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Un cigarrillo apagadoGTRES

Razones para volver a fumar

En su último artículo para L'indipendente, publicado en 1890, Svevo asegura que en el verdadero fumador «fuman los ojos, el estómago, los pulmones y el cerebro; cada órgano particular es, a su vez, un vicioso

Coqueteo con la idea de volver a fumar. Dirán que es una estupidez después de seis meses de abstinencia esforzada, especialmente esforzada desde que se me acabó el Todacitan. Con él cesaron también las miguitas extra de dopamina, y la realidad regresó cruda, sanguinolenta, con ese pestazo a bicho muerto. A estas alturas debería haberme convertido en un converso enfebrecido, uno de esos que sermonean a cualquiera que vean con un cigarro, que espantan a los fumadores como los niños a las palomas. Debería estar agradecido por la capacidad pulmonar recuperada, por el impetuoso torrente de mis venas desobstruidas, por el brillo cegador de mi piel. Pero nada de eso ha ocurrido. Y si ha ocurrido, no me he dado cuenta. De lo que sí me doy cuenta es de lo mucho que añoro el tabaco. De hecho, todavía no sé qué gana la gente con no fumar.

Envidio a Ettore Schmitz, más conocido por el seudónimo de Italo Svevo. Al igual que su principal personaje, Zeno Cosini, el escritor italiano dejó el tabaco un número incontable de veces. Lo abandonaba de forma compulsiva; solo que el tabaco lo reencontraba al instante. A partir de cierto momento, todos sus cigarros fueron el último ―ultima sigaretta―, y fueron legión. Su vida, y en consonancia su diario, estuvo impelida por el indesmayable y siempre frustrado deseo de dejar de fumar. En cierto punto escribe: «Estoy fumando el último cigarrillo como premio a haber estado sin fumar hasta ahora». En otro celebra: «¡Hace veinte años que hablo de no fumar más y sigo haciéndolo! ¡¡Qué constancia!!» Envidio su fracaso. Yo, en cambio, lo intenté y lo logré. Medio año sin fumar. He triunfado. Pobre de mí.

Con frecuencia, los fumadores tendemos al fatalismo, primero porque es cierto y segundo porque nos conviene. Y cuando algún don Perogrullo siente el deber de comunicarnos que el tabaco mata, replicamos que la muerte es universal e imprevisible, y que lo mismo mañana nos descalabra una maceta que ―más común― nos atropella un coche. Seguro que, como todos, Svevo esgrimió esa justificación mil veces. Lo significativo del caso es que en efecto murió en un accidente de coche, a los 66 años, ganándole así la carrera al tabaco. Cumplió la oscura fantasía de todo fumador. Quizá su penúltimo pensamiento fue «Mira que lo había dicho», reservando el último para un acto de contrición, que hasta los fumadores tenemos nuestros vicios secundarios, incluso nuestros pecadillos.

En su último artículo para L'indipendente, publicado en 1890, Svevo asegura que en el verdadero fumador «fuman los ojos, el estómago, los pulmones y el cerebro; cada órgano particular es, a su vez, un vicioso». Y eso es del todo exacto. Seis meses llevo aquejado de un fallo multiorgánico que me tiene sumido en una suerte de invalidez, porque todos los órganos funcionan mejor ahumados. Mis ojos, por ejemplo, han dejado de ver bien de lejos, pero, sobre todo, han dejado de ver bien despacio: han perdido la capacidad de contemplar y ahora saltan de cosa en cosa sin detenerse más que para coger impulso.

Por su parte, el estómago se me ha echado a perder. Debo mantener a mi familia, para lo cual he de trabajar, para lo cual he de fumar; pero como no puedo fumar, me doy a las pipas: cantidades ingentes de pipas, de la marca Elefante Rosa a ser posible. Según mis cálculos, escribir este texto requerirá la ingesta de unos 250 gramos de pipas saladas y un puñado de almendras, en torno a 12. Una temeridad digestiva que cometo cada mañana desde que no fumo.

Sobre cómo no fumar perjudica a los pulmones no hace falta extenderse, pues de todos es conocida la variedad y matices que el vicio aporta al aire que respiramos, por no hablar del humo, que torna visible lo que, de otra forma, sería solo táctil, que traza insólitas letras deseosas de desaparecer. Con todo, lo peor recae sobre el cerebro, que sin tabaco no segrega más que pensamientos insulsos y apresurados. Pierde vigor, ganas, y se muestra incapaz de penetrar la realidad. No se trata tanto de que esta le resulte ininteligible como de que ha dejado de interesarle. Se ha vuelto inapetente, y cuando antes cortejaba al mundo o lo encimaba en los momentos de mayor ardor, ahora lo deja pasar intacto, como si no fuera de su gusto.

A pesar de que todo sean desventajas, no voy a volver a fumar. Mi último cigarro fue aquel que pisoteé contra el suelo hace ahora seis meses y pico, unas horas antes de que naciera Inés, nuestra quinta. En su delicioso libro Lady Nicotina, J. M. Barrie escribe una elegía al tabaco, protagonista de sus despreocupados años de juventud. Al final, aunque con ribetes de ficción, asegura que lo dejó para complacer a su prometida, que lo había puesto como ultimátum. Escribe Barrie: «Aquellos días de egoísmo han terminado, y puedo ver que, aunque eran tiempos felices, la felicidad era una equivocación». Tal vez ahí esté la única respuesta a la aparente paradoja. El hombre solo es feliz fumando, pero fumar mata, porque el hombre no está hecho para la felicidad. A menor felicidad, mayor esperanza de vida. Salvo que te atropelle un coche o ―menos común― te descalabre una maceta.