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LA creación de Adán es la imagen más famosa de la Capilla Sixtina

La creación de Adán es la imagen más famosa de la Capilla Sixtina

Grietas, zodiaco y desnudos: la historia detrás de la Capilla Sixtina que pintó Miguel Ángel

La evolución de la Capilla Sixtina desde sus orígenes medievales hasta la restauración del Juicio Final en 2026

Cinco millones de personas visitan la Capilla Sixtina cada año. Para evitar el deterioro causado por la afluencia de visitantes y el paso del tiempo, se han realizado trabajos en la sala y sobre los frescos de Miguel Ángel, como la última restauración del Juicio Final, comenzada en febrero de 2026.

La intervención no se ha limitado a las obras de arte; también se han actualizado los sistemas de luces LED y de microclima que permiten conservar la estancia. Por supuesto, en sus más de seis siglos de historia, la capilla ha sufrido múltiples restauraciones y modificaciones que se pueden observar si el visitante presta un poco de atención a los detalles.

Para entender por qué la visitan tantas personas todos los años, lo mejor es descubrir la historia que se esconde detrás de las pinturas.

Detalle de un fresco de Miguel Ángel en 2022, tras la restauración

Detalle de un fresco de Miguel Ángel en 2022, tras la restauraciónVatican Media/Spaziani/GTRES

Lo que se observa hoy está levantado sobre una antigua estancia conocida como cappella magna, donde el papa Bonifacio IX canonizó a Santa Brígida, copatrona de Europa, en 1391. Al entrar, la vista se suele ir al techo, pero el primer paso es conocer aquello que se está pisando.

La construcción de la actual capilla comenzó en torno a 1477, auspiciada por el Papa Sixto IV della Rovere. Se aprovecharon los muros exteriores de la capilla medieval. Antes de Miguel Ángel, la capilla ya presentaba una escenografía religiosa muy cuidada. En 1481, el papa encargó a Pietro Perugino, junto a Botticelli, Cosimo Rosselli y Ghirlandaio, plasmar una serie de escenas para reforzar lo sagrado del entorno y plasmar referencias a su pontificado.

Botticelli plasmó Las tentaciones de Cristo, en las que introdujo una iglesia de Roma que había ordenado construir el papa. De aquella primera fase destacan también El bautismo de Cristo, de Perugino; y, en los laterales, la Lex Scripta de Moisés y la Lex Evangelica de Cristo. Ahora sí, toca mirar al techo. Aunque hoy está tapado por la obra de Miguel Ángel, el primer cielo de la capilla fue un mapa astronómico que mostraba la configuración del cielo de Roma del 15 de agosto de 1475.

El artista Piermatteo d’Amelia lo diseñó así por ser la fecha en la que se bendijo la capilla antes de comenzar las obras, además de la festividad de la Asunción. Esa teología de las estrellas no fue pintada al azar: d’Amelia pintó un «zodiaco naturalista donde la constelación de Virgo ascendía al meridiano», simbolizando a la Virgen como Regina Caeli, según defienden autores como Heinrich Pfeiffer. Sin embargo, la mayoría de los cronistas que la mencionan solo hablan de un cielo azul repleto de estrellas doradas.

La ruptura de Miguel Ángel

Una tormenta arquitectónica en forma de grieta estructural destrozó aquel firmamento en la primavera de 1504. Para salvar la bóveda se colocaron doce cadenas de hierro que hoy están cubiertas por las pinturas de Miguel Ángel, a quien contrató Julio II, sobrino de Sixto IV. El maestro empezó en 1508 y cuatro años después transformó esa teología no revelada (las estrellas) en una teología revelada, donde los episodios del Génesis son narrados por los videntes del Antiguo Testamento y el mundo pagano.

Aunque el momento cumbre de la Capilla Sixtina, y de su artista principal, fue la representación del Juicio Final, una obra que escandalizó por la desnudez de las figuras. Miguel Ángel se negó a modificarlas y solo tras la muerte del artista el papado se atrevió a intervenir la obra. En 1564, tras el Concilio de Trento, el Vaticano ordenó tapar las partes obscenas. El pintor Daniele da Volterra cubrió las partes íntimas con sus famosos braghettoni, unas veladuras y ropajes de diverso color.

Obra cumbre del Renacimiento italiano, máxima expresión de la pintura de Miguel Ángel, tesoro más preciado de los Museos Vaticanos. La Capilla Sixtina y, en particular, los frescos del Juicio Final son, seguramente, el mayor tesoro del patrimonio de la humanidad. Y, aunque cueste creer, no gustó nada cuando se presentó ante el Papa Pablo III en 1541. Para la Curia vaticana, aquellos cuerpos desnudos, retorcidos, demasiado realistas… Jesucristo representado sin respetar la iconografía tradicional, musculado, lampiño, muy joven, además de enfadado, levantando la mano como si fuera a soltar un bofetón. Y por si todo ello fuera poco, algún cardenal se reconoció retratado entre los condenados en el infierno.

Los frescos del Juicio Final

Conservar la Capilla Sixtina es un trabajo complejo que precisa de mucho detalle. Desde las intervenciones que realizó Domenico Carnevali en 1564 hasta la «gran restauración» de Gianluigi Colalucci en el siglo XX, en la que se retiraron muchos de los braghettoni para recuperar la pintura original de Miguel Ángel, la conservación de la capilla se sustenta en la idea de «recuperar el texto original sin falsificaciones», como afirmó el historiador y crítico de arte Cesare Brandi.

No se trata solo de conservar el arte, sino de mantener la esencia de ese espacio sacro que guarda entre sus paredes siglos de historia de la Iglesia, de cónclaves y del devenir de su legado espiritual en la Tierra.

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