Del baile con María Dueñas y Pappano al apocalipsis de Luisi y la ONE
Dos conciertos bien distintos, en días seguidos, desvelan el gran momento musical de la violinista española y la implacable dureza del «Libro de los siete sellos», el oratorio de Schmidt inspirado en san Juan
Del baile con María Dueñas y Pappano al apocalipsis de Luisi y la ONE
La música puede suscitar en el oyente los más variados prodigios al evocar en él distintas ideas, sensaciones, estados de ánimo. De ahí su grandeza: en la variedad está el gusto, proclamaba Porfirio Rubirosa. Un día te pone a bailar con una sonrisa medio bobalicona y al otro, casi sin tregua, te sumerge en los abismos interiores de la eterna duda, la del misterio más hondo, decisivo y perturbador.
Así ha ocurrido en estos dos últimos días, antes de volver a entregarnos a la contemplativa aquiescencia a la que someten los sentidos estos fines de semana lluviosos, por fin, otoñales, serenos afluentes que con rítmica cadencia de sutiles repiqueteos conforman los espíritus para concederles cierto sosiego, no por mucho tiempo.
El jueves una joven y un sénior, zetas y «boomers», para demostrar que la curiosa efervescencia y la madurez bien trabadas, cuando se obra con criterio, pueden ofrecer auspiciosos resultados, casi nos pusieron a danzar sin necesidad de tener que pasarnos por alguno de esos antros en los que se mezclan políticos y artistas.
María Dueñas, precoz prodigio del violín, como a su propia hora la malograda Johanna Martzy, unió su talento al del estupendo director Antonio Pappano, ex responsable musical del Covent Garden, en una entretenida sesión consagrada a Eduard Lalo y Antonin Dvorak, junto a la Orquesta de Cámara de Europa.
Un público nuevo, curioso y muy entusiasta
Impacta, en su concierto inaugural de esta temporada, ha seguido la reciente estela de sus últimos éxitos mediante una fórmula que nada tiene de novedoso, pero hay que saber cultivarla con este esmero: repertorio popular y artistas consagrados (hasta mediáticos, en algunos casos).
Prácticamente llena la sala sinfónica del Auditorio Nacional de un público más joven de lo corriente, curioso y entusiasta que lo aplaude todo, sí, incluso entre los movimientos de las obras, como se hacía en otras épocas, para desesperación de los aficionados habituales, condescendencia de los músicos y alegría de los programadores, que ven crecer la clientela.
Abrió el programa la conocida «Sinfonía española» de Lalo que, en realidad, no es ni una cosa ni la otra, pero se convirtió desde su aparición en una obra muy popular entre los intérpretes, por la preponderancia que el autor les proporciona permitiéndoles desplegar todo el rico catálogo de sus virtudes, técnicas y expresivas.
La inmediata accesibilidad de esta música también encanta al público. La escucha resulta (siempre que se deje reposar durante algún tiempo, como los buenos caldos), casi en todo tiempo grata por la profusión melódica y ese exotismo de postal que, en sus justas dosis, también puede resultar levemente cautivador.
El arranque no fue todo lo limpio que podía desearse: en la Orquesta de Cámara de Europa la cuerda no abunda y se produjo un leve desbalance, con los metales desatados al inicio hasta casi ahogar a la pobre María Dueñas, que en cualquier caso se rehízo pronto.
La intérprete granadina, con sonido dúctil, más que suficiente, precisa afinación, fraseo impoluto y un punto de fantasía fue desgranando todas las bellezas que encierra esta «suite», más bien, evocadora de esa España de gitanas, fandangos y sortilegios que tanto caló en la imaginación de los autores románticos europeos, y hasta en algún juez actual inoportunamente llamado a redimirnos de nuestros naturales impulsos agrestes.
Propina con guiño al gran Casals
Dueñas remató la faena con buena parte de la platea puesta en pie, enfervorizada por el fuego contenido de la interpretación, a lo que la chica correspondió de inmediato con un arreglo para violín del entrañable «Cant dels ocells», regalo del gran Casals a la posterioridad.
Tras los fuegos de artificio de Lalo, magníficamente delineados con la complicidad de orquesta y maestro, el ánimo quedaba de nuevo apaciguado para el descanso con la melancolía del genial violonchelista catalán, quizá más propicia a escucharse en la cuerda grave de su instrumento.
Después de ceder casi todo el protagonismo a la solista invitada, Pappano ya tuvo ocasión de mostrarse en todo su elemento como gran director: extrovertido, comunicativo, incisivo y a ratos arrebatado, seguramente herencia del temperamento mediterráneo de sus ancestros.
Hay en las «Danzas eslavas» de Dvorak algo del fuego de Brahms y de la sensualidad de los Strauss para realzar, y dotar de elegancia, la naturaleza apasionada que palpita en los ritmos del op. 46, a las que el director británico, como propina, añadió el «Allegreto grazioso» del op.72, quizá la pieza más conseguida de todas. Sonó la orquesta con el preciso empaste entre secciones, cálida, directa, festival… acorde con la naturaleza de estas músicas de inspiración popular. Éxito sin matices.
Y al día siguiente, gran cita con la OCNE
Menos expansivo se mostró el público de la OCNE, al día siguiente, tras el final de «El libro de los siete sellos» de Franz Schmidt. Aunque muy pronto se rehízo de la impresión que deja en la conciencia y los oídos este oratorio, una obra para ser íntimamente paladeada tras su escucha, y regaló a los intérpretes convocados las ovaciones que la ocasión ameritaba.
Fabio Luisi, el director italiano que combina su excelente preparación musical con una singular habilidad para la creación de perfumes (tiene sus propias marcas), se ha convertido en uno de los más acreditados valedores de una partitura que ha ido ganando adeptos con el tiempo, sobre todo en el ámbito germánico, menos entre el resto, quizá por desconocimiento o por la dureza de la prueba.
Desde luego no resulta fácil someterse al crudo mensaje apocalíptico contenido en el libro de san Juan, cuando como parte integrante de la pieza (aquí situado en lo alto, frente al órgano) se presenta el mismísimo Dios para advertirnos sin adornos sobre el impostergable advenimiento del juicio final.
En las pasiones, como las de Bach, el martirio de Cristo revela su luminosa humanidad, lo que confiere a su mensaje redentor, junto a la compasión, una cercanía que puede resolverse en una suerte de renovada confianza en la capacidad infinita del perdón de las faltas y pecados, que aún admitiría cierto margen al error, en el tiempo. Somos así.
El instante definitivo aún queda algo lejano y desdibujado: ese viaje hacia lo que parecía desconocido ya antes lo ha emprendido alguien por nosotros, con infinita generosidad.
Pero en la pieza de Schmidt, un compositor poco apreciado en su tiempo (la música había comenzado un despegue incierto pero seguro mientras él se mantenía aferrado a otros tiempos ya pasados), y segregado después (se le colocó falsamente entre los adeptos al nazismo), «el casero», permítaseme la licencia, se presenta ante el inquilino sin posibilidad ya de más chanchullos o demoras; lo cual, expuesto además con esa severidad, acongoja: sitúa al hombre definitivamente frente al espejo de sus debilidades y contradicciones en un cuadro que lo disminuye y aplasta sin remisión.
El reflejo de los últimos días de tribulación
Schmidt no se anduvo con contemplaciones en el trazado de una composición larga (casi dos horas) y austera, sin demasiadas concesiones a la emoción que, de manera casi más reflexiva que catártica, surgen durante el colosal aleluya, prolongado hasta el infinito, pero sin ese sentimiento de una casi irrefrenable dulzura, íntimamente acogedora de otras obras.
Tampoco existen aquí así dibujados los terrores algo tremendistas que Verdi expresa, por ejemplo, en su maravilloso «Réquiem»; la atmósfera, las intenciones son otras: más que el grito desgarrador que surge del desamparo, lo que ofrece Schmidt es la clarividencia o constatación de un hecho cierto: la tribulación de los días conclusivos debe ser asumida como la lógica consecuencia de un proceder erróneo, que ya admite escasa enmienda.
Impresionante fresco que recorre la historia de la música que verdaderamente interesaba al autor, desde los tiempos del gregoriano hasta Bach, con últimas paradas en Wagner y Bruckner, todo condensado en una partitura de compleja homogeneidad, transparente, directa y extrañamente dura: no por la forma adoptada sino por la naturaleza del contenido.
Luisi, que conoce profundamente esta obra, ofreció una lectura sin fisuras, rigurosa, capaz de iluminar cada piedra de su compleja arquitectura hasta dotar de completa vida el edificio entero. Contó con medios idóneos: una orquesta entregada (fantástico el órgano, Daniel Oyorzabal, en todas sus cruciales intervenciones); un coro espléndido en una obra de enorme compromiso, capaz de brindar el máximo de intensidad sin rozar el grito, y un competente equipo vocal en el que brilló, sobre todos, el tonante creador del bajo Christof Fischesser desde las alturas.
La voz de Juan, el tenor Michael Laurenz, sonó apretada, sobre todo a la hora de ascender. Aceptable el resto: Louise McCllelland (soprano), Valentina Stadler (mezzo), Tae Hwan Yun (tenor) y Brent Michael Schmith (bajo).
No se entiende que la OCNE recurra, una y otra vez, a tanto cantante extranjero cuando en España tenemos, en sus casas, a solistas de igual o superior valía para estos cometidos. Sencillamente inaceptable. ¿Cuál es el interés?