Sánchez demuestra que no sabe qué es la cultura y presume de ello
El presidente del gobierno defendió una cultura ideologizada que no sea «neutral»
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la apertura de Mondiacult 2025
No hay cosa peor que ser un ignorante que presumir de serlo. En el caso del presidente del gobierno, Pedro Sánchez, demostró durante la Mondiacult 2025 (la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre Políticas Culturales) en Barcelona que no sabe qué es la cultura, y presume de su ignorancia.
En su discurso de apertura del evento Sánchez afirmó, en una frase resaltada por Efe y demás medios de comunicación públicos, que cultura «es por encima de todo compromiso con la libertad, con la memoria y con la paz».
Desdeñó también a quienes creen que la cultura se debería limitar a «entretener», «que no moleste», y aseguró que la cultura no puede ser ni «neutral ni indiferente ante lo que sucede en el mundo».
También pontificó Sánchez con el argumento de que «la cultura es, por encima de todo, compromiso con la libertad, con la dignidad, con la memoria y, por supuesto, compromiso con la paz».
Para quien tuviera dudas acerca de a qué se refería Sánchez, acto seguido citó «unas palabras del poeta palestino Marwan Makhoul».
Sin embargo, Sánchez se equivoca, por desconocimiento o por voluntad de instrumentalizar la cultura. Porque la cultura no implica ningún compromiso con nada que no sea el impulso del creador (ya sea escritor, músico, pintor o cineasta) y con la voluntad del ciudadano de empaparse de esa cultura.
Es cierto que la cultura requiere un compromiso con la libertad, al menos un ansia por alcanzarla: la libertad creadora y la libertad de acceder a la cultura. Pero la libertad de la que habla Sánchez no tiene nada que ver con esa libertad.
Sánchez está instrumentalizando la cultura, está llevándola a su terreno para convertirla en un vehículo al servicio de su agenda ideológica y de gobierno, de sus cálculos electorales y personales.
Por eso circunscribe el ámbito de la cultura a una cuestión como la de la guerra de Gaza, sin tener en cuenta que la cultura es de ámbito universal. ¿Tiene la cultura algo que decir en los conflictos bélicos? Evidentemente.
Desde tiempos de Homero y la Ilíada, pasando por el Quijote de Cervantes y su reflexión sobre las armas y las letras, el Trafalgar de Pérez Galdós, el Guerra y paz de Tolstoi y toda la amplísima literatura sobre las guerras mundiales, o la guerra de Vietnam (y eso solo por hablar de literatura, pero sin olvidar otras artes como la pintura, la música, la fotografía o el cine), la denuncia de conflictos bélicos, su componente criminal, trágico, épico, o poético han sido fuente de inspiración para creadores de todos los tiempos.
Pero a Sánchez no le interesa la cultura, le interesa que la guerra de Gaza genere un movimiento de un sector muy concreto del ámbito de la cultura que trate de homogenizar el discurso como si de una corriente mayoritaria y hegemónica se tratara (la «Zeja» y el «No a la guerra»), que impulse al sanchismo, funcione como un revulsivo electoral y corra una cortina de humo sobre casos de corrupción y desgobierno en las Cortes.
Sánchez busca una cultura «palmera», pero lejos de ser servil, la verdadera cultura –no la propaganda– resulta incómoda al poder, porque genera ciudadanos librepensadores y con criterio capaces de poner en entredicho las acciones del gobernante y señalar sus inconsistencias y sus incapacidades y, en definitiva, crear una corriente de opinión pública contraria al que ostenta el poder que le haga perder unas futuras elecciones.
José Ortega y Gasset, en su ensayo La deshumanización del arte, dividía al público entre los que «entienden» el arte nuevo (y por extensión la cultura nueva) y los que «no lo entienden».
Sánchez busca un pueblo convertido en ese otro concepto orteguiano que es el de «hombre-masa», que no entienda la cultura y que sea dócil a los postulados procedentes del poder. Por eso dice que la cultura no puede ser neutral, porque quiere que sea leal a los postulados sanchistas. Es decir, no quiere una cultura libre, sino atada a la Moncloa.
El diccionario de la Real Academia Española da con la clave al definir cultura, en su primera acepción, como «conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico», y, en su segunda acepción, como «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera».
En ese sentido, podría sorprender que en el discurso de Sánchez en Barcelona no se nombre ese desarrollo del «juicio crítico» o ese «desarrollo artístico, científico, etc».
Pero, sin embargo, no debería sorprender, porque como ha demostrado Sánchez en múltiples ocasiones, para él la cultura no existe más que como propaganda, y quien controle la cultura, controla el discurso.