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Don Lucas Buch

El Barbero del rey de Suecia

La clase decisiva

Don Lucas Buch (Barcelona, 1983) es, de una tacada, sacerdote del Opus Dei, académico vocacional y escritor muy solvente. Pocos intelectuales están tan atentos al giro católico de la cultura joven. Lo demuestra su reciente acercamiento a la película Los domingos, que puede leerse aquí.

Su último libro se titula Evangelizar los deseos de los jóvenes (Eunsa, 2025) y quiere ser, en principio, una orientación sobre cómo plantear las clases de religión a los niños y a los adolescentes. Eso lo cumple con creces; pero, además, se abre a otros ángulos. Buch triangula entre la formación religiosa, el ensayo antropológico y la buena literatura. En ese triángulo se atisba la cuadratura del círculo. Por ejemplo, yo soy profesor, pero no de religión, y advierto en esta obra una subterránea y poderosa reflexión sobre la docencia en sí.

No se piense que tantas geometrías generan un libro desordenado como un cajón de sastre. El hilo argumental es nítido. Si queremos interesar a los alumnos hay que partir de sus deseos, pues las necesidades insatisfechas son la fuente de la motivación. El antropólogo que es Lucas Buch ofrece un lúcido análisis de la condición desiderativa del ser humano, y especialmente del joven. Detecta en él ansias de ser amado, de comunión, de ser alguien y de ayudar a los otros. Aspiraciones que, a menudo, se quedan sin respuesta en el mundo contemporáneo. ¿No sería ésta la razón de que «los episodios de depresión se hayan triplicado en los jóvenes en los últimos quince años»?

Si los jóvenes tienen deseos infinitos, sólo una respuesta infinita puede interesarles. La función del profesor de religión, consciente de «la necesidad de abrir horizontes de sentido para la vida de los jóvenes y de insuflar en ellos la esperanza que necesitan para comenzar a transitarlos», radica en transmitirles la respuesta precisa que Cristo ofrece a sus nobles pulsiones. Sin obviar pánfilamente los obstáculos que la sociedad pone en el camino: el emotivismo, el presentismo, la hipersexualización y la falta de narratividad, entre otros.

Lucas Buch traza su línea con mano segura. Despliega una gravedad coherente con su empeño: nunca pesadez, siempre gravitación. Consciente de la grandeza de su propuesta, otorga una atención especial al arte, que apela a la parte más noble de nuestra condición sintiente. Cita al cardenal Ratzinger, que en 2002 afirmaba su convicción de que «la verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad […] la constituyen, por un lado, los santos, y por otro, la belleza que la fe ha generado».

Se apoya asimismo en la belleza y la hondura humana de las narraciones, dándose cuenta de que la gran cultura se ha acogido a sagrado: «La asignatura de religión permite, de este modo, un primer contacto con los grandes autores y con una tradición sapiencial que ha resultado indudablemente fecunda. Claro que eso debería ser la meta de muchas otras materias, pero a menudo se ha sustituido por objetivos que se consideran más prácticos. […] La clase de religión permite cultivar la destreza de pensar, y en particular la de pensar sobre la propia vida».

Coherente con su idea de que no puede rebajarse ni la importancia de la clase de religión, Buch considera imprescindible que se planteen las respuestas últimas a las preguntas primeras. Esta asignatura no es el espacio de los mensajes edulcorados y vaporosos. Urge a hablar de los novísimos: la muerte, el juicio, el infierno, el purgatorio y el Cielo. A fin de cuentas, los deseos del corazón del hombre sólo se colmarán definitivamente allí. La línea dibuja —como ven— una parábola completa.

Y amenísima. Las abundantes referencias filosóficas y culturales son siempre sabrosas. Sorprende la abundancia de citas del papa Francisco, recogidas con un don de la oportunidad, un tino ortodoxo y un gusto literario que contrasta con la imagen que nos dejaban los titulares y los vídeos virales. Buch cumple al pie de la letra el consejo que Natalia Ginzburg propone en Pequeñas virtudes para ayudar a los adolescentes: «Tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida engendra amor a la vida».

Y contradice a Nietzsche: «Para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!» Estamos ante un ensayo redimido, que ni renuncia al rigor ni desdeña el didactismo. Sólo resulta excesivo cuando se obstina en subrayar las palabras importantes con cierto abuso de cursivas, como si el buen lector no leyese ya con atención todas las palabras.

(Observación un tanto paradójica por mi parte, porque paso a continuación a destacar algunas de las frases más significativas del libro:)

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La dedicación, la pasión, la actitud afirmativa que expresa un profesor es el mejor modo de transmitir la verdad.
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Desde hace décadas el mundo tiene como ideal la autodeterminación de los fuertes. […] Cada uno debe mostrar cuánto vale, en términos que todos puedan aceptar. ¿Quién no reconoce algo así en la continua referencia a calificaciones, a logros, a rankings que llenan cada vez más ámbitos de la vida humana?
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Tanto el individualismo autosuficiente como la hipersexualización han hecho que la relación entre personas sea a menudo de uso.
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Para alguien que ya tiene unos rasgos bien definidos (de personalidad y de vocación), una determinada elección puede ser inconveniente sin necesidad de ser en sí misma mala: simplemente porque no va con el tipo de vida que ha decidido vivir. [Una variante del noblesse oblige sería el «vocación ordena»]
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Para alguien joven será decisivo la vida con la que sueñe.
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El cristianismo es una gran aventura. Este ingrediente aventurero resuena especialmente en los corazones de los jóvenes, por muy frágiles que les considere el contexto en el que crecen.
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Si es verdad que en Jesucristo se encuentra la belleza más alta, […] la tarea de presentarlo a aquellos que están estrenando la vida y la libertad es la tarea más hermosa.
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La oración por los jóvenes que tengan en el aula es parte de la misión propia de quien pretende enseñar religión. [Y cualquier otra asignatura.]
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El profesor cuenta con un gran aliado: el corazón de las personas a las que se dirige.
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Los jóvenes requieren que alguien les recuerde el bien que son y la potencia de bien que late en sus corazones. Alguien que les presente, en una palabra la mirada que Dios les dirige.
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Una primera propuesta para la clase de religión consiste en leer juntos la Escritura, aprovechando también la clase para ofrecer a los jóvenes la experiencia –y la destreza– de leer.
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El principal modo para proponer la fe cristiana es vivirla.
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Aunque resulte sorprendente, la mayor parte de los hombres ignora cuál es su visión del mundo.
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Proponer a Cristo como verdad significa también —y, en primer lugar— una decidida opción por el logos, es decir, por el sentido, por la inteligencia.
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La primera experiencia de comunión debería darse ya en la misma clase. La relación que se establece entre profesor y alumnos se convierte entonces en una encarnación de la vida que se quiere proponer.
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Así pues, todo lo relacionado con la muerte y la vida eterna resulta [hoy] incomprensible, inconveniente y además anacrónico. Y sin embargo […] es lo más distintivo del ser humano. […] No sólo es posible hablar de la vida eterna en la clase de religión, sino que no es posible no hacerlo.
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En un marco cultural donde la ciencia pretende que la religión ofrece solo respuestas infantiles, es preciso huir del simplismo.
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La sabiduría es el saber que nos permite saborear la vida, también la vida eterna.
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La vida eterna consiste fundamentalmente en una vida plena. […] Esta concepción se manifiesta ya en la vida presente, por medio de la esperanza.
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Con el mismo modo de mirarles y dirigirse a ellos, el profesor es capaz de transmitir una afirmación de fondo, una segura confianza en el valor que tienen. […] El primer modo de transmitir la auténtica relación con Dios se encuentra en la relación docente-alumno.
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La religión que mantiene vivo en el mundo el «memento mori» es la misma que anuncia con más fuerza la importancia de cada vida humana.
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Servir es un don y es un honor: a eso vino el Hijo de Dios y, por lo tanto, es lo más alto que puede hacer una criatura.
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El cuerpo para los cristianos se trata de un elemento irrenunciable.
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El mismo Cristo resucitado afirma ante sus apóstoles: «Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona» (Lc 24, 38). De modo análogo, en la resurrección final, cada quien podrá decir: «Soy yo en persona».
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No puede faltar la pregunta cotidiana por la experiencia del cielo: «En el día de hoy, ¿qué ha habido de plenitud, de comunión, de alegría en el amor? Y mañana, cuando me levante, ¿cómo podría vivir un poco de cielo y llevarlo a los demás?».