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En primera líneaEmilio Contreras

Alfonso y el dedo gordo de Desmond Tutú

Ussía sabía sacarle chispa a la vida; y hacer eso todos los días es algo que muy pocos consiguen, pero en su caso el ingenio le manaba sin el menor esfuerzo

Conocí a Alfonso hace muchos años cuando trabajaba en el Club Financiero de Madrid, que fundaron su padre, el conde de los Gaitanes, y don Antonio Garrigues. Y allí empezó a escribir y a publicar unos versos que recordaban el estilo de los que hace un siglo escribió su abuelo Pedro Muñoz-Seca -autor de La venganza de don Mendo- con grandísimo éxito. Alfonso pasó de los versos a la prosa y sus artículos tuvieron cada vez más acogida entre los lectores de ABC, La Razón y, desde hace cuatro años, en los de este periódico. Él sabía sacarle chispa a la vida; y hacer eso todos los días es algo que muy pocos consiguen, pero en su caso el ingenio le manaba sin el menor esfuerzo. Tanto que, incluso en los momentos más solemnes, surgía su sentido del humor, como ocurrió en los viajes profesionales que compartí con él.

En 1994 visitamos Sudáfrica en pleno proceso de demolición pacífica del apartheid, liderado por Nelson Mandela y Frederik de Klerk. El último encuentro lo tuvimos con el arzobispo anglicano y premio Nobel de la Paz, Desmond Tutú. Era un personaje singular y muy popular en todo el mundo, porque en sus mítines, ante miles de seguidores, revestido con sus atributos episcopales, mezclaba sus arengas con saltos y danzones de su tierra, que enardecían a los suyos y sorprendían al resto del mundo.

Nos recibió en un amplio salón de su residencia en Ciudad del Cabo. Tutú se sentó en el centro y a los cinco periodistas españoles nos colocaron en semicírculo a pocos metros delante de él. Decidimos que fuera Alfonso quien hiciera de portavoz. Monseñor, para sorpresa nuestra, se quitó un zapato y colocó su pie sobre un escabel en el que lucía un calcetín rojo episcopal, como correspondía a su condición. Y para sorpresa de todos, el dedo gordo de su pie empezó a agitarse con tal intensidad que, más que dedo, perecía un pequeño ratón que pugnara por hacer un agujero y escapar sin conseguirlo. Alfonso hacía pocos esfuerzos por contener la risa y nos miraba con un gesto de complicidad para contagiarnos la chufla. A partir de ese instante todo pareció conjurarse para que flotara un clima de guasa al que ayudó el arzobispo.

Alfonso empezó a hablar lentamente para facilitar el trabajo de la traductora, que no entendía las razones de aquellas risas contenidas porque ella no veía el dedo gordo en movimiento. Hasta que, en sus palabras de respuesta, Desmond Tutú le trató de «your excellency» confundiéndole con el embajador de España. La rechufla fue a más y Alfonso, que necesitaba pocos estímulos en estos trances, dio las gracias a monseñor «por habernos recibido… en esta hora cabrona de la siesta». Aún recuerdo la cara de la traductora. Nunca he tenido que hacer más esfuerzos para contener la risa y, como yo, el resto de los compañeros. A uno de ellos, al que le sobraban kilos por todo el cuerpo, cuando trataba de contener la risa se le cernían las carnes y le bailaban los lóbulos de las orejas. Más guasa. Afortunadamente, monseñor no pareció enterarse de nada o lo simuló.

Esa noche nos invitaron a un espectáculo folclórico para turistas, al que no me interesaba acudir. Y buscando una coartada para justificar mi ausencia, pregunté a Alfonso si él tenía previsto ir. Su respuesta fue tajante: «Ni de coña, eso es como un tablao flamenco, pero con negros. Me tomaré un gin tonic y caeré en la cama en coma profundo».

Pocos días después hicimos un safari fotográfico en la reserva Sabi Sabi, donde vimos toda clase de animales; leones, leopardos, jirafas, cebras y muchos impalas. A media mañana nos llevaron bajo unos árboles inmensos donde tomamos unas copas y unos canapés. Entonces Alfonso se acercó al periodista sevillano Antonio Burgos, que formaba parte del grupo y llevaba una gorra calada a un lado como si estuviera en la calle Sierpes, y con una sonrisa burlona le dijo: «Antonio, esto es como el Rocío… pero con impalas».

En un viaje al Moscú de Yeltsin, fuimos al teatro Bolshoi, donde su célebre ballet representaba Giselle. Como las entradas estaban agotadas, aceptamos comprarlas en la reventa clandestina que nos ofrecieron con disimulo en la puerta del teatro. Nos dijeron que el pago lo haríamos discretamente en el descanso de la representación porque en la calle corrían el riesgo de que la policía les detuviera. Pero llegó el descanso y, por mucho que nos exhibimos en el hall sacando pecho y estirando el cuello, nadie se nos acercó para cobrar. Sonaron los timbres y volvimos al patio de butacas. Al terminar la representación ocurrió lo mismo, y ya en la calle le dije: «Hemos visto Giselle gratis en el Bolshoi». Me miró con una sonrisa burlona, soltó una carcajada y me dijo: «Nos ha invitado Stalin».

Le echaremos de menos.