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El rey Enrique VIII y Ana Bolena cazando ciervos en el bosque de Windsor, por William Powell Frith, 1903

Cómo Ana Bolena acabó convertida en término despectivo en el diccionario español

Según el diccionario actual de la Real Academia Española, una anabolena es «una mujer alocada y trapisondista», una palabra cargada de desconfianza y reproche: describe a una mujer considerada traicionera, revoltosa o poco fiable

Aún hoy, el léxico español no ha terminado de perdonar a Ana Bolena el desafío que encarnó frente al orden establecido. Según el diccionario actual de la Real Academia Española, una anabolena es «una mujer alocada y trapisondista», una palabra cargada de reproche moral. No se trata solo de un insulto menor: describe a una mujer considerada traicionera, revoltosa o poco fiable. Pero ¿cómo llegó el nombre de una reina del siglo XVI a convertirse en sinónimo de embuste y desorden?

Ana Bolena fue la segunda de las seis esposas de Enrique VIII de Inglaterra y una de las figuras femeninas más controvertidas de la historia europea. En el imaginario popular ha quedado fijada como una mujer ambiciosa y manipuladora, capaz de arrastrar a un rey —y a todo un reino— a una ruptura sin precedentes.

«De pelo negro, esbelta y sofisticada, Ana, lo suficientemente lista como para darse cuenta de que estaba a punto de convertirse en peón en un juego de tronos, rechazó los regalos de cortejo de Enrique y se negó a acostarse con el rey hasta que estuvieran casados», asegura el historiador Mark Cartwright en World History Encyclopedia. La atracción que sentía el rey inglés por la que fue dama de compañía de la Catalina, hicieron calar en la mente y corazón de Enrique VIII la idea de «deshacerse» de su esposa.

Enrique VIII conoce a Ana Bolena

Y así sucedió. Por ella, Enrique VIII repudió a Catalina de Aragón tras más de veinte años de matrimonio y buscó la manera de anular su matrimonio, un divorcio imposible según el derecho canónico. La negativa del Papa a conceder lo que pedía llevó al monarca a romper con Roma y a proclamarse cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Aquella decisión no solo cambió el rumbo religioso y político del país, sino que selló para siempre la fama de Ana Bolena como instigadora del cisma.

Por aquel entonces, el pueblo inglés la llamaba «la mala perra», por la simpatía hacia Catalina de Aragón, descrita por el mismísimo William Shakespeare, un siglo después, como «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina». Y, tras apenas tres años como reina, cayó en desgracia, acusada de adulterio, incesto y traición, como consecuencia de la urgencia y desesperación de Enrique VIII por un heredero varón, la misma que le empujó a querer separarse de su primera mujer.

Fue ejecutada en 1536 y su mala reputación, siglos después, acabaría cristalizando en nuestro lenguaje. Según el Diccionario histórico de la lengua española (DHLE), «anabolena» —con variantes como «anaboleno», «nabolena» o «naboleno»— es una voz de origen onomástico, que deriva del nombre de la segunda esposa de Enrique VIII. El término se documenta en español desde finales del siglo XIX y presenta una notable riqueza semántica y geográfica.

En su uso como sustantivo femenino, «anabolena» designa a una mujer considerada descarada, alocada o sin juicio, muy desenvuelta en su comportamiento. Ya hacia 1880 aparece definida como «mujer sumamente desenvuelta», según una cédula académica citada por J. Gorgues y Lerma, que recoge el ejemplo: «Es una Ana Bolena», aplicado a una mujer excesivamente suelta.

A lo largo del siglo XX, el DHLE constata su presencia en distintos repertorios dialectales, especialmente en el ámbito murciano y castellano-leonés. En 1919 se registra «anabolena» en el vocabulario murciano de A. Sevilla, y en 1951 A. Torre documenta su uso en Cuéllar. La Academia recoge en 1970 la acepción «mujer alocada», mientras que en trabajos lexicográficos de los años setenta aparece la variante «nabolena», definida como «mujer dominantona y revoltosa» o «muchacha inquieta y traviesa», según el Vocabulario de los Montes de Toledo de Martín-Maestro y Gómez Pintor.

Ana Bolena en la Torre de Londres

El término no tardó en ampliar su campo semántico. Como adjetivo, «anaboleno, na» pasó a significar «enredador, embustero o calumniador», un valor documentado desde finales del siglo XIX y aplicable a personas de ambos sexos. En 1897, José Frutos Baeza ofrece un ejemplo claro en De mi tierra: «Pepa se incomoda y le llama 'anaboleno' y otras lindezas». Una cédula académica de hacia 1918 precisa que el término se aplica a la persona «procaz, falsa y aviesa; pero principalmente al embustero y calumniador», especialmente en la región de Murcia.

Este uso aparece también en la literatura. Valle-Inclán lo emplea en Divinas palabras (1920): «¡Ay, cuñada, te movían lenguas anabolenas!», donde el adjetivo califica rumores maliciosos y dañinos. En la lexicografía regional del siglo XX se consolida este valor: Gasoriano lo define en 1932 como «embustero, enredador, bellaco», y Salvador (1953) señala que en Cúllar-Baza« anaboleno, na» —y su variante con aféresis «naboleno, na»— se usa claramente como adjetivo para ambos géneros.

El DHLE documenta además la expansión del término fuera de España. Según Henríquez Ureña, anabolena se empleó también en Santo Domingo con el sentido de «enredadora» o «entrometida», lo que confirma la vitalidad y difusión del vocablo en el ámbito hispánico. Ya en la segunda mitad del siglo XX, la Academia vuelve a recoger «anabolena» como sustantivo femenino con el significado de «mujer trapisondista».

Así, cinco siglos después de su muerte, Ana Bolena sigue siendo juzgada —no ya por los historiadores, sino por el idioma— como símbolo de desorden, intriga y transgresión. Su nombre, convertido en palabra común, revela hasta qué punto la historia de ciertos personajes se ve reflejada en nuestro lenguaje.