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La Celestina y los enamorados. Obra de Luis Paret y Alcázar

La Celestina y los enamorados. Obra de Luis Paret y Alcázar

La brujería en la ‘Odisea’ y en ‘La Celestina’: ¿simple ficción o reflejo de la realidad?

«Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la Corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos», fórmula con que la Celestina intenta vencer la resistencia de Melibea al amor de Calisto

«Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar». Con variantes —«hijas, nietas»—, e incluso vertida en canción, esta consigna pretende ser una especie de condensación de supuesta antigua sabiduría femenina, sojuzgada por siglos de machismo, se asegura. Pero ¿de verdad las brujas eran mujeres con grandes conocimientos? A lo largo de la historia, la referencia a la magia o la brujería ha tenido distintos matices.

Por un lado, el evangelista Mateo habla de unos «magos» procedentes de Oriente y que, probablemente, fuesen astrólogos y algo parecido a lo que hoy se llama «hombres de ciencia». Por su parte, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos refiere acerca de otro «mago», Simón, el cual no sabríamos decir si era hechicero o prestidigitador; en un primer momento, se bautizó, y luego, asombrado por los portentos que obraban los apóstoles Felipe, Pedro y Juan, quiso comprarles sus poderes.

De ahí que se denomine simonía al intento de obtener mediante dinero —u otra recompensa— cargos eclesiásticos o gracias sacramentales, por señalar algunos ejemplos. ¿Eran igual de magos los que fueron a visitar al Niño Jesús que esté otro?

Parte de la respuesta quizá se encuentre en las Partidas de Alfonso X, en las cuales se especifica qué es la «adivinanza»: la pretensión de «tomar el poder de Dios para saber las cosas que están por venir». Este código distingue entre quienes se dedican a ello basándose en la astronomía, «una de las siete artes liberales», y quienes son meros brujos o hechiceros.

La diferencia estriba en que los primeros han adquirido su conocimiento tras mucho estudio centrado en el curso natural de las estrellas y los planetas; los segundos, en cambio, emplean objetos extraños, palabras mágicas o el tacto con muertos, niños pequeños o vírgenes. Los segundos, conforme a las Partidas, conducen al perjuicio y al engaño, y por eso estaban prohibidos según la ley.

De igual modo, se condenaba la nigromancia —«un saber extraño para encantar espíritus malos»—, por el perjuicio que acarreaban y por el miedo que generaban de noche, al ir a buscar material para sus encantamientos.

Según las Partidas, estos brujos ocasionaban que muchas personas muriesen, se quedaran locas o privadas de memoria. En bastantes de los juicios de aquellos siglos se incide más en cuestiones como fraude o prolongados efectos negativos, que en otros detalles. No olvidemos que, durante los casi cuatro siglos de existencia de la Inquisición en España, los procesos y ejecuciones por brujería fueron una anécdota marginal; no llegaban al 1% de las condenas, y representaron una cifra muy inferior a la que se registró en la Alemania luterana.

Según quién realice los cálculos, hablamos de ratios que oscilan entre 1.850 a uno, y 83 a uno. Los casos relacionados con sodomía o abuso de menores triplicaban a los de brujería. Sea como fuere, apenas una de cada cincuenta personas condenas por la Inquisición acabó en la hoguera.

Cabe añadirse que la distinción tajante no se refería al mero hecho de haber recibido una formación reglada —lo cual también se aplicaba a la práctica de la medicina y el uso de hierbas. La cuestión central estribaba en si se realizaba una función beneficiosa, como acabar con plagas o alejar demonios. En estos casos, la legislación incluso anotaba que se debía recompensar a quienes hubieran obrado el portento.

Odiseo y Nausícaa. Obra de Charles Gleyre

Odiseo y Nausícaa. Obra de Charles Gleyre

El mundo antiguo y medieval era receptivo a todo tipo de soluciones, empezando por las plantas medicinales, como demuestran los tratados de Dioscórides (siglo I) o de la santa Hildegarda (siglo XII). Según Galeno, y conforme a la perspectiva general de la medicina griega, el aspecto crucial de la salud dependía de la díaita: el régimen de vida y, sobre todo, de comidas (de aquí la palabra «dieta»). Sin embargo, en unas épocas en que andaba al acecho cualquier enfermedad o infortunio, ¿cómo no fiarse del primer mercachifle o maga que nos saliera al encuentro?

Precisamente al encuentro de Odiseo (Ulises) salió el dios Hermes, en la isla de Circe —deidad hechicera—, para ofrecerle una planta con que remediar el encantamiento de la diosa, que se deleitaba convirtiendo a los hombres en cerdos —hoy habrá quien diga que eso no es magia alguna. La planta se llamaba môly, y, si bien muchos han intentado identificarla con precisión —se ha postulado que sea algún tipo de ajo, lo cual nos lleva a pensar en los vampiros—, podemos entender que se trata de una planta fabulosa, en tanto que sólo los dioses pueden disponer de ella.

A fin de cuentas, Homero no hace sino trasladar una mentalidad popular muy asentada en aquellos siglos, como refleja el amplio número de encantamientos que se describen en cientos de papiros y otras fuentes documentales. Frente al auge de la magia, a veces las autoridades —sobre todo, romanas— procuraban prohibir, con poco éxito, la presencia y actividades de perniciosos astrólogos, hechiceros, charlatanes, buhoneros o brujas.

En sus poemas, Horacio indica que estas prácticas eran mera superchería vulgar que acababa acarreando, por ignorancia, consecuencias nefastas, sobre todo para los recién nacidos, niños pequeños y personas más vulnerables. Horacio también traslada historias de terror en que brujas y ogros intentan secuestrar a chiquillos para emplearlos en sus nauseabundos rituales —algunos, orientados a elaborar filtros amorosos—, o para devorarlos. Nacido medio siglo tras la muerte de Horacio, el cordobés Lucano —sobrino de Séneca el Filósofo— desarrolla, a lo largo de 400 versos del libro VI de su Farsalia, escenas de miedo, en especial un tétrico episodio de brujería nigromántica destinado a resucitar un muerto —descrito como un zombi— para que pronostique el futuro.

En el siglo XV, el también cordobés Juan de Mena (primera mitad de siglo) hará resonar a Lucano en su Laberinto de Fortuna, con terribles invocaciones de brujería que Fernando de Rojas emulará, a finales del mismo siglo, en La Celestina mediante esta fórmula: «Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la Corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos». ¿Un embrujo extraído de la realidad social de su tiempo, o simple literatura?

Rojas nos habla de una alcahueta que igual elabora bebedizos y pócimas que provoca abortos o se dedica al proxenetismo. Toma como ingredientes desde el romero, la manzanilla o el espliego hasta la sangre de murciélago, la piel de gato negro, los ojos de loba o la soga de un ahorcado. Un personaje del hampa con amplia astucia y profundos conocimientos de los resortes de la psique humana, quizá los que le permiten vencer la atolondrada y bisoña voluntad de los jóvenes.

Por su parte, el relato de Mena intenta evocar lo que sucedió durante una guerra civil en Castilla, entonces aún humeante. Según Hernán Núñez de Toledo —en una edición comentada de Laberinto de Fortuna, publicada casi al mismo tiempo que Rojas imprimía La Celestina—, «en las guerras entre el condestable y los infantes algunos … consultaron esto con una mujer nigromantesa, la cual resucitó un cuerpo muerto que le dijo cómo el condestable había de ser vencido … los de la valía del condestable se aconsejaban con una maga que estaba en Valladolid y los que seguían el partido de los infantes se aconsejaban con un religioso fraile de la Mejorada …el cual era gran nigromántico».

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