'La ley de hierro de la oligarquía' (2015), de Dalmacio Negro Pavón
Un observador filosófico de la modernidad
La elección de aquel tema encajaba perfectamente con uno de los principales objetos de reflexión de Dalmacio Negro
No conocí a Dalmacio Negro Pavón hasta 1996, con motivo de una de las jornadas que el profesor Miguel Ayuso organizaba cada año en Madrid, en el marco de las actividades de la asociación de «Amigos de la Ciudad Católica». Volví a encontrarme con él en las mismas circunstancias en la primavera de 2024, poco más de seis meses antes de su fallecimiento, dos días antes de Navidad de ese mismo año. Entre tanto, habíamos tenido ocasión de vernos al menos una vez al año y, sobre todo, de mantener correspondencia, en particular sobre sus obras y los artículos que había tenido la amabilidad de publicar en la revista Catholica, que dirijo. Además, había contribuido notablemente a un coloquio organizado en Lausana en el marco de las iniciativas vinculadas a esta publicación, en enero de 2008, sobre el tema «Guerra civil y modernidad», en el que abordó el siguiente tema: «La guerra de todos contra todos: política y facciones, desde los orígenes hasta el día de hoy».
La elección de aquel tema encajaba perfectamente con uno de los principales objetos de reflexión de Dalmacio Negro. Pero antes de entrar en una presentación más detallada, no quiero pasar por alto un rasgo muy entrañable de su personalidad, que todos los que le conocieron siempre destacaron: su gran sencillez, su discreción y su benevolencia natural, acentuadas en cierto modo por su forma de hablar, a veces poco audible. Sobre don Dalmacio suscribo totalmente el breve retrato que le dedicó Fernando Villespín Oña en la necrológica que le dedicó: «Permanece en mí, sin embargo, su bonhomía y su personalidad entrañable, con esa mirada irónica y afable a la vez, que era capaz de expresar mucho más de lo que emitía a través de su voz». Estos rasgos de carácter, lejos de perjudicar su reputación, dan testimonio, por el contrario, de la seriedad con la que llevaba a cabo su reflexión, que para él era lo más importante.
Dalmacio Negro fue un concienzudo analista del sistema político dominante en el mundo occidental contemporáneo. Como fino observador de la realidad —y, por lo tanto, en este sentido, sociólogo político pero también analista filosófico dotado de un vasto conocimiento enciclopédico—, se dedicó sobre todo a deducir sus principios activos, tanto en el ámbito teórico como en la forma de interpretarlos, lo que le llevó hacia los conceptos del derecho y de la ciencia política en el sentido pleno de la expresión.
La cuestión del liberalismo
Se ha dicho que Dalmacio Negro era un liberal, algo que él mismo no desmintió nunca, como lo demuestra, en particular, su larguísimo discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, el 8 de mayo de 1995 (discurso publicado ese mismo año por la misma Academia con el título La Tradición liberal y el Estado). Sin embargo, en realidad, parece claro que ese calificativo era, si no inapropiado, al menos ambiguo, sobre todo si nos atenemos a su sentido en la terminología contemporánea. De hecho, Dalmacio Negro era profundamente partidario de un gobierno temperado, lo que le situaba, sin necesidad de recurrir a una terminología particular, en la línea del pensamiento político clásico, premoderno, que veía en la autoridad política un servicio tutelar ejercido para el bien de todos, subsidiario con respecto a la multiplicidad de las actividades sociales, para que la totalidad se mantuviera y progresara en el orden y la paz. Todas sus tomas de posición críticas se inspiraron en esta idea. En este campo, Miguel Ayuso, en un ensayo titulado «El singular liberalismo de Dalmacio Negro», puso de relieve el hecho de que su supuesto liberalismo tenía muchos rasgos comunes con la concepción política hispánica tradicional —el «no estatismo» español—, con su tradición de libertades locales, en particular las del fuero, ese «anuncio precoz del principio de subsidiariedad, que posee un aspecto filosófico fundacional (el hombre concreto frente al abstraccionismo antropológico), presenta una dimensión jurídica plena (los usos y costumbres creados por la comunidad, elevados al rango de norma jurídica con valor de ley escrita por el hecho del reconocimiento negociado con la autoridad), y se expresa en toda una política (la pluralidad de los órdenes sociales presupone la de los órdenes jurídicos)». Es esta concepción tradicional la que la modernidad ha recuperado, pero también ha desnaturalizado, al término del «proceso por el cual la «res publica» deja de ser la cosa pública o común para convertirse en cosa estatal, objeto de una concurrencia permanente entre los grupos que se apropian de la gestión de la política concebida como medio para apropiarse de los diferentes centros de poder». Algo que André Azevedo Alves y José Manuel Moreira han abordado en su artículo «Dalmacio Negro y la tradición del gobierno limitado», publicado en el número que Razón Española dedicó a don Dalmacio. En el mismo número Consuelo Martínez-Sicluna publica un texto, titulado «Dalmacio Negro y la tradición de la libertad», en el que señala que: «La sacralización de la democracia, o su conversión en religión, la ha transformado en un nuevo instrumento de las oligarquías, que no dejan lugar a la libertad política, ni a la conciencia de los individuos. Nos encontramos ante la sedimentación del germen relativista como configuración de un nuevo Estado total, que en sus conclusiones difiere muy poco del Estado total característico del siglo XX».
El modo de expresión de Dalmacio Negro puede dar lugar a ambigüedades, pero lo que es indiscutible es, por un lado, su inspiración profundamente católica —incompatible con el liberalismo moderno propiamente dicho— y, por otro, su rigor analítico, que le permite identificar la impostura de un sistema sociopolítico que se presenta como de todos y que no es más que un espacio para la lucha de minorías ávidas de poder. Más allá de esta constatación de la realidad contemporánea, y refiriéndose a la tradición europea, Dalmacio Negro aboga decididamente por el compromiso, «único medio que permite una cooperación pacífica». «Por eso», añade, «en Occidente existe una especie de relación orgánica entre Política y Derecho. El poder debe encontrar su límite y su norma en las libertades naturales de los hombres libres —el gobierno debe ser limitado— y someterse a la razón, lo que implica un gobierno sometido a las leyes, no a los hombres. Por naturaleza, las leyes son compromisos». El liberalismo de Dalmacio Negro aparece, por tanto, como un término medio, lo que aparece bastante claro por su uso frecuente del calificativo que le añade cuando habla en su favor: un liberalismo moderado...
Homo homini lupus
La posición teórica de Dalmacio Negro, presentada aquí de forma resumida, permite comprender mejor su análisis crítico del régimen dominante en el mundo occidental, un régimen que se presenta como fruto de la voluntad de los pueblos pero que, en realidad, no es más que el disfraz institucional del acaparamiento del poder por parte de minorías sin escrúpulos que controlan el aparato del Estado.
La ponencia que presentó en el coloquio que organizamos en Lausana en enero de 2008 resumía lo esencial de su enfoque. Tendríamos que repasar punto por punto todos los elementos, ya que están encadenados de forma precisa, pero nos limitaremos aquí a proporcionar algunos extractos esenciales. Según Dalmacio Negro, la ruptura moderna tiene un carácter esencialmente religioso: «[la] sustitución principal, que abre la puerta a todas las demás, es la del principio de trascendencia por el de inmanencia, que destruye el fundamento de la visión anterior de la realidad sin por otro lado ser capaz de establecer otro. En esto, es también una época nihilista».
«El impulso provino de la creencia del humanismo en la capacidad del hombre para conocer y hacer, creencia que suscitó la esperanza de lograr finalmente construir la Ciudad Perfecta. Pero esta Ciudad es la del Hombre, ya que está formada por hombres nuevos para los que la solidaridad, virtud del hombre exterior, reemplaza a la caridad, virtud del hombre interior. Esta religión nació del gran vacío espiritual de la Revolución Francesa y se afirmó durante el periodo romántico. Desde entonces, compite con el cristianismo: la fe en el hombre sustituye a la fe en Dios, la fe en el hombre nuevo sustituye a la fe en Jesucristo, y el Reino del Hombre ocupa el lugar del Reino de Dios. La moral de esta religión del hombre emancipado es el humanitarismo y su iglesia es el Estado-nación, un Estado moral. Heinrich Heine se expresa así sobre esta cuestión: Wir wollen hier auf Erden schon das Himmelreich errichten («Queremos alcanzar el Reino de los Cielos aquí en la Tierra»). Tras la revolución, el hombre se convierte, por mimetismo, en el dios del hombre (Feuerbach). El hombre es divinizado como un Yo romántico y la humanidad se convierte en el demiurgo revolucionario (C. Schmitt). En el fondo de todo ello se encuentra el tan deplorable mito rousseauniano del estado de naturaleza».
La «religión secular» es una «ateología política» basada en la fraternidad, «idea rectora del milenarismo de las ideologías contemporáneas. [...] El rasgo esencial que define la religión secular es la negación de la trascendencia y, correlativamente, la autodivinización del hombre. Heinrich Heine lo expresó muy bien: Wir Kämpfen nicht für die Menchenrechte des Volkes, sondern für die Gottesrechte des Menschen («No luchamos por los derechos humanos, sino por los derechos divinos del ser humano»). La fraternidad se identifica con la «solidaridad», esa «palabra mágica que, con sus connotaciones colectivistas, define la virtud del hombre nuevo, el mito que pone en movimiento el pensamiento político y social contemporáneo».
La síntesis que ofrece el texto de Dalmacio Negro, del que nos hemos limitado a recordar algunos pasajes fundamentales, proporciona lo esencial de una crítica teórica de la modernidad política. Dalmacio Negro ha analizado ampliamente sus características prácticas, partiendo de dos rasgos complementarios: por una parte, el fruto social de esta nueva religión intramundana es la «guerra de todos contra todos», con su consecuencia inevitable, un pueblo nominalmente soberano pero adecuadamente esclavizado —en el sentido automático del término—, y cada vez más gracias a los avances de las técnicas de control; y, por otra parte, la guerra interna de la minoría dominante en la (pretendida) democracia, la famosa guerra de todos contra todos de Hobbes. A este respecto, hay que remitirse a la obra de Dalmacio Negro Pavón, La ley de hierro de la oligarquía, donde expone cómo todo gobierno humano, incluido el monárquico, recurre a una minoría de actores, un fenómeno natural que se vuelve incontrolable en el marco democrático moderno desde el momento en que se niega por principio.
Dalmacio Negro mantuvo hasta el final una enorme atención sobre las actualizaciones más recientes de los conceptos nacidos de la ruptura moderna, como el ecologismo y la bio-ideología. Para convencerse de ello, basta con remitirse a su larga e impresionante comunicación académica del 23 de enero de 2007 sobre «la politización de la naturaleza humana». No parece pues exagerado elogiarlo como un excepcional observador y analista filosófico de la contemporaneidad.