Jeremías, Scarlatti y su amigo cardenal emocionan, convocados por un joven director
Alberto Miguélez y Los Elementos cosechan un nuevo triunfo en el CNDM con el oratorio La Culpa, el Arrepentimiento y la Gracia, que este sábado emitirá La Dos de TVE
Los Elementos
La joya del Centro Nacional de Difusión Musical, el denominado «Universo Barroco», ha sufrido una opa hostil. Su programación ha quedado debilitada por los zarpazos de los nuevos ciclos organizados por entidades privadas y la voracidad del Teatro Real, que se ha lanzado a proponer óperas barrocas en concierto como si organizara un festival propio dentro de su programación.
«Son cosas del mercado», explica Lorenzo con cierta resignación, que ahora culmina su espléndido trabajo en esta casa a la espera de desvelar su próximo destino. Lejos de amilanarse ante los distintos abordajes que impone la lógica comercial (sus rivales pagan más: ante eso no hay lealtades que resistan), ha sido capaz de seguir ofreciendo obras y artistas de indudable interés.
En esta ocasión, desmarcándose de las variadas interpretaciones de las pasiones bachianas que se ofrecen estos días, Lorenzo ha apostado por servir una distinta, rara vez interpretada, la que compuso Alessandro Scarlatti para las celebraciones de la Semana Santa, en Roma. Esta en cuestión se estrenó el miércoles santo de 1708, por encargo de un cardenal con obvias ambiciones intelectuales, Pietro Ottoboni, que además escribió el enjundioso libreto.
Alessandro Scarlatti
Para la recuperación, que coincide con el aniversario del compositor, el Universo barroco ha vuelto a contar con una de sus más recientes, sólidas y alentadoras apuestas, el joven músico gallego Alberto Miguélez Rouco, destinado a convertirse en uno de los grandes directores europeos como parece que empieza a ser reconocido en lugares emblemáticos: en Innsbruck, dirigirá una ópera el año próximo, y en este 2026, el concierto final de su prestigioso certamen vocal.
España suele mostrarse más cicatera con los suyos, pero aun así regresará al Teatro de la Zarzuela, también el próximo curso, en la que será una de las principales apuestas líricas de 2027 de la capital.
Con su propia, magnífica agrupación vocal, Los Elementos, poco después de su reciente triunfo en Polonia, donde interpretaron una de las zarzuelas de Nebra que ya han grabado (con excelentes críticas en Alemania, por cierto), Miguélez ha triunfado de nuevo en al Auditorio Nacional, donde cuenta con un público fiel y entusiasta que sigue sus actuaciones como si se tratara de acontecimientos indispensables de la programación. Seguramente, lo son.
Un director riguroso y apasionado
En este inteligente director conviven al mismo tiempo el rigor filológico, el fervor por compartir descubrimientos importantes de repertorio olvidado, esa capacidad para organizar con la que cuida además de sus músicos, el placer por las mejores voces y una pasión desbordante, jubilosa, que exhibe sobre todo cuando dirige, como si en cada nota o acento le fuera la vida.
El joven músico gallego Alberto Miguélez Rouco
No existe otra manera de comunicar aquello en lo que se cree realmente, y que el resultado pueda provocar ese renovado chispazo que convierte cada audición en una aventura. Miguélez ha vuelto a lograrlo ahora con una obra que quizá no despierte el entusiasmo inmediato, pero que poco a poco convence, seduce y atrapa por el contenido, la forma y la interpretación: entregada, expresiva y en algún instante conmovedora.
Scarlatti, cuya influencia llega hasta Händel y Mozart, con su poder inventivo para ofrecer soluciones ingeniosas en el desarrollo de los dramas líricos (la flexibilidad de los recitativos, el acabado formal de las arias, la sugerencia de la obertura, raíz de la sinfonía, …), supo dar la forma precisa, en este denominado Oratorio para la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, pero más conocido como La Colpa, el Pentimento y la Grazia, a un texto brillante, culto, profundo.
La pieza escapa del mero relato de los últimos días del Mesías, según las pasiones más habituales, para establecer un sugestivo diálogo alegórico entre tres figuras, cada una asignada a un cantante: la Culpa, El Arrepentimiento y la Gracia.
Los Elementos
La operación tiene incluso más interés porque la fuente que empleó su autor, Ottoboni, es el Libro de las lamentaciones de Jeremías, que no es precisamente un texto alegre ni optimista. El profeta pinta con acentos sombríos la caída de Jerusalén por la magnitud de los vicios de sus habitantes. El castigo divino no atiende a las súplicas de los afligidos, que imploran perdón para sus desmanes. Y todo concluye sin que parezca claro que Dios vaya a dar su brazo a torcer. La esperanza aparece aquí algo diluida con esa severidad del Viejo Testamento.
La necesaria luz redentora de Jesús
Pero Ottoboni incluye con sentido de la oportunidad la propia figura de Jesucristo, como esa necesaria luz redentora que aporte algo de ilusión. En la primera parte del oratorio, más austera, la Culpa y el Arrepentimiento debaten sobre el significado de la Pasión. La primera no ve salida para el pecado original, que condenaría a los hombres sin remisión, mientras el otro, a partir del sacrificio de Jesucristo, parece vislumbrar un posible camino hacia la piedad divina.
Habrá que aguardar a la continuación, con la benéfica aparición de la Gracia, y los números musicales más animados, efectistas y emotivos de la partitura para comprender que, efectivamente, el sendero trazado por el redentor ofrece una vía para la salvación. «Oh cruz, única esperanza», concluye la obra, con una música más serena y contemplativa que animada, y un punto de emoción que serena y conforta. Lo que, teniendo en cuenta que veníamos de Jeremías, ya constituye un triunfo.
Los Elementos
Todo ese tránsito desde las sombras hacia la culminación en una cierta esperanza encuentra toda su lógica en un texto diáfano, con precisas indicaciones teológicas, aunque sin irse por las ramas, y obtiene su justo reflejo en la partitura de Scarlatti, que va creciendo en interés conforme avanzan sus números, una sucesión de arias y breves conjuntos, sin participación del coro.
Un encuentro en la biblioteca de Dresde
Miguélez puso todo su vasto conocimiento al servicio de una obra que encontró en la biblioteca de Dresde, con algunas pérdidas y añadidos de Hasse, alumno de Scarlatti y protegido del libretista. Y la lectura le salió redonda por el equilibrio preciso entre los instantes más íntimos y las escenas espectaculares, como la del juicio, con las cuatro trompetas naturales empleadas distribuidas por varios de los balcones para causar un mayor efecto.
Con claro sentido dramático, el director situó a sus tres cantantes, casi todo el tiempo, mediante una distribución espacial en forma de triángulo, con la Culpa y el Arrepentimiento situados en los vértices de la base, y la Gracia en la otra punta.
Los Elementos
Y, además, se cuidó de asignar a las partes litigantes voces de mezzo, con una expresividad más depurada: notable Natalie Pérez, con su elegancia natural y ese timbre luminoso, algo mermada la gran Sara Mingardo. Su proyección se mostró claramente disminuida, sin menoscabo de esa nobleza expresiva que la caracteriza, siempre a favor de la palabra.
Mientras para el instrumento portador del consuelo, el director escogió a una soprano de voz algo más caudalosa y penetrante, Natalia Labourdette, a la que le costó un poco amoldarse al estilo, con algunas notas agudas destempladas al inicio, pero que finalmente logró hacerse con la esencia de su parte y cosechar, también, un éxito merecido.
Los Elementos funcionan siempre como ese guante que se amolda con el terciopelo más delicado al tacto de su líder, un Alberto Miguélez que dirige con la vista, el gesto y la flexibilidad de su cuerpo, en continuo vaivén danzante: no se le escapa ninguna entrada, acento ni intención, cuyo sentido parece trazar previamente en el aire para cada intérprete.
Todos contribuyeron a servir felizmente esta interesante exhumación que, quizá a partir de ahora, pueda tenerse más en cuenta a la hora de engrosar la lista de obras cuya interpretación se destina a estos días particulares, más proclives a conectar los sentidos con la espiritualidad, como a experimentar el silencio, tan importante en la música.
Si hasta Rosalía se ha inventado para su gira una «misma pagana», muestra inequívoca de que ese «mercado» al que se refería Paco Lorenzo al inicio de estas líneas volanderas es capaz de contenerlo, y reciclarlo, todo.
(Por cierto, La Dos de TVE ofrecerá este concierto, grabado para la ocasión, este próximo sábado, para los más madrugadores).