'El jardín de los cerezos' de Chéjov: la obra maestra que aburre a la sociedad de la inmediatez
Se le escuchó comentar a una espectadora al término de la función: «Me ha aburrido, sobre todo al principio»: la constatación de que los tiempos han cambiado, para mal, cabría decir
Escena de El jardín de los cerezos
Se suele decir que una obra resiste bien (o mal) el paso del tiempo. Pero ¿podría decirse que a una obra le resisten mal (o bien) los tiempos? Esta es la sensación que produce la versión de Ignacio García May bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Un jardín entre cumbres borrascosas
O quizá no sea la versión, es más, se está seguro de que no lo es, sino la obra en sí, perfectamente producida y dirigida con todas sus esencias intactas y sus licencias debidas. La obra en sí y su efecto en el público del XXI. Una obra de principios del XX en un siglo siguiente ya avanzado que aburre al respetable.
Se le escuchó comentar a una espectadora al término de la función: «Me ha aburrido, sobre todo al principio»: la constatación de que los tiempos han cambiado, para mal, cabría decir. Del mismo modo que aburre El jardín de los cerezos de Chéjov, una joven hace alarde en las redes sociales de que no entiende Cumbres borrascosas de Emily Brönte.
Es una realidad triste cuando se presentan los clásicos como eran y no como se intentan presentar: todo fácil, todo masticado y «actualizado» para que no se aburra el público del presente, no pocas veces incapaz, por demasiadas razones, de transportarse al momento y al contexto: de vivir el teatro, El jardín de los cerezos como una máquina del tiempo.
También otra clase de tiempos son protagonistas. Los tiempos que se toma, en este caso Chéjov, para narrar, para desarrollar la trama, los personajes y los diálogos. Todo requiere su tiempo sobre todo cuando ha pasado tiempo. A Chéjov o a cualquier otro autor de hace un siglo hay que darle ese tiempo. Hay que escuchar, acomodarse el oído, aclimatarse a las sensaciones, ubicarse en la época y luego disfrutar.
Si no se consigue todo lo anterior la experiencia puede resultar fallida. Tanto como para incluso renunciar a los clásicos, lo cual es una tragedia cultural. Hace falta pausa, la pausa de la que adolecen los tiempos al contrario que en los otros tiempos. Es casi el ritmo del corazón, que vale la pena acompasar al ritmo de Chéjov.
A su personalidad y al trasfondo bajo las tablas tan presente en sus famosos cuentos bajo sus líneas. Chéjov retrató la Rusia que dejaba de ser imperial en las pequeñas cosas que son las grandes, en las pequeñas idiosincrasias, en las costumbres, en los grandes temas como el amor desde escenas cotidianas.
El jardín de los sueños
El jardín de los cerezos es una gran escena cotidiana donde hay muchos personajes como salidos de muchos de sus cuentos reunidos en este. La sensación es de multitud para el minimalismo cuentista del gran autor y con la multitud puede llegar la confusión que es el aburrimiento del público moderno.
Totalmente ajeno a la naturaleza hermosa de El jardín de los cerezos, el jardín de los sueños, el jardín como símbolo de la belleza máxima y de una época que se derrumba piedra a piedra (u hoja a hoja) ante nuestros ojos. El cambio de régimen lento e irremisible, tan tratado, tan escrito, tan nostálgico y romántico (El gatopardo, La Dolce Vita, Padres e hijos): la parálisis de los nobles frente a la actividad imparable de la modernidad que echa abajo la puerta para dejar irreconocibles los tiempos en la obra y en la platea.