Socialismo o barbarie, ahí queda eso
Sánchez se arroja en brazos de Rosa Luxemburgo, mientras artistas e intelectuales celebran a Hamás y en el Met de Nueva York culpan a Trump de la falta de público
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez
La voz tonante de Gilbert Becaud, uno de los mejores cantantes franceses de su tiempo, interpretaba Lo importante es la rosa, un tema con mensaje, como casi todos los suyos. A todos aquellos que se consumen sin esperanza, víctimas de algún inesperado golpe del destino, la heredada mala fortuna o su propia indolencia el trovador de Niza les ofrecía un consuelo.
Al reivindicar la flor, con un sentido metafórico que en estos tiempos reguetoneros se juzgaría redundante, venía a decir que, ante las adversidades, lo único que puede salvarnos es esa belleza, a veces oculta en pequeños detalles sin importancia, a la que casi nunca se le prestaría la debida atención.
Pero en el caso más sórdido de Sánchez, la rosa es simplemente el símbolo del poder adosado a las siglas de un partido en decadencia. Otra Rosa, Luxemburgo, ya se encargó de exponerlo con toda precisión, en su momento: «El futuro será socialismo o barbarie». Por ahí continúan algunos.
De sus recientes viajes a China, el presidente se ha traído lecturas de Mao: «Por encima de todo, no aflojes el poder, nunca permitas que el poder se te vaya de las manos». Y aún cuenta con apoyos imprescindibles en la tarea, pese a los revolcones.
La ingeniería educativa, al servicio del programa, ha calado largo y hondo, y por eso tantos jóvenes hay en estos momentos que, como papagayos entrenados en las aulas entregadas a los cultivadores de un revanchismo rancio y burdo, pero muy efectivo para inocular las consignas del odio de clase, repiten en coro eso de que los nietos de Franco nunca volverán a gobernarnos.
Con un par de simplonas soflamas, que no resisten la exposición a los datos, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, la Izquierda ha cultivado esa suerte de superioridad moral jamás sujeta a la contradicción: se puede defender a la vez el terrorismo de Hamás y proclamar un pacifismo, que nada tiene de ingenuo, bordado en camisetas.
O justificar la pobreza extrema militarizada de un país otrora próspero, como Venezuela (de Cuba ya nadie se acuerda), si el resultado garantiza el triunfo de las tesis socialistas, la administración de la miseria. Cuestionarlo conlleva situarse en el seno mismo de la barbarie fascista.
Les quedan dos años para agitar aún más el avispero de la división y, entretanto, continuar adormeciendo a quienes prefieren vivir del sueño de un paraíso, no muy lejano, basado en la renta social común que por fin los libere, para siempre, de la esclavitud a la que los somete el sempiterno ogro del puro.
Y alentar la aspiración, tan común, de lograr la máxima gloria del envidioso: no llegar a poder comprarse, algún día, un coche como el magnífico del vecino, si no evitar a toda costa que ese otro pueda llegar a disfrutar del suyo. Mejor, todos jodidos.
A falta Bonasera, Nosferatu en Ferraz
Pagar 54.000 euros al año para que cuiden de tu imagen, y que te saquen así… dos veces seguidas (la obstinación, por lo visto, no solo se refiere a los nombramientos de los cónsules del partido).
Don Vito al menos contaba con el leal Bonasera, al que acudió con el encargo de restaurarle el rostro a su hijo Sony, desfigurado tras la balacera, y evitar así que la pobre madre no tuviese que añadir otro espanto al inmenso dolor de su pérdida.
Balzac sostenía que el efecto esencial de la elegancia es ocultar los medios. Bonasera, en eso, era artista consumado. No así el séquito de Sánchez, cuyos inexpertos maquilladores no han sido capaces, en un par de ocasiones cruciales, de disimular el trampantojo. Por el contrario, no solo lo han hecho evidente, si no que han logrado que el efecto inicialmente pretendido, entre solemne, trágico y compungido, revelase otra cosa, acaso más siniestra.
En sus últimas comparecencias, Sánchez no solo ha recordado a Nosferatu (el de verdad, el de Murnau, o quizá aquel otro de Herzog, con el inolvidable Kinsky); también se parecía un poco al Mefistofele de los antiguos montajes del Fausto de Gounod, cuando el diablo aún no era un socorrista playero o un funcionario del ministerio de Trabajo reconvertido en Drag Queen por las noches.
El tan publicitado «contouring» sobre los pómulos más parecía una especie de cuernos a la inversa que, en lugar de adornarle las sienes como correspondería con Belcebú, se hubieran deslizado hacia abajo hasta caer, haciéndose notar, por la pendiente de la patilla.
¿Y por qué no siguen el consejo de Russell?
Cualquier premio Nobel puede tener un mal día. A Bertrand Russell, por ejemplo, le debió ocurrir cuando, en 1937, declaró: «La Gran Bretaña debiera desarmarse y, si los soldados de Hitler nos invadieran, debiéramos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida». ¡Bravo!
Es exactamente lo mismo que algunos tendrían que hacer con las hermanitas de la caridad de Hamás, esas que un día de octubre, hace un par de años, ingresaron en Israel no para asistir a un concierto de su estupenda Filarmónica en Tel Aviv, dirigida por Zubin Mehta, sino para violar, raptar y asesinar a un grupo de jóvenes que se divertían en una fiesta.
Esos firmantes españoles del manifiesto de la cultura por el final de las acciones militares en Gaza, que nunca han mencionado al pianista Alon Ohel, de 24 años, secuestrado entonces y aún en poder de los terroristas, deberían abrirles las puertas de sus hogares, de par en par, a los valientes luchadores de Hamás.
De ese modo, liberada Gaza de su ejército en la sombra, allí podría alcanzarse, quizá, una cierta paz; aunque no por mucho tiempo: la raíz del problema, el larvado deseo de exterminar a los otros, los infieles (judíos, cristianos, budistas…), no es algo que vaya a desaparecer de un día para otro.
Y, mientras, los miembros de Hamás alojados en las mansiones de sus generosos anfitriones ibéricos, gracias al contacto asiduo con los poemas, canciones y películas de estos cultivados benefactores, unido al disfrute del vino y el jamón ibérico (del que algunos tanto gustan en secreto) y los paseos por la sierra, podrían convertirse en discípulos de Russell. A lo mejor, hasta lograrían otro Nobel.
¡Échale la culpa Trump!
Julian Barnes, el estupendo novelista británico, se convirtió a la ópera cumplidos los sesenta. Para algunas personas interesadas en la música, su descubrimiento (¿tardío?), capaz de procurar intensas satisfacciones, forma parte de un proceso natural e incluso lógico.
A pesar de que, en estos tiempos atolondrados, la adolescencia pretenda extenderse casi hasta la tumba misma, a veces sucede que aquel chaval que se desmelenaba durante las actuaciones de sus grupos favoritos, pongamos por caso, Massive Atack, –para no remontarnos a los eternos Stones–, a medida que los años van pasando, y sus ingresos aumentan, se decide a explorar otros rituales con los que aplacar el tedio.
En lugar de seguir saltando como un poseso, con las rodillas y la espalda mancilladas por la temeridad de las media-maratones, prefiere, ahora, sentarse en una confortable butaca para disfrutar de sonidos menos invasivos que, incluso, si arreciase el cansancio, hasta permiten echarse una breve siesta (la música, cuando facilita el sueño, no debiera considerarse un mal: ¿hay algo más noble y correcto que dormir?, se cuestionaba Josep Pla).
Por eso la monserga habitual de la búsqueda de «los nuevos públicos», que los teatros suelen endilgarnos para justificar sus programas destinados a atraer los más jóvenes (y que pocos adeptos verdaderos conquistan), cae casi siempre en saco roto. Todo llega a su debido tiempo, salvo en algunos casos de precocidad infrecuente (doy fe).
En el Metropolitan de Nueva York, preocupados por el relevo generacional y el descenso de visitantes, se les ocurrió, hace un par de años, cambiar la política de su programación: debemos ofrecer más óperas nuevas y relegar el repertorio, los títulos populares, a su mínima expresión, pensaron. Solo así, decían, atraeremos a los jóvenes, futuros aficionados.
Vana ilusión. Estos días, el teatro de Lincoln Center acaba de hacer balance de la temporada en curso, hasta la primavera, y los resultados malogran su discurso.
Lejos de aumentar las ventas de entradas, han caído: esperaban contar con un 75 % de ocupación y apenas han llegado al 70. De las 85.000 nuevas localidades vendidas en la temporada 23/24, durante este mismo período, se ha pasado a las 76.000. Los abonos también retroceden de un 12-15 %, antes de la pandemia, hasta el 7 % actual.
Pero veamos lo que ha sucedido con las óperas escogidas para este cambio de rumbo: entre las modernas, y tras una formidable campaña publicitaria, solo ha triunfado Moby Dick, la reciente obra basada en un clásico de la cultura norteamericana (81%). El resto ha cosechado resultados discretos para una institución que vive básicamente de la taquilla: Ainadamar de Golijov (61 %), Grounded de Jeanine Tessori (50 %) y hasta el Antony y Cleopatra del célebre John Adams (65 %).
Por el contrario, la eterna Aida de Verdi llegó al 82 %, Tosca (78 %), La dama de Picas y La Bohème (77 %), El barbero de Sevilla y Fidelio (76 %), … Es decir, el público suele preferir, no en todos los casos (Il Trovatore solo obtuvo un 59 %, habría que estudiar los repartos escogidos), los títulos de toda la vida.
Una vez constatado que el diagnóstico, y el supuesto remedio, no carburan, el Met podía haber dado marcha atrás (en la práctica ya lo ha hecho: para la próxima temporada, ya ha anunciado un regreso al repertorio). Pero en lugar de eso, el jefe de la casa, Peter Gelb, ha insinuado, sin llegar a citarlo, que la culpa de los malos resultados la tendría Trump «por la disminución del turismo en Nueva York» y «la incertidumbre sobre la economía».
No hace falta ser más claro, o sí: el «enemigo exterior», en este caso Donald J., también sirve para justificar una gestión errada. El «bárbaro», en cualquier caso, debe cargar con todas las culpas presentes, futuras y hasta pasadas.