Tolkien, en 1920
La correspondencia como forma literaria: de San Pablo a Tolkien
El epistolar es un género que han cultivado multitud de autores a lo largo de la historia
Ahora ya no se lleva, es todo instantáneo, pero hace no tanto, los mensajes de WhatsApp se escribían, a mano o a máquina, en un papel, que se doblaba y se metía en un sobre. Tardaban más y dejaban, literalmente, mal sabor de boca al pegar el sello, pero tenían más encanto.
Las cartas han sido un valiosísimo medio de transmisión de información. En ocasiones, el único. Y durante muchos años han constituido un vínculo entre, por ejemplo, familiares o amigos distanciados.
Pero como toda palabra, aquella que se escribía sobre papel y se enviaba también ha pasado por las manos de escritores. Así surgió el género epistolar, uno que han cultivado innumerables autores a lo largo de la historia.
De hecho, algunos de los libros más famosos de la historia se componen de cartas. Drácula, de Bram Stoker, sin ir más lejos.
En este sentido, podemos remontarnos 2.000 años atrás para encontrar uno de los textos fundacionales de este género, las Epístolas de San Pablo. De ahí, pasando por Séneca, Montesquieu o Tolkien, escritores de toda condición han elegido este medio para plasmar, de forma literaria, profunda y personal sus pensamientos o sus historias.
Testimonios del alma humana que viajan en sobres
Hace 2.000 años, San Pablo escribió, en sus Epístolas, algunos de los primeros ejemplos de correspondencia con fondo teológico y filosófico. De tono cercano, consolador e, incluso, enmendador, el santo incluyó sabiduría en cartas que han llegado a considerarse a la vez personales y universales.
Dos milenios después, la primera carta de San Pablo a los corintios sigue conmoviendo a la humanidad. «No tengo amor, nada soy», escribió el apóstol, y sigue resonando en la actualidad.
También por aquel entonces le dio a Séneca por escribir cartas a un tal Lucilio. En concreto, 124. Como buen consejero, al final de su vida, con la perspectiva de sus años, el filósofo cordobés instruía, de forma epistolar, sobre moralidad, haciendo observaciones sobre la vida cotidiana.
Como género literario, las epístolas salieron del ámbito puramente privado y entraron en el terreno de la literatura. Cuando un escritor publica, el texto deja de ser suyo del todo y entra en el dominio público de sus lectores.
Las Cartas persas de Montesquieu y las Cartas marruecas de José de Cadalso son dos buenos ejemplos de este tipo de literatura y de la tradición de emplear el género para transmitir ideas sin que estén sujetas a la rigidez de un ensayo.
Hay también otras obras, como Las desventuras del joven Werther, de Goethe, o Drácula, que empleaban el recurso de incluir «cartas» para imprimir verosimilitud y cercanía con la historia
J. R. R. Tolkien ha pasado a la historia como el creador de la Tierra Media, que reflejó en gran parte de su obra. Su libro más conocido es El Señor de los Anillos, pero todo empezó en el agujero del suelo en el que vivía un hobbit llamado Bilbo.
Y más allá de eso, Tolkien dejó un legado de valor incalculable en forma de epístola, que están compiladas en el volumen Las cartas de J. R. R. Tolkien. El autor se deja llevar y se separa de sus perfiles de erudito y de narrador para reflexionar sobre la muerte, la fe, la amistad o el lenguaje.
Además, el autor ampliaba y asentaba la mitología que creó con la Tierra Media, más allá del Silmarillion.
Las cartas no son solo una forma de comunicación, sino una manera de plasmar por escrito el alma de una persona. Los sobres son portadores de buenas y malas noticias, comentarios alegres, reproches, lecciones o palabras cálidas. Pero, como todo acto de literatura, una epístola es un vínculo entre dos personas.