Puertas de un monasterio ortodoxo
El Debate de las Ideas
La plegaria que conmovió a Pushkin
Ciento noventa años atrás, Alexander Pushkin, escritor y poeta que transformó la literatura rusa, escribió un poema atípico. Por un lado, su contenido podía parecer fuera de época por tratar un tema religioso. Es cierto que lo religioso no es algo que esté completamente ausente en la literatura del romanticismo, pero en esta suele verse reducido a un vago sentimiento personal. Pushkin, en cambio, nos coloca en un marco claramente «institucional». En efecto, nos habla allí de «padres del desierto» y de «ascéticas mujeres», de los que hemos heredado multitud de oraciones. Oraciones que terminaron formando un cuerpo orgánico que, atravesando los siglos, llegaron finalmente hasta nosotros y que constituyen una tradición de oración litúrgica. De todas estas hay una que tiene para él especial significado, y la menciona enfatizando su lugar dentro del año eclesiástico: la «Gran Cuaresma».
Por otro lado, si bien se coloca junto a los poetas de su época al manifestar cómo era capaz de «conmoverse»; no lo hace ante la naturaleza, como era lo frecuente, sino ante una oración litúrgica.
Considerado el padre de la literatura rusa moderna por haber renovado profundamente su lengua integrando registros cultos y populares, Pushkin abordó en su obra temas que marcarían toda la tradición posterior.
En su célebre poema El profeta (1826), inspirado en la visión de Isaías (Is 6, 5-12), Pushkin había reformulado el motivo bíblico de la vocación profética transponiéndolo en clave literaria: el poeta, sometido a una experiencia de transformación radical y dolorosa, recibe una palabra que no le pertenece y que se siente llamado a transmitir. Esta concepción del poeta como mediador de una verdad superior —que no es meramente estética, sino moral y existencial, si bien desligada de una institución religiosa concreta — introduce un modelo que marcará profundamente la evolución posterior de la literatura rusa. Esta intuición inicial será retomada por autores como Nikolái Gógol, Dostoievski y, ya más cerca nuestro, Solzhenitsyn.
Hacia el fin de su vida, Pushkin mostrará una cierta inclinación hacia lo religioso, quizás una intuición de su trágico fin como consecuencia de un duelo pocos meses después de haber escrito nuestro poema. En este hablará especialmente de una plegaria de la que dice: «devotamente me conmueve» y da con precisión, como hemos dicho, el tiempo litúrgico en el que es usada.
La «Gran Cuaresma» es llamada así para distinguirla de las tres «cuaresmas» menores del año bizantino: las que preceden a la Natividad del Señor, a la Dormición de la Madre de Dios y a la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. De todos los himnos y plegarias de este tiempo litúrgico, esta breve oración es la que puede considerarse la oración cuaresmal por excelencia.
En el contexto del oficio y misa bizantinos, que son siempre íntegramente cantados, la utilización exclusiva o prolongada de la palabra dicha, privada del canto, haría el efecto de un cáliz sin dorar o de un sacerdote sin sus ornamentos sagrados. Y sería aún peor, ya que aquí la música es parte integral de toda celebración litúrgica, como las paredes y el techo son parte integral de la casa. Esta música, además, expresa intensamente el espíritu y el carácter de los distintos oficios y de sus partes: alegres o tristes, austeras o desbordantes, penitenciales o exultantes. Por eso, llegado el tiempo cuaresmal, cuando se reza esta breve oración que es pronunciada con elocuencia, pero sin canto, el efecto es impresionante.
Es dicha dos veces al final de cada oficio: la primera, con postraciones hasta el suelo que la interrumpen tres veces. Luego siguen doce inclinaciones profundas diciendo en cada una: «Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador». Finalmente, es rezada de corrido una segunda vez, acabando con una única postración.
Si bien todo esto debe haber contribuido a conmoverlo, Pushkin se centrará en el contenido mismo de la oración.
La tradición la atribuye a uno de los grandes maestros de la vida espiritual: San Efrén el Sirio, aquel diácono del siglo cuarto a quien se dio el nombre de «El arpa del Espíritu Santo» y al que hoy la Iglesia celebra como doctor. Se enumeran en ella de manera concisa todos los elementos, tanto «negativos» como «positivos», de la actitud fundamental que debe dominar el esfuerzo cuaresmal personal:
no me des el espíritu de ocio,
de indolencia,
de amor al mando
y de vano palabreo.
Sino dame a mí, tu siervo,
el espíritu de pureza,
de humildad,
de paciencia
y de amor.
Sí, Señor Rey, dame percibir mis propias culpas,
y no juzgar a mi hermano,
porque eres bendito por los siglos de los siglos.
Amén
Cuando Pushkin dice que esta oración lo conmueve profundamente, utiliza un término ruso que indica, no una conmoción dramática, sino una conmoción que enternece y que puede mover el corazón a una compunción. Emparentado con este término, está, de hecho, aquel otro con el que se designa el célebre icono en el que la Madre de Dios aparece con el Niño que apoya su mejilla contra la suya: el icono de la Virgen de la Ternura, que en la espiritualidad rusa inspira al que lo venera una «ternura compungida» del corazón que mueve al arrepentimiento y a la contemplación.
Es grande el contraste de esta disposición de espíritu si la comparamos con la que se refleja en una carta que Pushkin había escrito quince años atrás, en la cual, para hacer una broma sobre un amigo común, había glosado esta misma oración, no de modo directamente blasfemo o irreverente, pero sí en un tono jocoso y superficial.
El contraste aumenta por el hecho de haber elegido para el poema versos alejandrinos, que Pushkin usaba raramente. Este metro, heredado del clasicismo francés, terminó asociándose en la poesía rusa con el estilo elevado y reflexivo. Pushkin lo utilizó ocasionalmente para proporcionar una sensación de gravedad, distancia formal o profundidad filosófica a sus reflexiones más serias. Y es significativo que lo haya escogido para este poema.
Era, por otra parte, el metro en cuyo uso se había destacado aquel poeta francés que él estimaba especialmente: André Chenier. Y justamente, la poesía homónima que a este dedica es un ejemplo paradigmático de uso de los alejandrinos por parte del poeta ruso.
Nos preguntamos si es mera coincidencia el que, al hablar en nuestro poema del amor al mando, o al poder, tan íntimamente relacionado con la ambición, haya añadido al texto de San Efrén, al que en todo lo demás se ciñe fielmente, una expresión que parece inspirada en Chenier: «esa oculta serpiente». En efecto, el poeta francés había dicho:
L’ambition, serpent insidieux».
Renunciando a ensayar una imitación métrica, lo que por otro lado hubiera sido temerario, hemos tratado de reflejar de alguna manera la solemnidad de los alejandrinos pushkinianos, enfatizando, como él mismo lo hace, la cesura que pausa los versos.
Oración
para elevar el corazón a distantes reinos,
fortalecerlo entre tormentas y terrenas luchas,
han compuesto incontables, divinas plegarias.
Pero ninguna de ellas devotamente me conmueve,
como la que el sacerdote una y otra vez repite
en los austeros días de la Gran Cuaresma;
más frecuente que ninguna otra a mi boca acude,
y vigoriza al caído con ignota fuerza:
«Señor de mis días!
El espíritu de ocio e indolente,
de amor al mando, esa oculta serpiente,
y de vano palabreo, no lo des a mi alma.
Dame en cambio el percibir, oh Dios, mis propias culpas,
y que de mí, mi hermano condena no reciba,
y el espíritu de humildad, paciencia, amor
y de pureza, en mi corazón instila.
A. Pushkin, Julio 1836.