Ayuntamiento de Ivry-sur-Seine, donde predicó Delbrel
Madeleine Delbrel, la poetisa cristiana que predicó en barrios marxistas y que alabó el Papa Francisco
La autora fue también asistente social y se enfrentó al ateísmo comunista a través de darse a los demás
En el rico tapiz de la intelectualidad cristiana del siglo pasado destacan figuras silenciosas pero profundas como Madeleine Delbrel. Fue una poetisa y asistente social que transitó desde el ateísmo a predicar y ayudar a los demás en los barrios de mayoría comunista de Francia.
Delbrel vivió su fe templada en los suburbios obreros de calles grises en una época en la que la desafección religiosa marcaba el ritmo de la vida. La suya, en cambio, fue una respuesta, tranquila pero radical, a una pregunta: ¿cómo ser cristiano en un mundo que ya no cuenta con Dios?
El convulso siglo XX francés estuvo empapado de las tensiones ideológicas entre las corrientes anticlericales, fuertemente arraigada en los barrios obreros, y las creencias de la gente.
Algunos creyentes se refugiaron en espacios religiosos; otros, como Madeleine Delbrel, no. La poetisa se sumergió en los bajos fondos suburbanos para transmitir el mensaje de que la ciudad que ha abandonado a Dios sigue siendo, en realidad, el hogar de su amor.
Predicar en el desierto comunista
El nombre de Delbrel es desconocido en muchos ámbitos porque su voz no necesitó grandes foros o altavoces para ser escuchada. No obstante, quienes descubren su figura ven en ella una presencia cercana y cargada de consuelo que decidió predicar en tierra hostil.
Su vida se inició en un ambiente agnóstico y fue atea declarada. Sin embargo, tras una crisis interior, se convirtió en su juventud. La poetisa cambió su forma de ver el mundo, pero en lugar de retirarse a la seguridad de un convento, decidió acercarse a los barrios obreros comunistas de Ivry-sur-Seine.
Allí fue asistente social y se dio a los más pobres, entablando diálogos con aquellas personas que se oponían diametralmente a cualquier forma de religión. Su manera de predicar no era con palabras, sino con presencia y la coherencia tranquila de quien se sabe en posesión de la razón.
Sus obras más conocidas, Nosotros, gente de la calle y Ciudad marxista, tierra de misión, combinan su visión espiritual profunda con un estilo poético que, a la vez, cautiva por su agudeza social y encarna una defensa alegre de la fe.
Pese al desconocimiento que envuelve su nombre, Delbrel fue alabada por el mismo Papa Francisco en una catequesis. El pontífice la definió como una «venerable sierva de Dios». «Madeleine tenía el corazón continuamente en salida y se deja interpelar por el grito de los pobres. Sentía que el Dios Viviente del Evangelio debía quemarnos dentro hasta que no hayamos llevado su nombre a los que todavía no lo han encontrado», declaró.
«La vida y los escritos de Madeleine nos muestran que el Señor está presente en toda circunstancia y que nos llama a ser misioneros aquí y ahora, compartiendo la vida con la gente, participando en sus alegrías y tristezas», concluyó el Papa.
Y no le faltaba razón. Madeleine Delbrel es el ejemplo de que no se necesitan grandes hazañas para diseminar el mensaje espiritual que uno siente en lo más íntimo. Su voz tranquila pero firme nos sigue hablando de la importancia de lo cotidiano.