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Vicente Amigo es uno de los guitarristas que más han apostado por la fusión entre flamenco y jazz

Vicente Amigo es uno de los guitarristas que más han apostado por la fusión entre flamenco y jazzEuropa Press

Como agua y aceite: por qué el jazz y el flamenco nunca han logrado fusionarse

Pese a muchos intentos sobresalientes e iniciativas originales, el jazz nunca ha logrado fusionarse con el flamenco, como si hizo con otros géneros musicales

El jazz y el flamenco son dos géneros musicales cuyos caminos se han entrecruzado en numerosas ocasiones desde la segunda mitad del siglo XX y que, bien entrado ya el XXI siguen intentando buscar puntos de contacto y fusión.

Y, sin embargo, y a pesar de los constantes intentos e innovaciones, el invento no termina de cuajar.

En España probaron grandes guitarristas y cantaores flamencos con resultados sorprendentes, como Paco de Lucía, Tomatito, Vicente Amigo, el mismo Camarón hizo sus intentos… Pero nunca ha ido más allá de curiosos experimentos.

El flamenco sigue siendo un género musical con su propia idiosincrasia que, si bien evoluciona e incorpora nuevos elementos (quizás su innovación más llamativa y exitosa fue la incorporación del cajón peruano por parte de Paco de Lucía).

Lo mismo le ocurre al jazz. Encontramos ahí como intento más reseñable el álbum Sketches of Spain de Miles Davis, uno de los discos más famosos y mejor valorados por la crítica del genial trompetista de jazz, pope del free y profeta de la vanguardia jazzística.

Pero, una vez más, el álbum es una genial rareza. El jazz-flamenco no se ha consolidado como género, como sí se ha consolidado la fusión del jazz y los ritmos brasileños (bossa nova), del jazz y la música de los romaníes franceses (el manouche) o el jazz y los ritmos caribeños (el jazz-latino).

El fracaso a la hora de hacer lo mismo entre jazz y flamenco es claro. Estamos ante dos estilos musicales muy propios de las características culturales del contexto social, cultural y nacional donde nacieron y se desarrollaron, por lo que es muy difícil que logre fusionarse con otro genero con una identidad igual de fuerte.

El jazz siempre que se fusionó exitosamente con otros géneros lo hizo porque esas otras músicas proceden de contextos similares y de orígenes comunes. Es el caso de los ritmos brasileños y caribeños que, al igual que el jazz, tiene una notable influencia de los ritmos procedentes del África.

El éxito de la fusión entre jazz y la música romaní francesa es una excepción y se explica, por un lado, a que el jazz que encontró ese punto de contacto es el swing, un jazz bailable, más abierto que el jazz de Nueva Orleans y el posterior bebop, más melódico y, quizás, más universal.

Además, el manouche es un género que, prácticamente, se identifica con el genio de Django Reinhardt y que, desde él, ha permanecido prácticamente inmutable.

Por su parte, el flamenco responde a una identidad española muy fuerte, desde sus raíces andaluzas, su universalización en los tabalos y cafés madrileños y su incorporación al imaginario nacional e internacional como género propio de la cultura española.

Es cierto que el flamenco se ha internacionalizado, ha roto fronteras, triunfa en Estados Unidos, triunfa en países tan alejados geográfica y culturalmente como Japón y, por supuesto, triunfa en Europa.

Pero su éxito internacional se debe, precisamente, a la fascinación que causa su fuerte identidad cultural, su impermeabilidad a excesos de vanguardia y perversiones culturales.

El jazz y el flamenco son como el agua y el aceite, no se pueden mezclar, o al menos aún no se ha encontrado el modo de fusionarlas. Y, quizás, sea mejor así.

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