Este cráter mide aproximadamente 20 km de este a oeste y 15 km de norte a sur
La historia no es Marte
En la revista de corte progresista 'The Atlantic' se ha publicado recientemente un artículo titulado «What if Our Ancestors Didn’t Feel Anything Like We Do?» («¿Y si nuestros ancestros no sentían como nosotros?»)
Este artículo difunde la tesis de un investigador, Rob Boddice, que pretende que el significado que en otras épocas han atribuido a sus emociones -y por tanto su forma de sentir- es radicalmente distinta de la nuestra. Por lo tanto si en un texto antiguo vemos la palabra «amor» o «miedo», posiblemente se estén refiriendo a cosas distintas a las que nosotros entendemos por esas emociones. Boddice denomina esta hipótesis como «experiential relativity,» o «historical neurodiversity». El artículo no sólo cubre el trabajo de Brodice sino de una serie de estudiosos que desde el campo de la neurociencia, la historia y la sociología están escribiendo sobre el mismo tema desde unos presupuestos filosóficos de los que (tengo la sensación) no terminan de ser conscientes: dualismo antropológico, constructivismo, confusión entre causa y condición, etc.
Está claro que la forma en la que el hombre se inserta a sí mismo en el mundo va modificándose a lo largo de la historia. Ya en el siglo XIX Dilthey usaba el término Weltanschauung (cosmovisión) para tratar este fenómeno. Pero pienso que esta moda académica auspiciada por The Atlantic, va por otro camino. Un camino por el que discurren los libros más vendidos de divulgación histórica, esos que uno ve en los lugares preferentes de La casa del libro o la Fnac, que pueblan las estanterías de los aeropuertos o la tienda de regalos de un castillo convertido en museo. Libros saturados de colorines que tienen títulos como «Cosas que no sabías de la Edad Media», «Las locuras de los reyes de tal dinastía», «La historia que no te habían contado del siglo XVIII», etc. Libros que conciben la historia como anecdotario, como colección de hechos estrafalarios, como astracán.
Esta forma «divertida» de acceder a la historia, que busca cosechar éxitos editoriales, no es inocente, sino que parte de unos presupuestos ideológicos que buscan hacernos el pasado ininteligible. Es la culminación del desarraigo y del individualismo posmodernos en el espacio-tiempo: nosotros somos el último y el primer hombre. El pasado es absurdo. Nada podemos aprender de aquellos hombres, nada nos une a ellos. La historia debe ir cancelándose según avanza.
Tanto los libros de Rob Boddice como el clickbait histórico de los aeropuertos o las tiendas de regalos nos presentan un pasado con el que no compartimos nada y al que no merece la pena asomarse más que con la actitud del niño que señala la jaula de los monos que se rascan la entrepierna. Tristemente, esta visión ha cundido en la mayor parte de la población. El individuo contemporáneo se siente superior y se justifica los males de su tiempo recordando que en ese extraño lugar llamado historia se usaban sanguijuelas o electroshocks para tratar el mínimo dolor de muelas. Los siglos se funden en un maremágnum de meados arrojados por la ventana, cinturones de castidad, epidemias, danzas macabras, pelucas piojosas, reyes dementes y cubos y cubos de las mentadas sanguijuelas como remedio médico universal. Es esta una forma de paletismo cronológico. Igual que llamamos paleto al pueblerino que sale de su terruño y, cerrado a procurar el entendimiento de cualquier costumbre foránea, regresa a su hogar con la única conclusión de que «están todos locos», el pueblerino hodierno mira a la historia con una sonrisa de condescendencia. Sus antepasados no tienen nada que enseñarle, sus costumbres son supersticiones. Las generaciones pasadas eran incapaces hasta de sentir como nosotros. La compasión, la ternura, el humor, el amor romántico… los descubrimos en el 2007.
Sí, en toda época hay locuras. Sí, como recuerda Alejandro Rodríguez de la Peña en sus estudios sobre la crueldad y la compasión, la dignidad humana es un hallazgo eminentemente cristiano. Pero eso no implica que los hombres del pasado fueran alienígenas incapaces de sentimientos reconocibles. Cualquiera que lea literatura variada de distintos períodos: ensayos, novela, comedia… sabe que esto no es así. En una tumba romana se lee este epitafio que un amo le dedica a su perra: «¡Qué dulce y amable eras! Mientras estaba viva solía acostarse sobre mi regazo, siempre compartiendo sueño y cama. […] No puedes correr salvajemente ni saltar sobre mí, y no desnudas los dientes con pequeños mordisquitos que no duelen». Los antiguos griegos tenían predilección por el humor ácido, irónico. Los monjes medievales dibujaban gatitos ocupados en las actividades más variopintas en sus manuscritos iluminados. Entre la seriedad de los quodlibet escolásticos, Tomás de Aquino, contesta con mucha gracia la pregunta humorística de unos estudiantes «¿Es la verdad más fuerte que el vino, el rey o las mujeres?». Los antiguos sajones llamaban a sus hijas con la terminación geofu, que significa regalo o don: Leofgeofu (don amado), Godgeofu (don de Dios), Berhtgeofu (don brillante). Hay un ideal matrimonial en el mito de Filemón y Baucis y hay amor apasionado en Eloísa y Abelardo. Hay cartas de amor de soldados de la IGM que nos descubren una sensibilidad que debería hacernos palidecer, especialmente si las comparamos con los fueguitos que se mandan hoy por Instagram. Los novelistas del XIX (¡incluso los monjes anacoretas de los primeros siglos!) describen las enfermedades espirituales de la vida burguesa con el que también nosotros urbanitas del XXI lidiamos.
Recientemente tuve una discusión con un amigo filólogo a propósito de la poesía traducida. Él sostenía que no tenía sentido alguno leer literatura traducida, que toda traducción generaba una obra radicalmente distinta y que por tanto, las grandes obras del pasado nos son inaccesibles. Tras muchos minutos de discusión infructuosa, en la que nuestras posiciones se fueron enconando y extremando, terminé por decirle que si todo es una fabricación de los traductores, me arrodillaré ante ellos. Me postraré ante Carlos García Gual y ante los señores Nácar y Colunga, pues estoy ante creadores portentosos. Ellos serán mi Homero y mi Jesucristo.
Pero lo cierto es que ni García Gual es Homero ni Nácar y Colunga son Jesucristo. Y aunque toda traducción deja matices por el camino, la complicidad entre Héctor y Andrómaca, el corazón ablandado de Aquiles cuando Príamo le recuerda a su padre, la nostalgia de Ulises, el calor del pesebre de Belén, la conmoción del sermón de la montaña y la alegría de la resurrección llegan hasta mí. Hay verdades sobre lo humano que podemos recibir, porque compartimos algo con Homero y Mateo. Como dice Ítalo Calvino, hay algo sobre mí que se me desvela en los clásicos. No porque yo extraiga del texto quimeras de mi manufactura sino porque la comunicación es posible. Hay secretas comuniones que se trazan entre la soledad del lector en su butaca y la soledad del autor en su escritorio aunque medien siglos entre ambos.
La actitud más conservadora y piadosa que podemos esgrimir es pensar que la vida de nuestros antepasados tenía sentido, que sus motivos eran inteligibles, que muchas de las costumbres que repetían eran respuestas a problemas que hemos olvidado, problemas que ni siquiera percibimos que han vuelto y nos oprimen. Que sus instituciones, ritos y hasta remedios caseros en muchos casos fueron cuidadosamente moldeados a través de la prueba y error, de la experiencia depurada. En la época de la deconstrucción, volvamos a construir desde dentro de la experiencia humana compartida.
P. S: Se ha descubierto que la saliva de las sanguijuelas tiene hirudina (anticoagulante), analgésicos y antiinflamatorios y que al chupar la sangre reducen la presión y mejoran el drenaje venoso, lo que puede ser útil para algunas enfermedades de la sangre y las articulaciones.