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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

El exuberante caribeño y el adusto alemán

La Filarmónica de Nueva York, en otro tiempo manejada con puño de hierro por Kurt Masur, interpreta salsa, estos días, de la mano de Dudamel; dos personalidades muy distintas, también ante el impulso de la libertad

Kurt Masur

Kurt MasurAP

Cada época tiene sus propias necesidades y representantes. Gustavo Dudamel, en el inicio de su nueva relación como director musical de la Filarmónica de Nueva York, se ha llevado ahora a la orquesta al Bronx. Allí sus integrantes se mezclaron con un exuberante conjunto de salsa, poniendo a bailar al público, compuesto en su esencia por hispanoamericanos, gracias al impulso contagioso de los ritmos caribeños.

Quién sabe, quizá en una próxima temporada hasta programen como uno de sus solistas invitados a Bad Bunny, en la sede de Lincoln Center, donde podría presentarse con una esmerada recopilación de sus grandes hits en suntuosos arreglos orquestales para matizar sus orígenes plebeyos. Las letras permanecerían igual: muchas no se entienden, y si no ocurriera así, aún peor para los espíritus sensibles.

Incluso puede que los abonados de la agrupación, sobre todo esos nuevos adeptos a los que se persigue con toda suerte de guiños cómplices, acojan con auténtico fervor al nuevo ídolo musical de masas. Todo resulte por la ansiada renovación del público.

Mientras prueba a ensanchar la base de su madura feligresía con este tipo de ganchos, lo que se desconoce a esta hora es si Dudamel también tuvo tiempo para acercarse hasta la prisión de la Gran Manzana donde se encuentra uno de sus grandes benefactores de otra época no tan lejana, Nicolás Maduro, para mostrarle solidaridad, aunque fuese de modo simbólico

Lo cierto es que, desde la caída del dictador venezolano, a Gustavo Dudamel no se le ha conocido declaración alguna o idea, más allá de algún lugar común (el deseo de que todo se solucione de manera positiva) acerca de lo que pueda acontecer en el inmediato futuro de su patria. Fiel a su discreta personalidad privada, mantiene un ambiguo silencio, pues lo suyo no son las proclamas políticas sino el arte, como ha manifestado en varias ocasiones cuando se le requiere sobre cuestiones tan enojosas.

Masur, el alemán adusto en la Filarmónica

En otro tiempo, no tan lejano (el año pasado, por diciembre, se cumplió una década desde su fallecimiento), en la Filarmónica de Nueva York recaló Kurt Masur, un recio maestro alemán con otro estilo, actitud y talante muy distintos. Poseía fama de serio y adusto. Una vez, mandó a callar al público durante un concierto de la orquesta. Como observó que seguían con las toses, detuvo la interpretación y se marchó de la sala. Únicamente, después de varios minutos, aceptó regresar para completar la interpretación de la Quinta de Shostakovich, ya en silencio.

Yo lo traté en una sola ocasión. No era precisamente un dechado de simpatía. Grande como un oso, con esa mirada inquisitiva, podía resultar incluso amenazador sin dejar de mostrarse cortés.

El director de orquestra Gustavo Dudamel

El director de orquestra Gustavo DudamelEuropa Press

Después de los no muy alentadores, para el conjunto americano, periodos de Pierre Boulez y Zubin Mehta, que le habían aportado básicamente una mayor apertura en el repertorio y ciertas dosis de glamur, cada uno por separado, por fin parecía haber llegado alguien dispuesto a trabajar. Lo cual no siempre genera entusiasmo (las más de las veces, todo lo contrario).

Con su escasa paciencia para las frivolidades, Masur casi obró el milagro de domeñar a los músicos neoyorquinos, bien instruidos sobre cómo manejar a los directores a su antojo para rendir lo justo. No lo tuvo fácil. La gerencia de la orquesta se puso de parte de los profesores, como suele ocurrir, pero aquel obstinado teutón supo imponerse a la larga porque suya era la principal razón inatacable, la única justa y verdadera, la calidad artística.

Los exprimió más y mejor, y aunque no siempre se le reconoció (al menos en ese momento), el nivel de la orquesta subió. Incluso volvieron a grabar discos. El nuevo titular se trajo a un ingeniero para que mejorara las condiciones acústicas del Avery Fisher Hall. Inició las retransmisiones semanales de los conciertos por la radio, creó un propio sello discográfico para difundir los registros de la agrupación, amplió el número previsto para los ensayos agotando el tiempo de cada sesión, multiplicó las giras con viajes constantes, …

Kurt Masur

Kurt MasurAFP

Tanto sofoco propició un periodo turbulento en lo laboral, pero a cambio la Filarmónica volvió a sus mejores años, casi los de Bernstein, según reconocerían más adelante los críticos durante el tardío descuento de los obituarios.

Las lecturas que Masur ofrecía de su repertorio más fiable (las grandes obras de los principales representantes del sinfonismo centroeuropeo) poseían ese punto de solidez, en ocasiones quizá demasiado granítica, que tanto convienen para poner en pie magnos edificios como las catedrales sonoras de Bruckner.

Leonard Bernstein en los años 50

Leonard Bernstein en los años 50GTRES

A veces más que dirigir parecía estar impartiendo una lección de kárate a través de aquella gestualidad seca, parca, precisa. Pero lo fundamental era que sabía perfectamente desde dónde partir y hasta dónde llegar, algo que pocas batutas, sobre todo entre las más jóvenes, suelen tener claro muy a menudo.

El sonido que obtenía de sus orquestas, mayormente la histórica Gewandhaus de su buena época en Leipzig, cuando grabó ciclos como el de las sinfonías de un Beethoven rocoso, enérgico, plenamente romántico, antítesis de las interpretaciones desnatadas que tanto parecen gustar hoy, se distinguía por su densidad, firmeza y precisión.

Gewandhaus de Leipzig

Gewandhaus de Leipzig

Desde luego no era un mago de la agógica como Kleiber, carecía de su poesía y elegancia, pero los resultados obtenidos eran más que convincentes, y el coloso de Bonn emergía plenamente reconocible en su aspecto más titánico, agreste y combativo.

Fuera de sus prestaciones en el podio, Masur, que había comenzado sus días como humilde electricista antes de dedicarse plenamente a la música, escalando posiciones en la Alemania Oriental, llegaría a convertirse en una suerte de referencia moral durante los estertores de aquella satrapía, en la época crucial para el derribo de las murallas físicas y mentales.

El antiguo defensor a ultranza del nefasto Erick Hoenecker, último caudillo del socialismo realista germánico, sintió un día la próxima llamada de la democracia liberal. Nunca es tarde.

En vez de cerrar los ojos, y seguir disfrutando de los cómodos privilegios reservados a los adictos bien situados, la elitista casta oficial, se bajó de aquella torre erigida sobre notas para comprobar por sí mismo los padecimientos de sus compatriotas. Esos que en algunos casos no dudaban en arriesgar las vidas para escapar de aquel mal sueño importado desde Moscú.

Ofreció un refugio a los opositores

Decidido a actuar, primero abrió las puertas de la venerable Gewandhaus a los manifestantes que marchaban contra el régimen, cuando corrían serio peligro de ser masacrados en plena calle.

Les proporcionó refugio, aliento y luego, como un recién descubierto Moisés, empleó su reconocida autoridad para señalar el impostergable nuevo horizonte. Aunque la estatura física, como el propio compromiso ético, le aproximaban seguramente mejor a la encarnación ideal de un Sarastro, sumo líder espiritual en La flauta mágica mozartiana, para situarse al frente de las protestas públicas que exigían la plena autonomía individual sin más demora, tutelas ni atajos.

Erick Hoenecker

Erick Hoenecker

Su actitud en esos días pareció calar hondo en las conciencias de sus antiguos camaradas, que ya no disponían de mucho más crédito, aunque controlaban al ejército. De una parte y de la otra llegarían hasta a reclamarle, poco después, que se convirtiera en el presidente de la nueva Alemania, un símbolo de la recobrada hermanad entre aquel pueblo involuntariamente escindido por el veneno de las ideologías. No hubo lugar. Logrado el objetivo, prefirió marcharse y buscar otros retos en el nuevo mundo.

Algo interesante debió encontrar este hombre al otro lado del charco cuando, ya retirado de sus obligaciones musicales, Masur acabó sus días residiendo en Greenwich, el plácido cobijo más allá de Manhattan donde también suelen morar los aprendices de brujo de Wall Street.

Quizá fuese el sugestivo aroma, plenamente instaurado, de esa misma libertad que él pareció no echar de menos durante una época larga, pero que al final, de una manera u otra, siempre termina llamando a la puerta de los espíritus nobles, sabios y justos.

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