'El beso' de Francesco Hayez
El Debate de las Ideas
Besar, pero de verdad
A menudo se nos olvida a los occidentales dos evidencias sobre el beso. La primera es que no todas las culturas han tenido el beso como gesto afectivo o amoroso y ni siquiera como gesto de ningún tipo. Los etnógrafos de la primera mitad del siglo XX se encargaron de mostrar que, en muchas zonas del Pacífico y la Polinesia, el beso era un acto absolutamente desconocido para los aborígenes. Goldman, Mead o el propio Malinowski explican que el beso incluso podía ser considerado un tipo de canibalismo simbólico por parte de los nativos. La razón de esa extraña interpretación provenía de que la boca era vista como el lugar del aliento vital, así que cuando vieron por primera vez a dos occidentales juntar sus labios con una intensidad más que exuberante, su versión más afín era que se estaba infringiendo un tipo de robo, homicidio o brujería, por uno de los dos agentes. Para ellos, «robar el corazón» o «morir de amor» era algo más que una metáfora.
La segunda, más próxima a nuestra mentalidad, es que el beso adquiere una certeza que hace añicos a toda la filosofía de la sospecha o del escepticismo de raigambre filosófica. Cuando los filósofos modernos pusieron el mundo en duda, esto es, cuando dudaron de si ver el color que se ve es de verdad el color que se da en la realidad, de si oír lo que oímos es lo que de verdad el mundo dice, etc., estaban diciendo que había cualidades tan únicas que era imposible certificar si eran auténticas. Eso pasaba con cualidades sensoriales que solo pueden ser captadas por un sentido: el sonido solo es percibido por el oído, el color por la vista… y el color no puede ser captado por el oído como tampoco el sonido por los ojos. Sin embargo, hay cualidades físicas que son percibidas por varios sentidos: la figura (por la vista, por el tacto), el número (por el oído, el tacto…), la distancia, etc. Es fácil observar que estas últimas cualidades son el fundamento de las Ciencias Naturales: física, geometría, matemáticas… y que, por el contrario, dudamos de lo que vemos y oímos.
Sin embargo, a los filósofos modernos se les pasó por alto que el sabor pertenece a esas cualidades de las que dudamos si son reales, esto es, de aquellas que solo pueden ser certificadas por el gusto. No se puede gustar el sabor por el oído o la vista, solo por la boca. Y puede ser verdad que uno puede dudar de si el sabor de un alimento es el sabor real, pero resulta que los besos también se dan en el gusto. Y ahí no hay duda o sospecha ninguna del mundo y escepticismo que valga: o nos gustan esos besos o no nos gustan. Porque el gusto por besar es indisociable de quien nos besa y a quien besamos: el mundo no está puesto en duda cuando besamos y saboreamos a alguien. Y es por eso por lo que ni nos besamos con cualquiera ni dejamos que cualquiera nos bese. El mundo está también cuando lo besamos. Este sería el primer sentido de un beso de verdad. Besar es afirmar con rotundidad la verdad de la existencia.
Besar es parecido a un sabor táctil, como un degustar que adquiere el sentido del tocar. Besar es saborear con gusto antes que gustar del sabor. Es querer tocar sin la pretensión del sabor, es decir, sin la necesidad de saber algo que uno ya «sabe» o «saborea» previamente: que el otro está ahí. Besar es como un sabor que no se agota en sí mismo, ni pierde consistencia ni se desvanece. Por eso, no es extraño que los amantes que se besan, que se besan de verdad, tiendan a prolongar su beso más allá del mero contacto. El beso es el festejo de una realidad que no quiere desaparecer, parecido a una madre que se comería a besos a sus hijos o dos amantes que lo prolongan casi hasta lo infinito.
Besar es entonces también dejar que el mundo entre en uno. No les faltaba razón a aquellos indígenas cuando decían que había un robo de la vida cuando dos labios se tocaban, porque besar es dejarse impregnar por el sabor de otro, que es tanto como abrir la intimidad a la intimidad de otro. Es por eso por lo que hay más intimidad en el besar que en el hablar: muchos pueden hablarnos, pero solo con quien compartimos nuestra intimidad puede besarnos. Así que el beso es también un lugar y una certeza donde mundo e intimidad se hacen uno. En nuestra cultura, el beso no es público, y no tanto porque no pueda darse en lugares públicos, cuanto que es el gesto de una intimidad que delimita el mundo de los amantes: su mundo, y un mundo que no está abierto a todos, como a todos sí están abiertos los espacios públicos. Hay por eso un poco de traición metafísica en aquellos que no disciernen dónde y cuándo besarse, y que no entienden que nuestro beso ni es para todos ni es en todo lugar.
Los griegos no entendían el beso. Aristóteles decía que la flauta no era un instrumento apropiado para una educación verdadera porque impedía el uso del habla. Y aun cuando no lo dijo, bien podía haber afirmado lo mismo del besar, porque besar es, aparentemente, dejar de hablar. Pero lo que la tradición helénica no acertó a ver es que besar no era la claudicación del logos, de la verdad y del mundo, sino una de las formas basales por las que los occidentales fuimos descubriendo que el mundo es real y verdadero: está ahí. Besar es una de las acciones primarias que impide ser un escéptico con la verdad, o dejarse abandonar por el cinismo, porque su realización implica el festejo del mundo en todo su esplendor y exuberancia.