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Abelardo Linares

El presunto Chaves Nogales de Andrés Amorós

Respuesta a Andrés Amorós sobre la autoría de Guerra total y la atribución de sus relatos a Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves NogalesWeb de Manuel Chaves Nogales

Andrés Amorós acaba de publicar en el El Debate un artículo-ensayo que lleva por título El presunto hallazgo de nuevos cuentos de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil. En literatura, no hay más remedio que reconocerlo, hablar de presunto hallazgo o de presunto autor no es hablar de algo que sea jamón, y bien pudiéramos, tanto el muy ilustre y sabio Andrés Amorós como yo mismo, estar pinchando en hueso; expresión esta que, pese a su negatividad, seguramente no molestará a don Andrés, aunque solo sea porque proviene del lenguaje taurino.

Lo primero que quisiera manifestar es que agradezco enormemente el exquisito y caballeroso trato que tiene Andrés Amorós conmigo, tratando nuestro asunto en torno al recientemente aparecido Guerra total. Episodios de la Guerra Civil Española, de un disentimiento o disputa sobre un libro y un autor muy apreciado por ambas partes. La verdad es que, en esto de las polémicas sobre los nuevos relatos de Chaves Nogales, estaba ya un tanto acostumbrado a la descalificación y al infundio, y me ha sorprendido la moderación y el ansia de objetividad mostradas por Amorós.

«Presunto» es un adjetivo calificativo que suele acompañar a los razonablemente sospechosos de haber cometido un delito y no es, por lo tanto, un adjetivo simpático; o, al menos, a mí no me resulta presunta, hipotética o supuestamente simpático. Pero lo importante es que Amorós quiere que sea el lector «quien saque sus propias conclusiones», tras haber aportado él «escuetamente los datos objetivos indispensables».

En mi opinión, Amorós aporta ciertamente un gran número de datos objetivos, pero la mayoría de ellos se refieren a Chaves Nogales en general, no a Guerra total en particular y menos aún a la cuestión de la autoría. Sobre la autoría o no autoría de Chaves, tras hablar de «datos», Amorós no habla luego de «pruebas», para terminar diciéndonos que, «mientras no aparezca algún «testimonio firme» que demuestre que Chaves Nogales escribió estos relatos» o no, se quedará «en la duda» y con la duda. Pero, dado que han pasado noventa años y todos los protagonistas, o supuestos protagonistas, murieron hace muchísimo tiempo, es casi imposible que en el futuro aparezcan testimonios personales firmes, por lo que Amorós puede estar condenado a persistir en la duda y no abandonarla nunca jamás.

Lo que deja claro el estudioso Amorós en su nota final es que a él no le haría ilusión que, finalmente, se demostrara que los relatos son de Chaves Nogales porque, su grandeza no es solo literaria, sino también moral: «denunciar los horrores de los dos bandos, no solo de uno. Pero comprendo que esto les encante a los que están empeñados en reivindicar una República inmaculada que, por desgracia, no existió».

A mi modo de ver, Amorós no solo está equivocado, sino que parece no haber leído con demasiada atención mi epílogo ni haber ojeado siquiera los apéndices finales, que proporcionan información quizás relevante.

Es cierto que, si se analiza, estudia o considera Guerra total desde un punto de vista chatamente político, el Chaves que comparece aquí da la primera impresión de ser un Chaves más a la izquierda que el de seis meses antes: el Chaves de A sangre y fuego. Pero tal cosa tiene mucho de ilusión óptica, por no llamarla ilusión ideológica. Pese a que en Guerra total no se nos presente el autor como anticomunista y antirrevolucionario –además de antifascista– en ningún prólogo, y aunque los relatos tengan un sesgo decididamente republicano, Chaves sigue estando, personalmente, desde el punto de vista moral, exactamente en el mismo punto o lugar que en el libro anterior.

Imagen del libro Guerra total, de editorial Renacimiento

Imagen del libro Guerra total, de editorial RenacimientoEl Debate / EFE

Buena prueba de ello es el editorial del primer número de Madrid, escrito sin duda alguna por Chaves Nogales. En él se nos dice, justa y exactamente, que Madrid es obra de un grupo de periodistas republicanos que no tienen dudas en la victoria militar de la República –acaba de conquistarse Teruel–, pero sí «dudas más íntimas y graves acerca del futuro de la democracia en España». ¡Dudas íntimas y graves sobre el futuro de la democracia en España el 30 de diciembre de 1937 y expresadas por un republicano convencido! En esas palabras está el Chaves más íntimo, verdadero y ejemplar.

Y unos párrafos más adelante se nos dice todavía: «Somos libres, absolutamente libres. Y lo pregonamos aquí públicamente, porque esta libertad total e íntegra nos permitirá, en cualquier momento, dar un alto a nuestra incondicionalidad… cuando vislumbremos desvíos personales del recto y sagrado camino de la lealtad y la hombría de bien».

¡Suspender la incondicionalidad si vemos actuaciones políticas que no nos gustan! ¡Qué maravilloso programa, deseo o ideal! ¡Eso sí que es espíritu democrático! ¡Ya quisiera yo que se suspendiera más a menudo la incondicionalidad partidista en la España de hoy! Porque, además, aquí se nos revela algo de lo que hasta ahora muchos –a la derecha o a la izquierda de la derecha o de la izquierda– no se habían dado hasta el momento cuenta: que Chaves no es, ni mucho menos, un tibio, un desengañado o un equidistante, sino alguien dispuesto a no ser eternamente un incondicional de cualquier cosa que hagan los suyos… por muy mal que hagan las cosas los demás.

II

El capítulo más medular o mollar de la intervención de Amorós es, sin duda, el intitulado «Una duda razonable», aunque al final Amorós nos presente no una, sino dos o tres dudas que supone él razonables, pero que tal vez no estén lo suficientemente razonadas.

El capítulo empieza preguntándose Amorós si Chaves es el autor de los relatos de Guerra total y respondiéndose, a continuación –o al instante, sin una pausa para la reflexión–, que «no está claro». Y no le parece claro, en primer lugar, porque según su percepción, más psicológica que filológica, yo afirmo la autoría de Chaves Nogales rotundamente, pero deslumbrado o engañado por el entusiasmo que siento. Y, en segundo lugar, porque Yolanda Morató, que es una gran especialista (hablaremos luego de ello), no duda como Amorós.

Ella lo que hace es «negar» –un tanto ferozmente, y sin pruebas, si se permite mi punto de vista– que los relatos sean de Chaves Nogales, afirmando repetidamente –incluso en el título– que Guerra total es, ni más ni menos, que el «gran bulo literario del año». Pero no se queda ahí; aún más, termina la catedrática Morató propinándome alguna «lindeza» («Guerra total debería haberse publicado en la colección dedicada a la piratería que tanto divierte a su editor») y acusándome de «mercadear con la mentira» e incurrir, incluso, en el código penal: «Dado que los derechos de gran parte de estos autores siguen aún vigentes, nos encontramos no solo ante una falsa atribución, sino frente a un posible delito contra la propiedad intelectual». Las imputaciones son, notoriamente, mucho más voluminosas que los argumentos aportados para sostenerlas.

Manuel Chaves Nogales, en una imagen facilitada por la editorial Espasa en 2011

Manuel Chaves Nogales, en una imagen facilitada por la editorial Espasa en 2011EFE

Andrés Amorós, con notable ecuanimidad o equidistancia y exageración monumental, nos llama a la catedrática Yolanda Morató Agrafojo y a mí –que ni siquiera terminé la carrera de filología, ya que me faltó una asignatura– «gran especialista». Para Amorós, tengo al parecer la pequeña tacha de ser un «entusiasmado», mientras que en su colega académica no ve ninguna falla ni ningún fallo. Siento disentir, pero para mí la que está enormemente entusiasmada, muchísimo más que yo –por todo lo que dice y por cómo lo dice–, es Yolanda Morató. Curiosamente, pese a tratar el texto de la catedrática Morató, casi monográficamente, de cuestiones de autoría, lo escrito por ella coincide en varios pasajes muy característicos con lo publicado dos días antes por el escritor Juan Bonilla en la excelente revista digital Jot Down, lo que también está relacionado con la interesantísima cuestión de los problemas de autoría.

Andrés Amorós da por bueno todo lo que la doctora y catedrática Morató afirma en su artículo: Guerra total: El gran bulo editorial del año, pero considera que yo me dejo llevar por mi entusiasmo y no por mis argumentos, para, a continuación, manifestar que él es solo un lego en la cuestión y que «¡Líbreme, Dios, por cierto, de entrar en estas agrias polémicas!». Pero lo dice como quien le ruega a Dios que le libre de gastar un solo euro en juegos de azar, mientras lo pide apostando en la ruleta del Casino de Montecarlo.

III

Volviendo de nuevo a la «duda muy razonable» de Andrés Amorós –que tal vez sean tres–, lo primero en lo que reparamos es en que no son exactamente dudas, sino reflexiones críticas que pretenden poner a prueba mi pretensión de que los relatos de Guerra total pertenezcan por entero a Chaves Nogales.

La primera duda que nos propone es: «¿Por qué iba a publicar con seudónimo Chaves Nogales estos cuentos en París, en 1937, sin temor alguno a una posible represión?». Y la segunda: «Si hubiera querido usar un seudónimo, ¿por qué no se inventó uno, con lo fácil que es, sino que utilizó los nombres reales de escritores conocidos, amigos suyos, o sus seudónimos?».

A continuación de esas dos preguntas –facilísimas de responder, pero a las que no encuentra respuesta razonable: «No alcanzo a comprender la razón…»–, Amorós nos dice: «Pero esto me plantea una nueva pregunta: si Chaves Nogales no escribió estos cuentos, ¿por qué se parecen a los de A sangre y fuego?».

Cubierta de 'A sangre y fuego', de Manuel Chaves Nogales

Cubierta de 'A sangre y fuego', de Manuel Chaves NogalesLunwerg

Dado que Amorós no ha hablado antes de «pregunta alguna», no tiene sentido lo de «nueva pregunta», y nos vemos obligados a suponer que en realidad se trata de una tercera duda, pero esta vez con respuesta. La respuesta consiste en afirmar que, en 1937 y 1938, «los relatos breves sobre episodios reales constituían un género literario que tenía éxito» y que, «por supuesto, A sangre y fuego con su gran calidad, había contribuido a popularizarlo». Por tanto, dada esa popularidad, «no parece inverosímil que Chaves decidiera crear, en la revista Madrid, una sección dedicada a ese género y que animara a escribir relatos de esa línea a algunos escritores amigos suyos, que estaban entonces cerca de él». Intentaré dar una respuesta personal y alternativa a las dubitaciones de don Andrés Amorós.

Por lo que entiendo, Amorós pone en duda que hubiera una razón razonable para que Chaves Nogales utilizara seudónimos viviendo en París y no teniendo, por lo tanto, «temor alguno a una posible represión». Sin embargo, no tiene sentido plantearse siquiera la posibilidad de que Chaves usara seudónimos en París por un miedo concreto y personal, ya que firmó, en ese mismo tiempo, una enorme cantidad de artículos con su nombre y apellidos.

Como cuento en mi epílogo (pág. 216) –el cual no queda claro que Amorós haya leído–, en el semanario República se publica el relato de A sangre y fuego «¡Viva la muerte!», firmado por Juan Martín. En una entradilla anónima a dicho relato se nos dice que el autor es «un periodista que oculta su personalidad bajo seudónimo por temor a las represalias que las hordas facciosas tomarían contra el escritor, en las personas de sus familiares retenidos en territorio faccioso». Pero, dado que en el semanario Madrid aparecen dos relatos firmados por Manuel Chaves Nogales y varios artículos, no podemos pensar que tras el uso de los seudónimos haya ningún tipo de temor.

Amorós parece, asimismo, poner en duda el mero hecho de que Chaves Nogales utilizara seudónimos, por la razón que fuera, abriéndose así a la posibilidad de que no los usara y de que fueran, por lo tanto, los firmantes de los cuentos sus verdaderos autores. Sin embargo, de que Chaves Nogales usara realmente seudónimos en Madrid, no puede dudarse. El propio Amorós lo reconoce, pues él mismo es quien nos dijo unos párrafos antes: «Chaves Nogales usó el seudónimo Juan Martín» (fácilmente relacionable con su personaje Juan Martínez)».

Amorós se pregunta, por lo tanto, algo que ya conoce –aunque no lo recuerde– a propósito de los seudónimos: «¿Por qué no se inventó uno, con lo fácil que es, sino que utilizó los nombres reales de escritores conocidos…?». Pues sí, se inventó uno: Juan Martín… y otros siete más. La verdad es que la pregunta que debiera, o al menos podría, haberse hecho Amorós es: ¿por qué en Madrid firma Chaves Nogales como Juan Martín un relato –«Bigornia»– que en varias revistas americanas había ya aparecido firmado como Manuel Chaves Nogales, cuando también en Madrid aparecería, dos semanas más tarde, otro relato más –«Los caballistas»–, también de A sangre y fuego, firmado por Manuel Chaves Nogales? Esa es la madre de todas las preguntas que uno debería hacerse acerca de los seudónimos empleados en Madrid.

Imagen de archivo de Manuel Chaves Nogales

Imagen de archivo de Manuel Chaves NogalesEuropa Press

Se pregunta Andrés Amorós por qué razón Chaves Nogales, si de verdad hubiera querido usar un seudónimo, no se inventó uno solo en lugar de siete (cinco de ellos de escritores colaboradores de Madrid). La posible respuesta la aventuro en las páginas 229-230 de mi epílogo. En ellas vengo a decir que Chaves Nogales no quiso usar un seudónimo, sino utilizar varios seudónimos, empezando por el de Juan Martín. La pregunta correcta que debemos hacernos, en mi opinión, no es por qué Chaves quiso utilizar seudónimos, sino para qué. ¿Para qué? Pues para ocultar que todos los relatos aparecidos en Madrid estaban escritos por la misma persona.

La sección narrativa de Madrid, ilustrada por Bartolí, recuerda poderosamente la sección «La novela de Ahora», que se publicó todos los domingos en el diario Ahora hasta el estallido de la Guerra Civil. Se publicaron allí más de trescientas novelas cortas, todas ellas ilustradas por dibujantes de mérito. A Chaves Nogales jamás se le hubiera ocurrido firmar los once relatos de Madrid con su nombre, del mismo modo que no quiso firmar el puñado de excelentes reportajes que publicó en Madrid. Que una misma persona firme «demasiado», o que en el mismo número de una revista colabore varias veces un mismo escritor, devalúa enormemente el interés y la importancia de la publicación; y lo que quería Chaves era que la revista triunfara, alcanzase prestigio y buen número de lectores, no presumir de literato.

Un punto interesante acerca de los cinco escritores utilizados como seudónimo por Chaves Nogales es que ninguno de ellos era, en puridad, narrador, con la excepción de Fernando de la Milla, que había publicado varias novelas cortas de carácter erótico en los años veinte, pero había abandonado después la narrativa, como lo demuestra el hecho de que no se publicara nada suyo en «La novela de Ahora», pese a ser redactor del diario.

Lo auténticamente interesante y revelador es que en Madrid colaboran también varios estupendos narradores, como Julián Zugazagoitia –que emplea su seudónimo habitual de Fermín Mendieta–, Clemente Cimorra y Manuel D. Benavides. Si Chaves Nogales no utilizó sus nombres, sin duda fue, entre otras razones posibles, por respeto a su calidad de narradores. En ello hay, quizás, una interesante y bastante común base psicológica.

Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves NogalesLa Voz

Me atrevería a decir que un poeta apreciable bien podría atreverse, por juego o por otra razón cualquiera, a proponerle a algún amigo suyo que jamás hubiera escrito un solo verso que le permitiera usar su nombre en un poema, pero difícilmente se atrevería a proponerle lo mismo a un poeta de prestigio, por muy amigo suyo que fuera. Algún caso conozco. Seguro que entre los narradores pasa lo mismo.

La única propuesta o hipótesis original de Andrés Amorós tiene que ver, según él nos dice con «el sentido común». De acuerdo a «su» sentido común:

1º, «los relatos breves sobre episodios reales de la Guerra Civil constituían un género literario que tenía éxito y que cultivaban no pocos escritores de los dos bandos». Sin embargo, a finales de 1937 y principios de 1938 no había demasiados escritores que narraran «episodios reales de la Guerra Civil», sino cuentos y relatos de propaganda; ni siquiera en La Novela de Vértice todos los relatos trataron de la guerra ni tuvieron carácter de «episodios reales de la Guerra Civil». Del mismo modo, en la revista Voz de Madrid (París, 1938-1939) se publicó un cuento en cada número, pero no todos ellos versaron sobre la Guerra Civil. Ciertamente, no hubo ningún tipo de publicación durante la guerra que incluyera una serie de relatos tan homogéneos temáticamente y de tan pareja y altísima calidad. Y menos aún hubo revista alguna en la que todos los cuentos publicados llevaran un mismo subtítulo.

2º, el maestro Andrés Amorós sostiene a continuación, para remachar su teoría, que «por supuesto, A sangre y fuego, con su gran calidad, había contribuido a popularizarlo», refiriéndose al imaginado género literario de los relatos breves sobre episodios reales de la Guerra Civil. Tal cosa fue imposible, por la sencilla y concluyente razón de que a España nunca llegaron ejemplares de la edición chilena de 1937. Asimismo, en Francia fue un libro desconocido; gracias a ello pudo publicar dos de sus relatos en Madrid como si fueran una absoluta novedad.

Manuel Chaves Nogales y su mujer Ana Pérez Ruiz

Manuel Chaves Nogales y su mujer Ana Pérez RuizWikipedia

3º, A Andrés Amorós no le parece inverosímil, por tanto, «que Chaves Nogales decidiera crear, en la revista Madrid, una sección dedicada a este género y que animara a escribir relatos de esa línea a algunos escritores amigos suyos». Pero tal cosa, si se piensa un poco –aunque no se lo parezca a un autor de tan amplia y meritoria obra como Andrés Amorós–, es del todo inverosímil.

Si uno quiere abrir hoy en día un restaurante de éxito, ¿querrá que se encarguen de la cocina unos amigos suyos que no saben freír un huevo? ¿Por qué tendría que haber animado Chaves Nogales a escribir «episodios reales» a escritores sin ninguna experiencia en el género narrativo, cuando era también amigo de narradores excelentes como Zugazagoitia, Cimorra o Benavides que, además, muy probablemente tendrían cuentos inéditos disponibles? Benavides, por ejemplo, publicó unos meses más tarde algún relato en la revista Voz de Madrid.

Chaves buscaba la excelencia y quería que el semanario Madrid alcanzara algún prestigio y éxito. ¿Qué sentido tendría para Chaves Nogales pedirles a escritores primerizos la gollería de que le escribieran cuentos de calidad sobre episodios reales de la Guerra Civil? La revista Madrid duró apenas tres meses y el primer relato lo firma Chaves Nogales; ¿en qué momento pudo Chaves pedirle, por ejemplo, a un no narrador como Eduardo Borrás que escribiera los tres extraordinarios relatos que firma con su nombre y con el de Enrique Albrit, imposibles de redactar en un plis plas… o en un santiamén, dado que me gustaría publicar este escrito en El Debate?

IV

Mucho más se podría decir sobre Manuel Chaves Nogales, autor único y verdadero de Guerra total, aparte de lo ya dicho en mi quizás excesivamente prolijo epílogo. Pero no siempre se puede decir todo acerca de un libro ni quizás siempre convenga.

Pero sí quisiera insistir en que la principal y más importante razón para creer que Chaves escribió los ocho relatos desconocidos de Guerra total es que todo en ellos recuerda a Chaves Nogales y se le asemeja. Después de todo, no resulta razonable que uno vaya por el campo, vea salir de un estanque a un ave que tiene el tamaño de un pato, el pico de un pato y los indecisos andares de un pato y que hace cuac, cuac, y que, como uno no simpatiza con los patos, diga que lo que acaba de salir del agua es un águila, una lechuza o un avestruz, pero desde luego no un pato.

La ciudad de Chaves Nogales

La ciudad de Chaves Nogales

A la IA de pago que tenemos en Renacimiento le hemos alimentado con varios miles de páginas escritas por Chaves Nogales, le hemos hecho todo tipo de preguntas y la hemos puesto en toda clase de compromisos. Ella, desde el principio, nos ha asegurado, con una rotundidad del 95 %, que el autor de Guerra total es exactamente el mismo que el de A sangre y fuego.

Nos ha dicho también que en literatura y en libros no hay coincidencias del 100%, que eso no existe, y que, si le pedimos que compare o autentifique dos libros de un mismo autor –por ejemplo, Pío Baroja o Camilo José Cela–, muy probablemente, en algunos casos, la coincidencia estilométrica será menor del 95%. Por lo tanto, si nos pareciera que esa cifra no es suficiente para atribuir Guerra total a Chaves Nogales, tendríamos también que resignarnos a creer que la mitad de la obra de Pío Baroja o Camilo José Cela no es en realidad de ellos, por mucho que nos lo parezca.

Quiero terminar manifestando mi aprecio, pese a lo que pudiera parecerle a un apresurado, por Andrés Amorós, de quien he leído, con gusto y quizás hasta con provecho, bastantes libros. El primero de ellos, hace ya más de 50 años, fue Vida y literatura en Troteras y danzaderas, sobre el excesivamente olvidado Juan Pérez de Ayala, que era un novelista extraordinario. Por cierto, aunque sea una cuestión meramente anecdótica, lo que más me ha sorprendido y desconcertado en este debate con Andrés Amorós es que me haya llamado «polemista»; no porque me moleste en absoluto, que no me molesta –al contrario–, sino porque, si yo dijera de alguien que practica las artes marciales mixtas o que es boxeador aficionado, no querría luego romperle la nariz.

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