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tabaco

Notas de un exfumador II

A la salud de unos y de otros me fumé el tercer cigarro del día, apurándolo hasta quemarme el bigote

Podría decirse de la siguiente manera: he dejado las pipas. O también de esta otra: he vuelto al tabaco. El pasado 27 de marzo, viernes, concluyeron nueve meses sin fumar, un tiempo de cruda enajenación. La idea de volver, que nunca me abandonó del todo, había logrado tomar posesión de mi voluntad un par de semanas antes; solo estaba a la espera de reunir el valor suficiente para dar el paso. Un día antes del renacimiento, el 26 de marzo, jueves, María cuñada había olvidado un paquete de Pueblo sobre la mesa del salón. Lo vi de reojo a primera hora, mientras esperaba el borboteo del café. Volví a fijarme luego, a media mañana. Serían las doce. Iba a la despensa en busca del tercer paquete de pipas, y esta vez me detuve, contemplándolo. El logo estaba arrinconado por una foto repugnante: un amasijo de carne enferma y gris. Un par de dientes calcinados y deformes hacían suponer que se trataba del interior de la boca de un ser humano, varón, pero los estragos del tabaco la hacían prácticamente irreconocible.

En un impulso, en un empellón de coraje, como el que se requiere para saltar al vacío o para inclinarse con la esperanza de propiciar el primer beso, tomé el paquete y lo abrí. En el interior había un librillo de papel pegado y unas cuantas boquillas de una blancura emocionante. Pese a los nueve meses transcurridos, los dedos no titubearon y liaron el cigarrillo con la destreza de otro tiempo. La consumación aún se demoró: no daba con un mechero. Ni un solo pensamiento disuasorio, ni el más mínimo atisbo de duda, cruzó mi mente en el intervalo. No había marcha atrás. Y si del cielo hubiesen enviado un rayo para impedírmelo, habría aprovechado la descarga para encender el cigarro y dar una última calada antes de achicharrarme. Al final, tras abrir decenas de cajones, tuve que encenderlo con la hornilla de butano. La primera calada me asqueó. La segunda, también, así que me vi obligado a recolocar las piernas para buscar un apoyo más firme. Fue a la tercera. Sentí de repente que el cuerpo se reanimaba, que los órganos despertaban tras un largo y penoso letargo. La psique, cuyas aguas llevaban meses embravecidas, se equilibró. Expulsé el humo por la nariz. Había recuperado la cordura.

II

A pesar de todo, sigo siendo exfumador. Lo soy aunque fume, del mismo modo que un alcohólico es alcohólico aunque no beba. Lo seré para los restos; durmiente o en activo, pero exfumador de por vida. Una vez abrazado, el vicio no te abandona, reconfigura tus células, que en adelante permanecerán inclinadas hacia esa mala costumbre, en este caso, hacia la mala costumbre de no fumar. Ahora mismo parece impensable: me encuentro fuerte, decidido. He comprado tabaco para un mes, un saco de boquillas y tres mecheros. Pero las tentaciones y los momentos de flaqueza volverán, lo sé, porque la carne es débil, especialmente la mía, y porque el vicio es una amante con vocación de esposa que no se contenta con escarceos puntuales, que nos demanda por entero para sí. Hay que estar prevenidos: no olvidar nunca, ni siquiera en los ratos de euforia, que nuestra naturaleza está truncada. De lo contrario, pasan los días, te relajas y, antes de que puedas reaccionar, has hecho del desayuno la comida más importante del día, te has vuelto abstemio o sucumbes, una vez más, a la idea de abandonar el tabaco. Fumar, como todo lo que es bueno, es también precario. Se requiere mucha perseverancia para convertir un bien concreto en virtud.

III

La vuelta ha tenido la emoción, pero también las complicaciones, que impone la clandestinidad. Y si lo llevo en secreto es para que no se enteren mis hijos mayores, que obviamente no leen El Debate ―tienen ocho y nueve años y son, por otro lado, más bien progresistas―. La admiración que desde siempre me profesan raya en lo idolátrico desde mi apostasía. Su padre ya era perfecto, pero entonces deja el tabaco y, en un milagro metafísico, logra sobrepujarse, mejorar lo inmejorable. Ahora temo que lo descubran y lleguen a la conclusión de que no estoy a la altura de mí mismo. Las derivadas del hallazgo son pavorosas. Además, a lomos del fanatismo de sus pocos años, se han vuelto despiadados, regañones. He tenido que corregirles en un par de ocasiones porque amonestan con desfachatez a los adultos que felizmente humean, y lo hacen con argumentos de primero de Primaria, con razones que suscribiría cualquier exfumador recalcitrante.

Será por eso, por la severidad de mis hijos, que he regresado con cierto sentimiento de culpa y a hurtadillas, furtivo como un adolescente. Si bien el alumbramiento del nuevo yo se produjo en Osuna, el mismo 27 nos marchamos a pasar el fin de semana a Fuengirola. Y aunque nunca ha sido la costa malagueña un lugar de mi predilección, la reciente pacificación de mi espíritu me hizo verla con mejores ojos. Por la noche, después de servir la cena a los niños, salí al patio y me embosqué en el hueco del tendedero. Sería el segundo cigarro. Había amasado tantas ganas y me lancé con tanto apresuramiento, que las piernas me flaquearon y sentí ganas de vomitar. Sin embargo, el malestar no logró privarme de la ilusión de verme convertido en un novato.

Al día siguiente la dinámica se repitió, solo que en el contexto del desayuno. Esta vez me dirigí al paseo marítimo. Acomodado en el pretil, con los pies colgando sobre la arena, cegado por el reflejo del sol en el Mediterráneo, me dispuse a fumar el primer cigarro del día, el de alborada, del cual todos los demás son, como sabe cualquier fumador de ley, epígonos decepcionantes. Procedí con cariño, deteniéndome en los preliminares, en el pellizco a la altura de la boquilla, en el prensado del tabaco, en el alisado del papel. El hecho de que el viento de poniente me obligara a encenderlo bajo la camisa no impidió el gozo inenarrable de aquella gloriosa fumada.

Con todo, el exfumador que llevo dentro estaba aún demasiado cerca de la superficie. Al cruzarme de vuelta al chalé con una pareja de corredores, me dio la impresión de que me lanzaban una mirada desaprobatoria. Tal vez intuyeron en mí al paseante, al demorado fumador. Unos metros después topé con un rebaño de británicos golfistas. Estaban en la acera del hotel Occidental, pasando sus macutos al chófer que, con la diligencia de un caddie, colocaba los bultos en un carro enganchado al microbús. Uno de ellos ―pálido, pelirrojo, en la cincuentena― reparó en mí con un gesto asqueado, como si supiera lo que acababa de hacer, como si el humo se hubiera quedado formando una nube por encima de mi cabeza. Otro inglés, algo mayor, ya completamente encanecido, amagó con saludarme, pero se arrepintió sobre la marcha y bajó la cabeza con desaliento, supongo que dándome por perdido. A la salud de unos y de otros me fumé el tercer cigarro del día, apurándolo hasta quemarme el bigote.