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Caja de las Letras

La decadencia de la Caja de las Letras del Cervantes: de gigantes como Unamuno y Vargas Llosa a Nazario y Garrocho

Entre la custodia del patrimonio literario y la expansión de gestos simbólicos e identitarios, el archivo del Instituto Cervantes abre el debate sobre sus criterios de selección

La Caja de las Letras del Instituto Cervantes se concibió en 2007 con el fin de custodiar el patrimonio intelectual. Fue el escritor y premio Cervantes Francisco Ayala quien inauguró el depósito cultural con una carta manuscrita y un legado personal. Con el paso de los años, el proyecto, que nació como un sanctasanctórum de la cultura escrita, ha derivado en una mezcla de cápsula del tiempo sentimental, museo de la fama y buzón institucional.

La pregunta ya no es qué merece entrar en la Caja de las Letras, sino qué objeto cotidiano falta todavía por depositar. El último elemento incorporado en este enclave cultural ha sido la primera traducción al hindi de El Quijote, realizada por la hispanista india Vibha Maurya.

Vibha Maurya durante el registro de su legado en la Caja de Letras del Instituto CervantesEuropa Press

Desde 2018, bajo la dirección de Luis García Montero, se han intensificado las críticas por las inclusiones en la Caja de las Letras. Diversas voces cuestionan la orientación de la institución y advierten de una utilización política del espacio.

Hace apenas un año, con motivo del Día del Orgullo LGTBI, se incorporó el legado del dibujante Nazario Luque, considerado pionero del cómic de temática homosexual en España. El Instituto Cervantes lo presentó como referente del cómic underground español, obviando la deriva pornográfica con alto componente violento y gore de Nazario.

En sintonía con la política cultural del Gobierno actual, el enclave y la institución han asumido una deriva ideologizada. Diversos legados, objetos y tributos diluyen la presencia de grandes nombres de la cultura en español como Machado, Delibes, García Lorca, García Márquez, Vargas Llosa o Unamuno. Personalidades de alto calibre que chocan con nombres desconocidos como Carmen Balcells, Roque Dalton o Diego Garrocho.

Legados cuestionables

La presencia del legado sefardí, desde 2024, ha sido concebida como un paso más del Gobierno hacia la Leyenda Negra, aceptando la idea de una España históricamente intolerante y oscura. Las principales críticas se han dirigido al uso ideológico del Instituto Cervantes, observando estos actos simbólicos como una estrategia que prioriza la corrección política sobre la excelencia académica.

El legado se compone de una carta, tres cedés, las actas de los cuatro congresos internacionales sobre la lengua judeoespañola organizados por la Comunidad Israelita de Salónica, el acta de la posguerra y un juego de llaves.

Legado sefardíInstituto Cervantes

En el mismo sentido va la recepción del legado de la llegada del pueblo gitano en diciembre del pasado año. Este hito levantó ampollas por el riesgo de estereotipos y, según voces críticas, una visión histórica sesgada. García Montero se valió de la reparación como excusa para la agenda de la institución.

En la Caja se incluyeron un cesto típico, la bandera y una lectura de un poema de Romancero gitano, de Federico García Lorca, el primer documento en el que se reconoce la entrada del pueblo gitano en España, y la carta del rey Felipe en la que aceptó ser padrino de honor de los actos del aniversario.

El legado gitanoInstituto Cervantes

El legado de la Agencia EFE y el legado de los lectores anónimos también han sido vistos con malos ojos. La presencia de los manuales de estilo y la cinta de teletipo de la primera es vista como material de oficina que ya existe en miles de bibliotecas y no aporta nada único a la cámara.

La caja para lectores anónimos, al no pertenecer a nadie relevante, se argumenta que es un gesto romántico pero vacío de contenido histórico o artístico real.

Objetos irrelevantes: la inflación del archivo

La presencia de objetos de escasa relevancia patrimonial o vinculados a elementos estrictamente personales ha alimentado la crítica sobre la deriva de la Caja de las Letras hacia un archivo cada vez más centrado en la anécdota que en el legado intelectual.

Entre los casos más citados figura la boina de Carmen Martín Gaite, incorporada como objeto personal de la autora, un ejemplo recurrente en las críticas sobre la transformación de la cámara acorazada en espacio de memorabilia literaria.

Legado de Carmen Martín GaiteInstituto Cervantes

En la misma línea se sitúan las recetas de cocina depositadas por el escritor Juan Marsé, presentadas como parte de su universo personal, lo que algunos críticos interpretan como un desplazamiento del foco desde la obra literaria hacia elementos domésticos.

En ese mismo registro se encuadra el denominado «legado de los vicios» del Marqués de Tamarón (Santiago de Mora-Figueroa), que incluyó un paquete de tabaco Ducados, un bote de café de Abisinia y vitaminas.

Legado de Santiago de Mora y FigueroaInstituto Cervantes

El conjunto ha sido leído en clave ambivalente: desde una posible decadencia de la aristocracia cultural hasta una mofa deliberada a la solemnidad institucional, al convertir una cápsula del tiempo en un estante de gasolinera.

A ello se suman objetos de uso cotidiano como gafas, plumas estilográficas o cuadernos personales sin contenido literario específico, elevados en ocasiones a la categoría de legado por su mera vinculación biográfica con determinados autores.

El resultado de La Caja de las Letras, según sus críticos, es un archivo cada vez más difuso, en el que la frontera entre patrimonio cultural y memoria personal se vuelve difícil de delimitar.