Los «Juegos de Agua» en el muro de la Real Academia Española
Los poetas se dirigieron hacia el edificio de la Real Academia Española para realizar allí un solemne y a la vez festivo ritual
Damaso Alonso y Rafael Albertí
El acto fundacional de la Generación del 27 tuvo lugar en el Ateneo de Sevilla, el 16 y 17 de diciembre de 1927. Antes de eso, en Madrid, los jóvenes escritores y artistas prepararon diversas iniciativas para conmemorar el tercer centenario del fallecimiento de don Luis de Góngora.
Creían que la Real Academia iba a realizar solamente unos actos de compromiso, con desgana. Para ellos, en cambio, festejar a Góngora se convirtió en su seña de identidad: como ya comentaré, convirtieron al gran poeta cordobés en el emblema de la nueva literatura.
En el terreno de la erudición, lo defendieron, sobre todo, Dámaso Alonso, Gerardo Diego y José María de Cossío. Además, lo convirtieron en símbolo del antiacademicismo. Y todo ello lo hicieron, por supuesto, con el desenfado juvenil propio de las vanguardias.
En efecto, desde comienzos del siglo XX, la nueva literatura y el nuevo arte se caracterizan por lo que los franceses llaman «epatar al burgués»: divertirse escandalizando a los lectores, a los espectadores o a los oyentes.
Los ejemplos son innumerables. Baste con recordar unos pocos, bien conocidos.
En 1896, Alfred Jarry provocó abucheos y vítores del público parisino en el estreno de su obra teatral Ubú, rey, que comenzaba con la exclamación «¡Merde!» (En 1995, Els Joglars la adaptaron al caso de Jordi Pujol con el título Ubú President).
El Manifiesto futurista (1909) de Marinetti proclama: «Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo (…) Un automóvil de carrera, con su capó adornado con grandes tubos, parecidos a serpientes de aliento explosivo; un automóvil rugiente, que parece que corre sobre la metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia».
El Manifiesto del surrealismo (1924) de André Breton propugna la escritura automática, para que pueda manifestarse la realidad del pensamiento, «sin la intervención reguladora de la razón, ajena a toda presión estética o moral».
En 1917, Marcel Duchamp presenta en la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes su obra Fuente: en realidad, se trata de un urinario de porcelana. Pretende demostrar así que cualquier objeto puede ser considerado una obra de arte si el artista lo saca de su contexto habitual.
El músico Erik Satie avisa a la policía de que va a tirar por el balcón a su pareja, la pintora Suzanne Valadon, pero que ella no corre riesgo porque es acróbata; además, elige, para sus obras, títulos tan pintorescos como Tres fragmentos en forma de pera y Psitt, psitt.
En España, el Circo Americano ofrece un homenaje a Ramón Gómez de la Serna: a falta de elefantes, él, con un largo rollo de papel en la mano, se sube a un trapecio, desde donde pronuncia su conferencia.
Como signo de elegancia, Salvador Dalí recibe a los periodistas con una tortilla francesa, en vez de un pañuelo, en el bolsillo superior de la chaqueta.
En la película Un perro andaluz, Luis Buñuel asusta al público con la visión de un ojo cortado por una cuchilla…, etcétera, etcétera.
Además de promover ediciones y estudios sobre la obra de Góngora, los jóvenes poetas del 27 imaginaron algunos actos para provocar el escándalo. En concreto, en Madrid, el 23 de mayo de 1927, tres actos: por la tarde, realizaron un auto de fe de los enemigos de Góngora; a continuación, orinaron sobre el muro de la Real Academia Española. Al día siguiente, celebraron una misa de réquiem por don Luis en las Salesas. (La crónica más completa y fiable de todos estos actos la da Gerardo Diego en su revista unipersonal Lola, «amiga y suplemento de Carmen»).
El auto de fe se celebró «entre las dos luces –oro y cera–. del atardecer». No les consintieron hacerlo en la Plaza Mayor. Desecharon una propuesta de realizarlo en la Plaza de Toros «porque esto daba un carácter cerrado, íntimo, al auto, que requería toda la libertad y expansión». Finalmente, lo hicieron en «una plaza tétrica», de la que no dan datos, para no perjudicar a los vecinos.
El tribunal designado lo componían «los tres mayores gongorinos», Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Rafael Alberti, pero el primero, «secuestrado la víspera por siete alemanes en la Sierra de Guadarrama», fue sustituido por José María Hinojosa. Los subdiáconos y acólitos fueron Cossío, Buñuel, Bergamín, Chabás… Todos ellos llevaban «negras hopalandas y severos hábitos», realizados a partir de figurines de Salvador Dalí.
En un gran haz de leña, quemaron tres monigotes de trapo, diseñados por Moreno Villa, que representaban a algunos enemigos de Góngora: «el erudito topo, el catedrático marmota y el académico crustáceo».
Luego, arrojaron también a la hoguera una serie de libros de autores que no habían hecho justicia a Góngora: Lope de Vega, Quevedo, Moratín, Menéndez Pelayo, el manual de historia de la literatura española de Hurtado y González Palencia (conocido como «el Juanito») … También organizaron una hoguera sucursal sus amigos Juan Guerrero, en Murcia, y Álvarez Piñer, en Gijón.
A continuación, los poetas se dirigieron hacia el edificio de la Real Academia Española para realizar allí un solemne y a la vez festivo ritual. Lo cuenta así Gerardo Diego, con vistosas metáforas:
«De este festejo, muy Felipe IV, se encargaron los más arriesgados y tiernos gongorinos. Y en la noche memorable fueron decoradas las paredes de la Real Academia con una armoniosa guirnalda de efímeros surtidores amarillos. El caudal sobrante se distribuyó entre algunos monumentos públicos».
Coincide en lo básico este relato con el de Rafael Alberti, en su libro de memorias La arboleda perdida:
«Por la noche –día 23 de mayo– hubo juegos de agua contra las paredes de la Real Academia. Indelebles guirnaldas de ácido úrico las decoraron de amarillo. Yo, que me había aguantado todo el día, llegué a escribir con pis el nombre de Alemany –autor de El vocabulario de Góngora– en una de las aceras».
Añade Andrés Soria Olmedo que Rafael Alberti «no dejó de recordar más tarde que quien ganó la competición fue Dámaso». Imposible saber si contaba la verdad o fantaseaba.
Curiosamente, años más tarde, Dámaso Alonso llegó a ser el Director de la misma docta casa cuyos muros había humedecido. Y a Rafael Alberti, que hizo lo mismo, la Academia le dedicó un acto de homenaje, a su regreso del exilio. La historia tiene a veces estas curiosas ironías.
Me llama también la atención un detalle lingüístico. Tanto Dámaso Alonso como Rafael Alberti evitan el verbo directo que expresa lo hicieron y recurren a la misma metáfora: «Juegos de agua». Quizá esto suponga también una burlesca referencia a esa expresión, divulgada por el piano clásico: los Juegos de agua en la Villa d’Este (1877) de Listz; los idénticos Juegos de agua (1901) de Maurice Ravel; los Reflejos en el agua (1905), de Debussy…
Al día siguiente, todavía organizaron los jóvenes poetas un acto más de homenaje a Góngora, en Madrid. Lo cuenta así Gerardo Diego:
«Una solemne misa de réquiem en sufragio del alma de don Luis. Tuvo lugar en las Salesas, con la asistencia única –a pesar de los anuncios de prensa– de los doce organizadores, que recibieron mutuamente los pésames reglamentarios».
Aporta un dato humorístico Rafael Alberti: el cura ofreció sus condolencias a Bergamín porque le pareció el más serio de todos ellos. No nos sorprende: desde joven, su expresión y su larga nariz lo daban a entender. (Así lo vemos, por ejemplo, en la famosa fotografía del Ateneo sevillano).
Añade algunas pinceladas de ambiente Dámaso Alonso:
«Lucen los cirios en el altar y delante se alza un gran catafalco. ¡No se quejará don Luis: buenas honras le hemos costeado! El funeral por el eterno descanso de Góngora se ha anunciado en los periódicos; hemos mandado invitaciones a las autoridades. Nada: ni un alma. La amplia y noble nave está vacía, salvo el trajín del altar y un banco de primera fila donde están compactos, codo con codo, once jóvenes, y con ellos el pobre don Miguel Artigas, el único representante de la erudición que no había atacado al ‘Príncipe de las tinieblas’. Alberti y Bergamín lucen en la solapa enormes y rojos claveles. Los oficiantes nos miran de reojo, muy asombrados. Sin duda, piensan: ‘¡Qué extraordinario funeral el de este señor Don Luis de Góngora!’».
Apostilla Alberti: «Nuestra generación, como se ve, no era solemne». No cabe ninguna duda. La gloria literaria les llegó más tarde.
Seis meses después –continúa Rafael Alberti– «Ignacio Sánchez Mejías nos metió a todos en un tren y nos llevó a Sevilla. Al Ateneo». Había nacido ya la Generación del 27.