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Un niño fingiendo estar enfermo

Un niño fingiendo estar enfermoGetty Images/ Renphoto

El español desde dentro

«¡Tienes más cuento que Calleja!»: del editor exitoso a la expresión popular

Muchas expresiones de las que utilizamos hoy en día nacieron en los conventos, otras de los chismes sobre personajes importantes que corrían de boca en boca entre el vulgo y esta, en concreto, surgió del empeño de un empresario español

En la actualidad, cuando alguien miente, inventa excusas, se muestra fantasioso contando historias o exagera síntomas de una enfermedad, se dice de él que 'tiene más cuento que Calleja', una expresión popular que surge no hace tantos años, pero cuyo origen se ha diluido con el pasar del tiempo. ¿Quién fue Calleja? ¿Qué hizo para merecer una expresión? ¿Existió de verdad? Para dar con las respuestas, tenemos que remontarnos a la España de finales del siglo XIX y principios del XX. Un momento clave en la historia contemporánea del país en el que, a la par, se produjo el conocido como Desastre del 98 (la pérdida de las colonias: Cuba, Filipinas y Puerto Rico) y la reflexión sobre la necesidad de regeneración de España a través de la educación. Y en ese caldo de cultivo surge un empresario llamado Saturnino Calleja (Burgos, 1853 - Madrid, 1915) que dio con la clave del éxito: una editorial de cuentos infantiles y juveniles similares a los de Perrault, Andersen o los hermanos Grimm, a precios muy asequibles, desde cinco centavos el ejemplar, y con los que 'alfabetizar' y 'educar' a la población mediante fábulas y cuentos tradicionales.

Portada de 'Las fábulas de La Fontaine', de la editorial Saturnino Calleja

Portada de 'Las fábulas de La Fontaine', de la editorial Saturnino CallejaMiguel Reves

Sin duda, fue la edad dorada de la prensa, los folletines y las colecciones populares, y Saturnino Calleja supo convertirse en un empresario de éxito. Desde la fundación de la editorial Calleja, en 1876 en Madrid, Saturnino en vida publicó más de 3.000 títulos diferentes, de los que llegó a vender tres millones y medio de ejemplares. Según la exposición itinerante Instruir deleitando, «su visión editorial fue pionera en muchos aspectos. Cuidó por igual el texto, su formato y las ilustraciones. Buscó los mejores cuentos por todo el mundo y a través de las épocas, privilegiando la imagen. Facilitó el acceso a la lectura a personas con distinta capacidad económica, gracias a sus colecciones de libros de diversos tamaños y tipos de encuadernado«. Además, recatan que «trató con esmero a la denostada profesión de los maestros, ofreciéndoles muchas veces lotes de libros gratuitamente y favoreciendo el asociacionismo, pues creó la Asociación Nacional del Magisterio Español y organizó la Asamblea Nacional de Maestros».

Saturnino Calleja convirtió su sueño en realidad y «creó una de las editoriales más importantes de España en número de publicaciones y ventas. Fue así como logró su propósito de hacer llegar el placer de la lectura y el conocimiento a un público cada vez más amplio», tal y como demuestran las fuentes.

Gracias a su labor, varias generaciones crecieron leyendo sus historias y de ahí que para cuando alguien mostraba un matiz cuentista, de exageración o mucha invención, propio de los cuentos infantiles, se le asociase con este célebre editor al que todos habían leído o tenían conocimiento de él.

Portada de uno de los libros de Saturnino Calleja

Portada de una recopilación actual de los cuentos publicados por Saturnino Calleja

Hoy en día la expresión se sigue usando, pero son muy pocos ya los que han podido tener entre sus manos un ejemplar -que sigue vendiéndose en librerías y plataformas digitales- de los Cuentos de Calleja.

La RAE define al que recibe la expresión como un «ser quejicoso o fantasioso» capaz de «falsear la realidad, exagerando lo que le afecta particularmente». Es curioso pensar que Saturnino no se caracterizó por ser un hombre con ese talante, pero su fama como editor le acabó sepultando en una frase hecha tan popular entre los españoles como sus cuentos. Su editorial, heredada por sus hijos, finalmente cerró en 1958.

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