Fundado en 1910
Historias del 27Andrés Amorós

Una fotografía histórica y un mecenas torero

«Sánchez Mejías, animado en su papel de mecenas, ofreció a la docta casa, que siempre anduvo mal de cuartos, su ayuda financiera. Así resultó más fácil llevar a Sevilla, en diciembre de 1927, a los poetas…»

Celebración del tricentenario de Góngora en el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927.

Es, probablemente, la fotografía más famosa de toda nuestra literatura, la que aparece en todos los manuales. No conservamos fotos de los actos madrileños del 27 pero sí de las jornadas sevillanas de homenaje a Góngora, el 16 y 17 de diciembre de 1927.

Posan de pie, detrás del estrado, los poetas que intervinieron en los actos, junto a las autoridades del Ateneo. Son diez; de izquierda a derecha, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Romero (el psiquiatra, amigo de Ignacio Sánchez Mejías, Presidente de la sección de Literatura), Manuel Blasco Garzón (con bigote, el Presidente del Ateneo), Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.

Destaca la gabardina o gabán blanco de Bacarisse. También parecen llevar abrigo Guillén y Bergamín. Éste es el único que mira al suelo. El más arrogante es Alberti. Lorca parece un joven tímido, introvertido . Aunque todavía no había cumplido los treinta años, Dámaso Alonso luce ya una incipiente calvicie.

Al mes siguiente, en enero de 1928, Joaquín Romero Murube describe con ingenio la foto en una carta -editada por Juan Lamillar- al murciano Juan Guerrero Ruiz, fundador de la revista Verso y prosa, nombrado simbólicamente por García Lorca «Cónsul general de la Poesía Española»:

«Están todos muy bien. Bacarisse, con actitud de reo, de no sabemos qué culpa. Guillén, imperioso, pleno y dominador, como su poesía. Bergamín, contrastándolo todo con lo hondo del pecho. Dámaso, entre perplejo y sabio. Gerardo, fugitivo, sincero y con más ‘espumas’ siempre entre sus manos que versos humanos. Alberti busca a Miss X por los aires, pero del brazo de Lorca, que ve muy lejos un paisaje de sierras con lagunas verdes y gitanos divinos: él está encima de todo y mira hacia abajo. Chabás, con los ojos hacia el Mediterráneo y un cigarro, el cigarro del novelista».

«Fíjese que también, como Bacarisse, tienen las manos de reo Bergamín, Dámaso y Gerardo. Lorca, casi, casi. (Esto es misterioso). Guillén no tiene manos: gesto y luz en los ojos».

«Detrás de Alberti y Lorca hay una Leda y, en el fondo, Carlos III degollado. Góngora está en las manos de Alberti».

«Encima de la mesa, los trabajos leídos por Alonso y Bergamín y Chabás: hay un vaso de agua y un timbre que Dámaso tocó sin querer, en un momento de entusiasmo. Detrás –es decir, delante– todos nosotros, con la alegría y el honor de tan noble y alto vecindaje».

Aclaro alguna alusión. Gerardo Diego oscilaba ya entonces entre el vanguardismo de Manual de espumas (1924) y el clasicismo de los Versos humanos (1925).

A García Lorca le obsesionaron siempre el duende, los sonidos negros y el misterio: «Todas las cosas tienen su misterio y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas». En su conferencia Juego y teoría del duende, dictamina: «Sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio».

Advertimos en la foto que la estatua clásica de la izquierda es Leda porque asoma el cuello del cisne; a la derecha, hay otra, pareja suya. Es lógico que al fondo se vea, aunque sea cortado («degollado», dice Romero Murube) un cuadro de Carlos III porque el acto tiene lugar en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Sevilla y estas instituciones se crearon en tiempo del rey ilustrado.

Añade, años después, Antonio Gallego Morell:

«Siete poetas se colocan en postura de colegio, con las manos cogidas, esperando el pajarito que promete salir de la cámara del fotógrafo… Todavía en 1927, posar ante la cámara de cristal del fotógrafo es un acontecimiento».

¿Quién fue el fotógrafo que sacó esta foto histórica? No lo sabemos con seguridad. Se atribuyó ese mérito –y, probablemente, con razón– Pepín Bello, que vivía desde hacía un año en Sevilla. Fue el gran amigo de todos los hombres del 27, un simpatiquísimo personaje que no escribió pero sí contribuyó con muchas ideas a las bromas de sus compañeros. Antonio Garrigues lo definió como «profesional de la amistad» y llegó a ser inseparable de Ignacio Sánchez Mejías. Siempre repitió que fue él el que cogió la cámara de un periodista y logró inmortalizar ese histórico momento.

En otra muy conocida fotografía, aparecen varios importantes miembros de la Generación del 27, delante de la madrileña Residencia de Estudiantes. Antonio Marichalar, José Bergamín, Corpus Barga, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Dámaso Alonso. También los inseparables Pedro Salinas y Jorge Guillén y entre ellos el apuesto Ignacio Sánchez Mejías, con sombrero, esbozando una sonrisa.

¿Quién costeó los gastos del viaje y la estancia en Sevilla de los poetas? Rogelio Reyes ha demostrado que fue el Ateneo, organizador de los actos, como prueban los documentos de su archivo.

Consta allí que el viaje costó 1.300 pesetas; el Hotel, 745; el banquete, 222. Últimamente, José Vallecillo López, actual Presidente de la sección de Literatura, ha añadido una partida de 35 pesetas, para «trabajos en el Salón de la Sociedad Económica». En números redondos, un total de 2.300 pesetas; es decir, que este acontecimiento histórico de nuestra cultura costó solamente 14 euros

Una versión diferente nos ofrecen los protagonistas del viaje. En sus memorias, La arboleda perdida, dice Alberti: «Un día. Ignacio nos metió a todos en un tren y nos llevó a Sevilla. Al Ateneo».

En el prólogo a la reedición facsímil de Carmen y Lola, Gerardo Diego afirma que estos actos fueron «organizados por el Ateneo y patrocinados y pródigamente costeados por Ignacio Sánchez Mejías».

Lo mismo dice Jorge Guillén en su retrato, Federico, en persona:

«Y un día –diciembre de 1927– Federico y algunos de sus compañeros vamos a Sevilla en excursión literaria… La excursión está patrocinada por un mecenas. Y este mecenas es… un torero».

Coincide con Dámaso Alonso:

«Todo en realidad se debía al cariño (y sospecho que también a la esplendidez) de Ignacio Sánchez Mejías. Nos había aposentado en las mejores habitaciones de un hotel que nos pareció regio».

Y Pedro Salinas, en una carta a su íntimo Jorge Guillén:

«No puedo concebir, conociendo como conozco al respetable Ateneo de Sevilla, que se gaste dos mil pesetas en llevarnos. Como no sea bajo el mecenazgo de Sánchez Mejías».

Hasta La Gaceta Literaria, en una malvada crónica, contemporánea a los actos de Sevilla , se apunta a esta tesis:

«Por un lado, el torero –cansado de cabujones y carne de mujerío banal– se compra la salvación del espíritu con lo que dicen es lo mejor de lo mejor en la poesía: el gongorismo. Haciendo así un gesto de mecenas, de magnate, que no ha tenido ningún magnate de España».

Lo mismo ha sostenido la critica posterior, como Antonio García Ramos y Francisco Narbona, en su biografía del diestro:

«Sánchez Mejías, animado en su papel de mecenas, ofreció a la docta casa, que siempre anduvo mal de cuartos, su ayuda financiera. Así resultó más fácil llevar a Sevilla, en diciembre de 1927, a los poetas…».

Igual que Miguel García Posada, en Acelerado sueño. Memoria de los poetas del 27:

«El Ateneo… era quien invitaba pero quien financiaba todos los gatos era Ignacio Sánchez Mejías».

Y Antonio Gallego Morell: «Costea la fotografía un torero…»

¿Son incompatibles las dos versiones? Creo que no. No cabe negar el hallazgo documental de Rogelio Reyes pero tampoco ignorar lo que los propios protagonistas y las revistas de aquel momento creyeron.

Como apunta juiciosamente Susana María Teruel, «no es de extrañar que el torero se convirtiese en anfitrión del acontecimiento y que quisiera subvencionar, en diciembre de 1927, la aventura gongorina en el Ateneo de Sevilla, aunque fuese en parte…».

La unanimidad de los testimonios coetáneos y posteriores es absoluta: sin Ignacio Sánchez Mejías, la hermosa aventura que supuso el acto fundacional de la Generación del 27 hubiera sido literalmente imposible.

Se ha repetido muchas veces que ésta fue una generación de la amistad: uno de esos grandes amigos fue Ignacio Sánchez Mejías que, además, servía para unirlos a todos ellos.

En medio de sus múltiples tareas, como portavoz de Sumar y como ministro de Cultura, ¿encontrará Urtasun un momento para leer algunos de todos estos testimonios y comprender que no puede olvidarse de Sánchez Mejías, en la conmemoración del centenario del 27? Parece ser que no.