, caros trajes de tweed, fiestas, París, Nueva York, vacaciones en la costa francesa, la segunda belle epoque…, y luego el declive.
La vida de Francis Scott Fitzgerald estuvo marcada por la trágica enfermedad de su mujer, Zelda.
Afectada por una enfermedad mental, la sofisticada Zelda Sayre arrastró al escritor a un círculo infernal de ataques de ira en público, infidelidades, autodestrucción… Ingresada en un Hospital psiquiátrico para tratar su esquizofrenia, Zelda murió en un voraz incendio encerrada en un cuarto de donde nadie pudo rescatarla.
Eso ocurrió en 1948, Scott Fitzgerald había muerto ocho años antes, en 1940, sintiéndose un perdedor, ahogado en su alcoholismo, prácticamente abandonado por amigos y olvidado por el gran público.
Francis Scott Fitzgerald se amaban, se odiaban, se necesitaban de una forma enfermiza y terminaron autodestruyéndose. Igual que los protagonistas de su novela El gran Gatsby que, en ese sentido, funciona como una novela autobiográfica y profética.
Lejos quedaban aquellos años de gloria y champagne en el París de los años 20, donde junto a Ernest Hemingway, Gertrude Stein, Sylvia Beach, T.S. Eliot, y Ezra Pound darían el pistoletazo a la llamada Generación Perdida, en la que también suele incluirse a John Steinbeck, William Faulkner o Thomas Wolfe.
Aquella generación de escritores estadounidenses y británicos nacida alrededor de la bohemia literaria parisina dejó algunos de los títulos más reseñables de la literatura anglosajona de los años XX.
Hemingway la inmortalizó en sus novelas Fiesta y París era una fiesta, donde Francis Scott Fitzgerald desempeña un papel estelar.
El mismo Fitzgerald dejó inmortalizado aquel ambiente en Suave es la noche, novela de tintes autobiográficos que traslada la acción a la alta sociedad de la Riviera Francesa.
Hermosos y malditos, A este lado del paraíso, son las otras obras que, junto con Suave es la noche y El gran Gatsby cierran el círculo de las novelas de Francis Scott Fitgerald donde arroja una mirada nostálgica, sarcástica y crítica hacia esa superficial alta sociedad estadounidense que, con sus miserias, arrogancias y debilidades, no dejaba de ser un mundo de gran belleza que aún hoy es envidiado e imitado.