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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia ante la comisión de investigación del caso Koldo, este jueves en el Senado

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia este jueves en el SenadoEFE

¿Qué tienen que ver las evasivas de Sánchez con Dostoievski?

El presidente del Gobierno interpretó un papel de escapismo ensayado que solo consiguió aumentar las sospechas de culpabilidad, como en la novela de Dostoievski, en la corrupción del PSOE

Y no solo a Crimen y castigo. Pedro Sánchez apareció en el Senado después de asesinar a la vieja usurera Alióna Ivanóvna, pero sin los remordimientos del «pobre» Raskólnikov. Sánchez no es pobre en ninguno de sus sentidos y tampoco parece buscar redención alguna. Ya se sabe que su único afán es mantenerse en el poder a cualquier precio.

Como no es «pobre», en ninguno de los sentidos, no siente necesidad de confesar absolutamente. Es un Raskólnikov sin alma a quien sus interrogadores políticos no hacen mella como sí la hizo el juez Petrovich en Raskólnikov, y sin pruebas, quien al final confiesa el crimen y es enviado prisionero a Siberia.

'Cien años de soledad'

La risa de Sánchez al entrar en la comisión ya indicaba lo que después diría para englobar la comparecencia, a la que llamó «circo». Una enmienda a la totalidad democrática y psicológica en el caso del protagonista de Dostoievski. No solo no admitía sino que atacaba el presidente acusando al «circo» de parcialidad, tras llamar «imparcial» con «sarcasmo» a Eloy Suárez, el presidente de la Comisión.

Eludía las respuestas Sánchez, también como algunos personajes de Cien años de Soledad: la misma Úrsula que no revela secretos familiares, como no responder, o decir no conocer, a o sobre «la banda del Peugeot». Unos secretos familiares que también negó el presidente respecto a los negocios de prostitución de su familia y su relación con los pagos de campaña.

Una comparecencia kafkiana

España entera era Josef K., el protagonista de El proceso de Kafka, y Sánchez todos los jueces y abogados que no le respondían a nada, aumentando la confusión de precisamente un proceso, la pesadilla del hombre kafkiano que no sabe por qué le han detenido, donde la ley y la justicia verdaderas parecen inalcanzables.

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