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Encuentro entre Alatriste y Descartes en La RochelaEl Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

La batalla en la que se cruzaron los caminos de Descartes y el capitán Alatriste

El filósofo racionalista fue soldado y posible espía en la convulsa Europa de la guerra de los Treinta Años

El personaje más popular del escritor Arturo Pérez-Reverte volvió este año a las librerías con una nueva entrega de Las aventuras del capitán Alatriste. Después de un parón de catorce años, el espadachín regresaba con Misión en París, una historia que lo lleva hasta el asedio francés de La Rochela, en 1627.

Como es habitual, la presencia ficticia de Alatriste le sirve a Reverte para describir con rigor y precisión la belicosa Europa de aquel siglo XVII marcado por la guerra de los Treinta Años. Por las páginas de la novela desfilan personajes históricos como el cardenal Richelieu y otros literarios como los famosos mosqueteros de Dumas. Sin embargo, los amantes de la filosofía se quedan con las ganas de saber cómo habría sido un posible encuentro entre el soldado español y René Descartes, quien también participó en el sitio contra los hugonotes.

Al contrario de lo que los tópicos nos hacen creer, la vida de muchos filósofos no tiene nada de aburrida y el caso del padre del racionalismo es paradigmático. Descartes decidió retirarse y vivir casi en la clandestinidad poco después de la finalización de ese terrible asedio en La Rochela. Hasta ese momento compaginó su labor intelectual con una carrera militar en la que no siempre luchó bajo la misma bandera y bajo la sospecha de trabajar como espía.

Tras su famoso paso por la escuela de La Flèche, de donde saldría decidido a buscar verdades indubitables, el joven René estudió Derecho y después se alistó en la Escuela de Guerra de Breda siguiendo los deseos de su padre. La formación castrense se complementó con el cultivo de la física y la matemática. No es de extrañar que las habilidades cartesianas le llevaran a destacar como ingeniero militar.

Recoge Anthony Grayling en su completísima biografía del francés publicada en 2007 que este «se unió primero al ejército del príncipe de Nassau y luego al del duque Maximiliano de Baviera». Las armas permitieron a Descartes recorrer buena parte de una Europa que, poco a poco, trataba de dejar atrás el dominio español ya fuese en los campos de batalla o mediante intrigas y alianzas poco claras. Eso sí, pese a la importancia que tuvo en su vida, el pensador apenas dejó nada escrito sobre sus memorias bélicas.

Pienso, luego espío

En esa reciente biografía publicada en España por la editorial Pre-Textos, Grayling pone el foco en la profunda relación existente entre Descartes y las Provincias Unidas, la zona de los Países Bajos que estaba al margen del poder español. Precisamente fue allí donde se retiró definitivamente el francés y donde desarrolló su producción filosófica más relevante. La historia oficial dice que optó por permanecer oculto para centrarse en el estudio. Sin embargo, los motivos pudieron ser bien distintos.

Cuenta Graylin que la salida definitiva de Francia en 1629 se produjo tras una entrevista con el cardenal Bérulle, influyente figura de la política del país. Propone el autor de La vida de René Descartes y su lugar en su época que, como muchos otros intelectuales de su tiempo, el filósofo pudo aprovechar sus viajes para realizar labores de inteligencia que no gustaron en París.

Pero, si Descartes fue un espía, ¿para quién trabajaba? Según concluye nuestro biógrafo, todo apunta a que aquellos años en La Flèche, colegio jesuita, pudieron hacer del racionalista un defensor de los intereses de la Compañía de Jesús y, con ellos, de las pretensiones de los Austrias de reclamar para el Sacro Imperio «las partes de Europa ganadas por los protestantes como resultado de la Reforma».

En la compleja Europa del siglo XVII, Francia no estaba cómoda con estos postulados por miedo a un desequilibrio excesivo en las fuerzas de unos y otros. Por tanto, si acabaron por descubrir que el autor del Discurso del método espiaba para los jesuitas, es posible—y Antonhy Graylin solo lo señala como hipótesis— que aquello de retirarse para pensar fue solo una excusa honrosa.