¿Y qué haría Putin con la guitarra de Joan Báez?
Los artistas de EE.UU. salen a la calle contra la guerra mientras Putin procura encarcelar a los suyos, la paz puede resultar una quimera sin las armas Sánchez le pide prestada la chapa a Bardem y de Noelia ya solo esperan la serie
Joan Báez lleva una camiseta con el lema «Quédate en casa por la paz», 1971
Jane Fonda y Joan Báez poseen un largo historial de conocida militancia en la defensa de sus particulares creencias. Además de actuar y cantar, desde muy jóvenes, ambas artistas se han valido de la popularidad que les han proporcionado sus profesiones para manifestarse públicamente contra decisiones políticas contrarias a sus ideales, intereses y prejuicios.
Las dos se han mostrado proclives a sumarse a las causas más comunes asociadas al progresismo, y particularmente beligerantes en lo que atañe a los derechos de las mujeres, el racismo o su oposición a las intervenciones armadas de potencias relevantes en terceros países (siempre que, por supuesto, no se trate de liberar a pueblos sometidos al capricho de tiranos para establecer, a cambio, regímenes comunistas; en este último caso, estarían justificadas).
Hay que decir que estas señoras no siempre han observado el férreo dogmatismo asociado a otros conspicuos nostálgicos del estalinismo, como ocurre con nuestra más reciente aportación folclórica, los 'podemitas', maoístas de cartón piedra inasequibles a la razón. Lo cual revelaría en ellas una cierta autonomía intelectual, siempre reseñable.
Tanto una como otra protestaron contra la intervención de EE.UU. en Vietnam, incluso cuando esa opción la defendía con ardor guerrero un presidente demócrata, Lyndon B. Johnson.
Sus opiniones, en ese sentido, nunca han estado sometidas del todo al imperio de la marca, el dogal del partido, por más que sus adversarios hayan sido fundamentalmente republicanos.
Por cierto, su ya longeva vehemencia contestaria, como la que estos días también exhiben de nuevo sus colegas Robert De Niro o Bruce Springsteen en sus apariciones callejeras, contrasta con la apatía de esos jóvenes, supuestos nuevos iconos del partido azul norteamericano, como Taylor Swift, casi más empresaria que artista, que solo se encadenaría a su cuenta corriente.
Inmunes a las alergias propias de la época, estas bravas reliquias del mundo del espectáculo, con galones indiscutibles en sus oficios, volvieron a salir de gira durante el último fin de semana para bramar contra el presunto monarca Trump y sus hechos, con mención especial para los excesos del ICE, cuya jefa ya ha sido oportunamente cesada, y por supuesto la guerra, que ahora resulta la de Irán.
Provistos de megáfonos y guitarras, han dicho lo que les ha venido en gana, faltaría más, y no se han ahorrado toda suerte de improperios destinados al presidente de su país, enmarcados por escasamente sutiles pancartas en las que se condensaba todo el desprecio por el personaje mediante un escueto y revelador «Fuck Trump!».
Casi al mismo tiempo, en otra galaxia no tan lejana, el máximo mandatario ruso declaraba «agente extranjero» al joven profesor Pável Talankin, autor del documental Mr. Nobody contra Putin, que acaba de ganar el Oscar en su correspondiente categoría.
Mr. Nobody contra Putin
La cinta merece conocerse (se encuentra ya en las principales plataformas), como una muestra reciente de la nada delicada propaganda al servicio del poder.
Los alumnos de una escuela en la pequeña localidad minera de Karabash fueron filmados en sus clases, durante los dos primeros años de la Guerra de Ucrania, mientras recibían todo tipo de consignas patrióticas, destinadas a perpetuar la idea justa de la invasión como una reivindicación del glorioso pasado imperial de Rusia: las razones esgrimidas resultan aquí accesorias frente a la exhibición de pretéritos fulgores.
Mientras en otros lugares a los niños los llevan a visitar el Senado durante sus excursiones, estos chavales, en vez de abandonar sus aulas por un rato, recibían allí mismo a miembros del escuadrón Wagner, cuyos simpáticos mercenarios los instruían en el raro arte de esquivar las minas, cómo hacer volar drones y otras perentorias tareas de inexcusable utilidad para la vida.
Los profesores, salvo el más implicado de todos (al que curiosamente le toca un moderno piso en la tómbola de los mejores docentes), se quejan de que el rendimiento escolar ha descendido. En lugar de preparar sus clases habituales, ellos mismos están ocupados confeccionando banderitas, y el álgebra o Pushkin se sustituyen por mensajes del gran padre espiritual Putin, que desde el Kremlin les envía vídeos con mensajes sobre el honor que supone morir por la patria.
Alguno seguramente pensará que en Rusia hacen muy bien fomentando en el aula este tipo de adoctrinamiento. Mientras, la algarabía e indiferencia infantiles contrasta, casi al mismo tiempo, con los llantos (grabados como parte del documental) de esos mismos estudiantes en los funerales por algunos de sus hermanos o primos mayores, caídos heroicamente en el frente de Donetsk.
Piensen lo que deseen, pero lo que ya no parece justificable es que a quien razona otra cosa, como le ocurre a Talankin, se le aplique la condena de «agente extranjero». Si deseara regresar del exilio al que huyó porque ya intuía su adverso destino, el docente sabe ahora que le aguarda una larga temporada a la gélida sombra de alguna mazmorra esteparia.
Y aquí es donde conviene tener claras las opciones: ¿en qué «lado de la historia» preferiremos situarnos? En aquel que aún representa un país donde cualquiera pueda expresar abiertamente sus ideas, sin temor a ser encarcelado por ello (hasta el momento Fonda y sus compañeros siguen durmiendo en sus confortables mansiones, pese a las maldiciones de Trump). O mejor, junto a ese otro, aliado de Irán, China, Cuba o Venezuela, donde la mera discrepancia pública te convierte en reo de graves delitos que conllevan largos años de cárcel, como poco.
Hay que escoger, y pronto: escurrir el bulto, escudarse en pomposas sentencias del tipo «no se restituye el derecho con la espada», no va a salvarnos cuando llegue la definitiva hora de la verdad. Cierto: «Es más fácil alabar la paz que conseguirla». Pero como bien sabía Homero, del que se va a hablar mucho este próximo verano, finalmente, «todo se dirime con batallas y guerras». Sobre todo, la paz.
Nadie hace la guerra por la guerra
El otro día, ante uno de esos fines de semana luctuosos, con varias muertes de mujeres a manos de un par de Otelos suburbiales, una señora, a puerta gayola de micrófono, clamaba en la tele: «¡Hay que hacer algo, nos están matando!».
Pues sin menospreciar estas últimas tragedias de celos al estilo de las novelas naturalistas que nunca concluyen por aquí, ¡qué habría que hacer con los responsables de la muerte de 30.000 de los manifestantes que en su día se echaron a las calles, en Irán, para reclamar el final de una pesadilla que dura ya casi cinco décadas! ¡O ante los verdugos de esos tres jóvenes deportistas ahorcados al amanecer, también allí, por lo mismo!
En lo que se refiere estos días a la Guerra de Irán, no conviene olvidar a Chesterton: «Hay cosas más importantes que la paz y una de ellas es la dignidad de la naturaleza humana».
Tomando nota del histrionismo exagerado del personaje, unido a su falta de pudor, recato y, en ocasiones, educación, podría resultar hasta lógico poner en duda que Trump albergara atisbo alguno de humanidad. Y, por tanto, que se sintiera concernido como para tomar la decisión de atacar a ese país por una cuestión puramente moral: salvar a una parte posiblemente mayoritaria de su población de los sátrapas que rigen sus destinos mediante una mezcla letal de fanatismo, maldad y egolatría. Lo único cierto es que lo ha hecho, como en Venezuela y, quizá pronto, en Cuba.
A muchas mujeres las subleva particularmente pensar que el posible salvador de las iraníes, aquel que finalmente les devolverá sus libertades cruelmente pisoteadas, pudiera ser el mismo que una vez sostuvo (según él, solo a modo de chanza), que su celebridad le permitiría poder meterle mano a cualquiera que se le pusiera por delante, sin rechazo ni protesta.
Y a pesar del exabrupto y todas sus humanas fallas, si el inquilino de la Casa Blanca, con su único aliado, Israel, más alguna ayuda de Arabia Saudí, lograra poner fin a la dictadura iraní, el mundo sería seguramente mejor.
No digamos ya esa región, cuyos países viven bajo la perenne amenaza del enemigo persa. Como dijo Aristóteles: «Nadie hace la guerra por la guerra, sino que hacemos la guerra para conseguir la paz».
La paz de Sánchez no espera
De un modo parecido, también dijo Vigencio: «Si deseas la paz, piensa en la guerra; y si quieres la victoria, ponte el uniforme».
Por eso Sánchez duerme siempre con el suyo, de contumaz charlatán, tal como se maliciaba Ábalos que hacía Margarita Robles.
Frente a quienes se acomodan las galas del hábito militar para lograr la libertad de otros menos afortunados, el presidente español, pensando solo en ganar su propio combate mediante la agitación del espantajo de una paz meliflua que compre nuestra seguridad a costa del perpetuo sufrimiento ajeno, lustra las suyas para librar la batalla final de las urnas.
Hay cosas que Sánchez borda, como su manera de amoldarse a los tiempos. Mariano Rajoy era un experto en desperdiciarlo: mientras aguardaba a que todas las piezas se acomodasen por si solas, dejaba pasar la oportunidad de actuar él mismo. No estaba interesado en el poder, eso se lo dejaba a otros, dirán algunos como elogio. Entonces, ¿para que se prestó?
A Sánchez, en cambio, parecen faltarle las horas para maniobrar. Desde procurarle un óptimo empleo al colega de baloncesto hasta sacar y poner señores del Ibex, granjearse el afecto de la prensa adicta con lisonjas y prebendas, tomar el sol en La Mareta o exhibirse en Tiktok como si fuera el mismísimo Bobby Fischer, no hay un segundo dejado al azar.
Sus magras carnes no las devoran las preocupaciones, si no las prisas mismas por hacer, y sobre todo deshacer, que le hurtan hasta el almuerzo. Que ahora toca la guerra, pídele la chapa de los Goya prestada a Bardem y ajusta las manillas al reloj: si Irán no cae estos meses, cuanto peor, mejor.
Queda un año, como poco. Mientras algunos se devanan los sesos por hacer realidad el verso de Saint-John Perse: «¿Mostraremos a Oriente una ruta más amplia por haber crecido al arrufo de la vastedad de los golfos?», Sánchez se fuma un puro a la inversa, no como Rajoy, que entre volutas de habano solo pensaba como aquel otro escritor gallego: «En España, el que resiste, gana».
Sí, pero entretanto algo habrá que hacer. Que es lo que piensa el audaz presidente de prestado. Sacarse de la chistera a un pacifista pudiera bien servirle si se llega a la prórroga. Al tiempo, que este resiste, pero de verdad.
Noelia, hasta que llegue la serie
La muerte viajaba en taxi. Tras abonar la carrera, la parca se presentó con puntualidad británica de otras épocas más formales en la celda de Noelia. Estaba allí para «liberarla», según la propaganda, esa que torpemente asigna a los doctores el papel exclusivamente reservado a los dioses.
Se podrá discutir la oportunidad, el derecho, las causas… para olvidarse de lo esencial. No hay nada más absurdo que rebelarse contra la muerte, o sus artífices terrenales, la única certeza que existe. Esta sola verdad, la del último plazo vencido ante el excepcional acreedor con derechos, se impone sobre la vana cháchara acumulada durante los últimos días.
El destino de esta chica figuraba ya escrito en el viento desde muchos antes del inicio del drama, con todas sus precisas acotaciones registradas. Los hechos de los hombres, antes y después, son solo decorado, previsible escenografía de telones pintados sin demasiado arte, oficio ni talento; todos ellos, meros figurantes de una obra maestra cuyo autor supremo se limita a observarlos con desapego, aunque, en el fondo, les reserve seguramente algo de ternura.
Dejémosla descansar ya en paz, al menos hasta que llegue la serie.