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El libro sobre la Escuela de Salamanca.

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Escuela de Salamanca y guerra justa. Vitoria y Suárez ante los desafíos de la guerra de hoy

Controlar los movimientos de los ciudadanos que en su ignorancia, lo quieran o no, se verán compelidos a entregar su libertad para sobrevivir a un futuro amenazador

Vivimos en una jungla sumidos en el ruido ininteligible de un parloteo permanente de cotorras. Como hormigas trabajadoras incansables vamos acumulando reservas en nuestros silos sin reparar en lo que sucede en las copas de los árboles ni a nuestro alrededor. Los depredadores que deambulan por el suelo pueden invadir el hormiguero y destrozar todo nuestro esfuerzo, pero nunca pensamos que entre tantas opciones posibles el oso hormiguero vaya a preferir el nuestro. Se trata de sobrevivir sin pensar. La Escuela de Salamanca vivió en una selva parecida: el descubrimiento de América, las disputas territoriales entre reyes y estados, las guerras en el Mediterráneo con los turcos invasores, los problemas éticos del encuentro con otras civilizaciones… y quisieron regular el caos según los principios éticos extraídos del evangelio, del pensamiento y la tradición de la Iglesia. Posteriormente, la complejidad creciente de los problemas geopolíticos y éticos obligó a los pensadores, que querían alejarse de los postulados de origen judeocristiano, a laicizar y secularizar estos principios. Eran buenas intenciones, urgidos por la crueldad de los depredadores, pero dónde sustentar esos principios: la razón se vuelve débil, blanda, porque se esgrime como arma arrojadiza dependiendo de quién la utilice. El poder de las emociones irracionales, los complejos y el orgullo prometeico sobresale por todos lados. Al final, la guerra se presenta como la continuación legítima de la política por otros medios.

Hubo quien no perdió la esperanza dos siglos antes de que nos sumiera en la depresión Carl von Clausewitz. La base del derecho internacional humanitario actual descansa en el itinerario jurídico marcado por Francisco de Vitoria y Francisco Suárez. Ambos teólogos revolucionaron la doctrina de la «guerra justa» en sus razones para legitimarla, sostenerla y enmendar posteriormente el desastre. Sus ideas son aplicables directamente al análisis de los conflictos contemporáneos. La prohibición de la Carta de la ONU sobre guerras de agresión ideológica o geopolítica; el núcleo de los Convenios de Ginebra también es fruto de esos principios de los salmanticenses: la defensa de los inocentes y civiles (en su época: mujeres, niños, agricultores y extranjeros) solo se toleran si son un efecto colateral e involuntario de un ataque a un objetivo militar legítimo. Prohíbe de forma estricta los ataques deliberados a infraestructuras civiles, bombardeos indiscriminados en zonas urbanas y el uso de escudos humanos en las guerras modernas. Vitoria argumentó que una guerra no es justa si su ejecución provoca males mayores que los que pretende evitar, incluso si la causa inicial era legítima. Este cálculo de costo-beneficio humanitario (que ya esgrimió Clausewitz -Acabar a Clausewitz de René Girard es un libro de obligada lectura para el Siglo XXI, traducido por la editorial UFV) todavía es más pertinente tenerlo en cuenta en la era nuclear. Justifica por qué las potencias internacionales miden sus respuestas militares para evitar una escalada destructiva a nivel global (como una Tercera Guerra Mundial). La objeción de conciencia y la responsabilidad individual es otro de los grandes principios heredados de estos juristas. Es la base de los juicios por crímenes de guerra modernos (como los de Núremberg o la Corte Penal Internacional). La defensa de «solo seguía órdenes de mis superiores» (Arendt: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal así lo recoge) ya no exime de responsabilidad penal individual a los combatientes que ejecutan violaciones de los derechos humanos. En fin, la deuda es impagable, porque por lo menos, ya sabemos, cuándo violamos estos principios, que estamos haciendo algo contra la humanidad. Por eso es tan pertinente el Congreso que se celebró en la Universidad Francisco de Vitoria el 8 y el 9 de junio.

Estamos en circunstancias parecidas, tan solo varían la cantidad de problemas éticos acumulados, las sutilezas jurídicas en las que nos amparamos, y la sofisticada crueldad que causamos sin ver el rostro del otro.

Los argumentos sobre la legitimidad de Lepanto, sobre qué hacer con los rehenes de los otomanos, el conflicto en torno a la propiedad territorial en América, la esclavitud y los daños colaterales de los inocentes, la diatriba entre conquista y defensa y sus razones siguen estando a la orden del día.

Los collares son distintos pero el perro es el mismo. Los mesianismos justificatorios de las guerras no han cambiado. Todos ellos son los sucesivos intentos de una parte de la humanidad de someter a la otra y educarla según principios particulares que pretenden ser universales. La enésima versión de los mitos de hermanos gemelos que se matan entre ellos se quieren hacer históricos. Mesianismos ideológico-políticos de los progresismos que quieren educar a la humanidad, apelando a su versión de cómo tiene que ser esta. En su configuración posmoderna neomarxista: todos tenemos que pensar igual respecto a la diferencia sexual, todos tenemos que ser iguales en derechos -nada que objetar en esto de los derechos- pero enseguida se trueca en la imposición de un igualitarismo feroz que anula las diferencias naturales amputándolas artificialmente. Nuevos totalitarismos envueltos en apariencia democrática se nos imponen sin dejarse sentir. Mesianismo chiita que espera que su Mahdi salga del ocultamiento, para que pueda inaugurarse su misión mesiánica. Mesianismo judío que anhela la paz definitiva en su tierra por la aniquilación de la insoportable amenaza permanente del enemigo. Mesianismo fundamentalista -dicen que cristiano- americano que encabeza la pretensión de acelerar la vuelta del Mesías y que contemplan los sucesos como dispensaciones de Dios para la historia, para que una Nueva Cruzada apocalíptica restaure la paz en los lugares santos, en primera instancia, en la Tierra, después. Todos quieren salvarnos de los otros. Y, por último, un mesianismo tecnocrático, que ante la fortaleza de las autocracias -como la china o la rusa- pretenden saltarse el juego limpio de la democracia para hacer lo mismo que estas. Los que controlan internet, el espacio virtual, las redes sociales, ya no ocultan que su intención orwelliana es dominar el mundo. Su éxito en lo económico (los multimillonarios de Silicon Valley) parece que les autoriza a imponerle a los demás sus paranoias personales, responder a sus propios miedos, e inmortalizarse en el tiempo. Su connivencia con la policía del pensamiento en todos los estados ya está demostrada. Controlar los movimientos de los ciudadanos que en su ignorancia, lo quieran o no, se verán compelidos a entregar su libertad para sobrevivir a un futuro amenazador. Nuevos totalitarismos que no difieren en nada del comunismo, fascismo y nacional socialismo.

Esta situación hacía urgente y necesario un congreso para rescatar los principios fundantes del orden internacional. Hemos logrado no perder la esperanza de ser escuchados, aunque el parloteo de cotorras de los informativos y las redes sociales opaque las voces disonantes de los que tratan de pensar sin sesgos ideológicos cómo salvar el futuro… de nosotros mismos. El enemigo no está ahí fuera, está dentro de nosotros. A lo mejor al momento preventivo de las guerras no hemos llegado a tiempo, pero sí a poner voz las víctimas inocentes, a rescatar del olvido los principios fundamentales del orden internacional, a soñar con los teólogos de la Escuela de Salamanca que la voz de la Iglesia sea escuchada en otros foros. Mc, 7, 15: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre». Hemos puesto en el candelero un último mesianismo no fundamentalista que solo quiere que esperemos con paciencia, que hagamos fácil la vida a los demás, que confiemos en la Magnífica humanidad que se nos ha regalado y en Aquel que nos regaló esta oportunidad de colaborar con él.

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