calcetines de dragón
Calcetines de dragón
Una de esas escenas me la regaló Bruno, mi cuarto hijo, gobernado por esa sencillez natural que tienen los niños pequeños para desbaratarle a uno las categorías y, de paso, ponerle la vida en orden
Si hay algo que me ha enseñado la maternidad –además de a localizar un zapato bajo el sofá por pura visión sobrenatural y a distinguir un llanto de hambre de otro de puro teatro– es a darle su sitio a lo importante y a hacerle hueco a escenas que, de entrada, parecen imposibles. No imposibles por irreales, sino por demasiado reales. Porque ningún adulto serio, organizado y con ínfulas de sensatez las habría planeado jamás.
Una de esas escenas me la regaló Bruno, mi cuarto hijo, gobernado por esa sencillez natural que tienen los niños pequeños para desbaratarle a uno las categorías y, de paso, ponerle la vida en orden.
Bruno es fanático de los caballeros. No digo admirador, ni simpatizante, fanático. Vive en una edad en la que la humanidad se divide, más o menos, entre dragones, caballeros, mamás que apagan la luz y recogen los cuentos porque es hora de dormir y personas que no entienden la gravedad del asunto. Entre todas las historias de espadas, gestas, escudos y lances, hay una que le ha tomado el corazón entero, la de san Jorge.
Tanto, que hace un par de domingos, para ir a misa, se me plantó con su camisa oxford, sus pantalones cortos, sus mocasines bien puestos y unos calcetines altos verde chicle con un chirriante dragón. Todavía me sigo preguntando cómo llegaron semejantes calcetines a mi casa. Aquello para él era objetivamente magnífico. Un plan sin fisuras.
Yo le miré, se me saltaron los ojos, me dio risa. Y, al mismo tiempo, una ternura muy honda. Allí estaba, a sus cinco años, llevando a la iglesia sus cosas queridas, lo que de verdad le importaba, aquello donde había puesto toda su ilusión.
He vuelto varias veces a la escena y he pensado que en ese pequeño gesto hay una lección de primera magnitud. Bruno iba vestido, sin saberlo, con una pequeña tesis sobre el hombre. Un niño no conoce todavía nuestras prudencias, nuestros compartimentos, nuestra fatigosa costumbre de separar lo sagrado de lo imaginativo, la fe de la épica... Pero somos nosotros, los adultos, quienes hemos desaprendido una inteligencia originaria y connatural.
Por unos segundos me impactó que mi hijo no mezclaba confusamente, al revés, unía con una libertad más profunda que la mía.
Y así, Bruno quería ir a misa no «a pesar» de sus dragones, sino con ellos, acercándose al Misterio con toda su persona.
Esa fidelidad infantil a lo que se ama ratifica que el hombre es una unidad de cuerpo y alma. Somos hijos antes que autores. Y precisamente por eso podemos llegar a ser libres. Eso, que dicho así parece poca cosa, es casi una definición de la vida espiritual.
Hemos cometido el error moderno de considerar la imaginación como la facultad de lo irreal, cuando con frecuencia es la facultad de penetrar lo real por su costado simbólico. Bruno, y cualquier niño, imagina para comprender, juega para ensayar la verdad y pide que se le repitan cuentos e historias de caballeros para orientarse en el mundo. Y lo más importante, no se evade del drama humano, entra en él con las herramientas que le son proporcionadas por el asombro.
Siempre me sacó una sonrisa Chesterton con su precisión inigualable cuando escribió que los cuentos de hadas no dicen a los niños que los dragones existen, pues ellos ya lo saben. Lo que los cuentos dicen a los niños es que a los dragones se les puede vencer.
Un niño conoce el miedo, el mal, la amenaza, la oscuridad, la angustia del abandono. Los conoce existencialmente antes de poder nombrarlos conceptualmente. San Jorge a Bruno no le endulza la lucha, la hace visible y, por tanto, esperable.
Por eso no me parece casual que Bruno una tan espontáneamente san Jorge, los dragones y la misa. San Jorge no es para él una simple figurita legendaria, sino un caballero verdadero, un amigo fuerte, un defensor, una forma de santidad viril y luminosa.
El padre Alfredo Sáenz describe a San Jorge como «el arquetipo de los caballeros», «el caballero andante de la fe, el defensor de la justicia y de los débiles». El niño necesita admirar. Necesita modelos que hagan amable la virtud. Es más, necesita descubrir que la bondad no es blandura, que la pureza no es timidez, que la fe no es cobardía y que la fortaleza es admirable.
En el fondo, toda gran imaginación infantil se ordena hacia la configuración moral del alma. El caballero no le interesa al niño sólo por la espada, sino por la promesa de una vida recta, arriesgada y noble. Una vida que merece la pena. No es extraño que muchos niños se enamoren de las historias de caballeros. En ellas reconocen que la vida tiene consistencia y tiene estructura de vocación y de combate. Es decir, hay orden. Hay bien y mal, débiles que proteger, palabras que cumplir. Hay una dama, una ciudad, una promesa, un Rey.
Es penoso pero la modernidad tardía sospecha de todo eso porque sospecha del orden mismo.
Me resulta fascinante verificar en la vida de un niño como la imaginación no compite con la verdad, todo lo contrario, la prepara. San Buenaventura decía que «nuestra mente contempla a Dios, ya fuera de nosotros, por las criaturas, que son como unos vestigios, o huellas del Creador; ya dentro de nosotros por la imaginación, o fantasía; y ya sobre nosotros por aquella luz sobrenatural del Divino semblante que está impresa en nuestras almas». Hoy, por desgracia, hemos atrofiado la facultad simbólica.
Josep Pieper, en El ocio y la vida intelectual, nos habla «de la incapacidad de dejar que suceda meramente algo, la impotencia para recibir sin más y permitir que a uno mismo le ocurra algo», dice que existe una ociosidad sagrada, una capacidad de recibir la realidad que es más profunda que la pura utilidad. Y algo de todo eso conservan los niños de manera espontánea.
Julián Marías explicó de manera luminosa en su Breve tratado de la ilusión que la ilusión no es simple fantasía irresponsable, es una tensión esperanzada hacia un bien atractivo, una forma de anticipación cordial de la realidad deseada. No equivale a engañarse, sino a estar vitalmente llamado por algo bueno. Los niños viven así. Viven de ilusión en ilusión, y bendito sea Dios.
Este matiz importa muchísimo cuando pensamos en la infancia. Porque el niño vive de ilusiones en el mejor sentido de la palabra, no de mentiras, sino de promesas. Espera la visita de los abuelos, la historia repetida, las croquetas de su abuela, el verano, su cumpleaños, la Navidad. Y en esa espera se forma su corazón. Un corazón sin ilusión envejece pronto, un niño sin ilusión es ya un pequeño cansado. Por eso, como decía al inicio, la maternidad enseña a dar su lugar a lo importante porque obliga a volver a mirar qué cosas merecen ser esperadas. El niño no desprecia la esperanza encarnada, más bien, la necesita.
Rainer María Rilke, desde otra sensibilidad, intuyó algo cercano a esto cuando escribió: «Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos un día hermosos y atrevidos». No se trata de negar el mal, pues sería una lectura bobalicona. Se trata de advertir desde la infancia que el miedo no siempre se vence aplastándolo, sino mirándolo de frente y discerniendo su verdad.
Por eso la tarea actual de los padres es, en cierto modo, caballeresca. Custodiar la imaginación infantil, defender la capacidad de juego, de asombro, de silencio, de atención…Mirar qué aman los pequeños, qué temen, qué contemplan, qué esperan, qué historias los habitan. Descubrir en sus gustos, incluso en sus cómicos calcetines de dragón, una expresión de su alma.
Por eso me conmueve tanto la escena de mi hijo preparándose para ir a misa. Porque en ella comparecen, discretamente, todos estos estratos, el arraigo a una imperfecta familia donde se lucha diariamente por vivir la fe, la imaginación de un niño que ha encontrado en san Jorge un héroe, la ilusión de quien se viste para lo sagrado e importante. Bruno se preparó para misa siendo él mismo, con toda la seriedad festiva y natural de un niño.
Gracias a Dios ante una sociedad marcada por el desarraigo, la infancia todavía conserva a menudo la gramática de la unidad que somos y el sentido de la vida.
Bruno no sólo iba a la iglesia. Iba al encuentro del Misterio llevando consigo a san Jorge, a sus dragones, su ilusión y sus tiernos cinco años. Caminaba sabiendo que el Dragón existe, sí, pero que también existe san Jorge y que siguiendo su ejemplo, con ayuda de Dios, puede derrotarlo.
Tenía razón Bruno y sabía mucho de esta reflexión de Chesterton «En toda historia tiene que haber dos elementos paralelos: el amor y la lucha. En toda historia tiene que haber tres personajes: la Princesa para ser amada; el Dragón para ser combatido; y el san Jorge, para amar y para combatir».