Las guerras de Britten
Al cumplirse el 50º aniversario del fallecimiento de Benjamin Britten, la ONE recuperará esta próxima semana una de sus obras esenciales, el War Requiem o Réquiem de guerra, testimonio y reflejo de las más hondas contradicciones humanas
El compositor británico Benjamin Britten
Quizá en 1942, cuando ya llevaba tres años cómodamente instalado en Norteamérica, Benjamin Britten llegara a comprender el auténtico significado de la frase que el cardenal Borja le dijo un día a Carlos V: «La guerra, señor, es el remedio de las cosas que no tienen remedio».
De modo que convencido de que sus compatriotas no tenían otra manera de defender su civilización más que empuñando las armas, o quizá movido por la nostalgia del paisaje de las costas de su terruño inglés, la añorada East Anglia, lo cierto es que el compositor más influyente del Reino Unido, al menos desde Elgar (hay quienes incluso sostienen que no hubo otro parecido después de Purcell olvidándose voluntariamente de Delius y Vaughan-Williams), emprendió su particular regreso a Ítaca.
Britten había formado parte del exclusivo grupo de intelectuales, como el poeta Auden o su amor, el cantante Peter Pears, que habían decidido poner a salvo sus aún juveniles posaderas al otro lado del Atlántico, lejos del molesto ruido de las bombas. Pero a veces esos alejamientos permiten al migrante indagar más acerca del lugar al que realmente pertenecen sus raíces, apreciar sus propias carencias y, si pueden permitírselo, retornan al lugar de sus primeros descubrimientos.
A la vuelta, el autor de Peter Grimes tuvo que enfrentarse al rigor marcial de un tribunal de guerra. Aunque con la suerte de que sus magistrados eran británicos, gente juiciosa que no se deja dominar fácilmente por los impulsos ni los dogmas. Allí entendieron las razones de su apasionada defensa para no inmiscuirse en los penosos asuntos guerreros, y lo dejaron libre para ocuparse de sus cosas.
Britten en 1940
«Puesto que creo que en cada hombre está el espíritu de Dios, no puedo destruir, y siento que es mi obligación evitar a ayudar a destruir la vida humana… Toda mi vida la he dedicado a actos de creación (siendo de profesión compositor) y no puedo tomar parte en actos de destrucción… Creo sinceramente que la mejor manera en la que puedo ayudar a mi prójimo es continuando con el trabajo para el que estoy más cualificado por la naturaleza de mis dones y entrenamiento…», pronunció Britten en un discurso que podría servir lo mismo para un panadero.
El tribunal lo dejó ir, y durante el resto de la contienda pudo dedicarse a componer y ofrecer con su participación en conciertos por todo su país algo de consuelo a las almas afligidas por los tormentos propios de aquellos días aciagos. No era mal plan y a él le sirvió para dotarse de un sólido prestigio como músico, creciente con cada nuevo estreno, sin tener que abandonar su acendrado pacifismo.
Así que unos años más tarde, cuando las autoridades decidieron volver a abrir las puertas de la catedral de Coventry, destruida durante uno de los primeros bombardeos nazis, se pensó en él para que compusiera una obra digna de la ocasión. En 1962 se estrenó el célebre War Requiem, o Réquiem de guerra, que al autor le costó tener que librar algunas batallas particulares.
La amistad con los Rostropóvich
Admirado en la URSS, Britten tuvo ocasión de desarrollar una particular amistad con el matrimonio que formaron el célebre violonchelista Rostropóvich y su no menos influyente esposa, la soprano Galina Vishnevskaya, a la que había invitado a cantar en su refugio de Aldeburgh.
Fascinado con el torrente de su voz, y la magnética presencia, el compositor quiso contar con ella para la puesta de largo de su nueva obra. En su personal concepción, el «Réquiem», más que una misa de difuntos debía convertirse en una pieza que mostrara la reconciliación entre las fuerzas discrepantes. Los antiguos enemigos del más reciente conflicto mundial tenían que reflejarse en la nueva obra, para procurar su ideal reencuentro.
Britten, que no era un declarado renovador, pero tampoco componía al modo de Händel, decidió ampliar los límites tradicionales del «Réquiem» para mezclar los textos latinos junto a varios de los poemas de su admirado Wilfred Owen, un joven escritor británico asesinado pocos días antes de que se anunciara el armisticio tras la Primera Guerra Mundial.
Rostropóvich y Britten en 1964
Estableció tres bloques fundamentales, atribuidos a los distintos grupos de intérpretes: el coro, soprano solista y la orquesta principal interpretarían el texto de la misa; por otro lado, se encuentra el coro de niños, que también se sirve de las palabras tradicionales, y, por último, estarían un tenor y un barítono, junto a una orquesta de cámara, que interpretan los poemas de Owen en lengua inglesa.
Para el estreno, el compositor deseaba contar con Vishnevkaya, una soprano rusa. Su propio compañero, Peter Pears, facilitaba la tarea de tener a un tenor británico. La representación alemana recaería en el prestigioso barítono berlinés Dietrich-Fischer Dieskau. Todo muy pensado.
Nadie reparó en que faltara, también, el otro representante fundamental, los EE.UU., que como en su día señaló el filósofo Julián Marías «inauguraron en 1945 una nueva manera de actuación histórica, consistente en terminar una guerra victoriosa sin engrandecerse territorialmente, ni obtener beneficios de los vencidos, sino vertiendo ayudas de volumen desconocido hasta entonces sobre amigos y enemigos contribuyendo así con eficacia desusada a la reconstrucción de un mundo en ruinas».
La declarada intransigencia de los soviéticos
De cualquier manera, la primera intención de Britten naufragó ante la intransigencia mostrada por los soviéticos. La ministra de Cultura de la URSS, Furtseva, con la que el músico se jactaba de mantener una cordial relación, se negó a conceder el permiso para que la mujer de Rostropovich participara en cosa semejante: ¡Una celebración de la paz entre enemigos como los alemanes occidentales, que además tendría lugar en una catedral! Quita, quita…
Las consecuencias de la Guerra Fría no hacían más que enfriar, con su baño de gélido realismo, las nobles intenciones del empeño. Otra vez se mostraba esa faceta contradictoria, tan humana, que antepone los intereses particulares a cualquier señal de una ansiada concordia universal. El «Réquiem», en ese sentido, nacía herido de muerte, aunque como toda obra que busca excavar en el interior de las personas los vestigios de una pretendida altura espiritual mantiene intacta su vigencia, tanto ayer como hoy.
Britten también tuvo que lidiar con algún notorio adversario en sus propias filas. El clérigo encargado de la catedral de Coventry se mostró poco complaciente cuando supo que, para facilitar la interpretación, dándole a la obra su singular carácter teatral, resultaba indispensable situar una mínima construcción que ocultaba parcialmente el altar mayor.
Sus reparos no prosperaron, pero a cambio se permitió una de esas incomprensibles pequeñas venganzas. A pesar de dejar el resto de las puertas abiertas, hizo que el público, que colmó el aforo disponible, tuviera que penetrar en el sagrado recinto solo por una única entrada, lo que demoró el comienzo en varios minutos.
Un retraso que se convirtió en victoria
Pero hasta ese pequeño detalle perturbador se convirtió en una inesperada victoria. El acto se difundió a todo el país a través de la BBC3, y los presentadores no tenían previsto el retraso. Ni siquiera improvisaron. Conectaron en directo y dejaron que la transmisión fluyera sin palabras hasta el inicio mismo de la interpretación.
Hoy seguramente las redes se hubieran inundado de protestas ante lo que se consideraría una chapuza. Neil Powell, en su documentada biografía del creador (Benjamin Britten, A life in music, Ex Libris) refiere que, por el contrario, los comentarios mayoritarios de los oyentes aprobaron la incomodidad como un acierto: ante una obra de tan hondo calado, se hacía preciso disfrutar unos bienvenidos minutos de silencio, como justa preparación previa. ¡Qué público!
Éxito absoluto
El éxito del War Requiem, que esta próxima semana se interpretará en la soberbia temporada de la ONE, la más completa e interesante de cualquier orquesta española este año, fue absoluto. Al año siguiente se hizo la grabación, que entonces ya pudo contar con Galina Vishnevkaya, más los intérpretes originales dirigidos por el propio Britten. Durante los primeros meses se llegaron a despachar 200.000 ejemplares del álbum, todo un hito para un registro clásico, que ha tenido varias reediciones (hay alguna con fragmentos de los ensayos, en los que puede escuchar al propio autor realizar indicaciones).
El tenor Peter Pears
Casi solo Stravinski apareció para decir que aquello era un bodrio. Pero claro, Britten no pertenecía a la más rabiosa vanguardia (tampoco ya el ruso, en ese tiempo). Sobre las condiciones particulares de un encargo concebido para la reinauguración de un templo sagrado, el creador de la partitura declaró: «La música no existe en el vacío, no existe hasta que se interpreta, y la interpretación impone condiciones. Lo que no significa que el compositor deba escribir tanto para los grupos de presión que reclaman verdadera música proletaria o para los esnobs que exigen los últimos trucos vanguardistas».
En ese justo equilibrio se inscribe prácticamente toda la obra de Benjamin Britten, la razón de su éxito. Cincuenta años después de su muerte, puede afirmarse lo que el gran Fischer-Dieskau, uno de los participantes en aquel estreno, escribió algún tiempo después: «Compuso una música accesible para el oyente y con ello hizo posible que los hombres de su época procedentes de ambientes muy diversos, se aproximaran a su obra (…) este War Requiem sigue siendo uno de los documentos de sublime inspiración melódica dignos de ser recordados que hablan directamente de hombre a hombre».