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BARCELONA, 09/06/2026.- El papa León XIV abraza a una mujer durante la vigilia que celebra con 40.000 personas este martes en el Estadio Olímpico de Barcelona. EFE/Alejandro García

El Papa León XIV abraza a la joven que le preguntó sobre el mal y el perdón en la vigilia celebrada en BarcelonaEFE

Filosofía para todos

¿Son compatibles Dios y el mal? La respuesta del Papa León XIV en España

El Sumo Pontífice reflexionó en Barcelona sobre un problema que se remonta a los orígenes de la filosofía

Del mismo modo que la existencia de Dios ha sido abordada racionalmente por la filosofía, también han sido muchos los que han tratado de argumentar lo contrario usando la misma herramienta. La idea de un Ser omnipotente y que abarca en sí todas las perfecciones, incluida la bondad, choca con el hecho del mal.

Esta aparente contradicción se conoce como «el problema del mal» y tiene sus raíces históricas en la escuela de Epicuro allá por el siglo IV a. C. A este filósofo se le atribuye esa conocida paradoja que puso en jaque a Dios:

«¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?»

Fiel al estilo escolástico, el mismísimo santo Tomás de Aquino resumió este sólido argumento contra la existencia de Dios en la Suma teológica: «Si de dos contrarios suponemos que uno sea infinito, éste anula totalmente su opuesto. Ahora bien, el nombre o término 'Dios' significa precisamente, un bien infinito. Si, pues, hubiese Dios, no habría mal alguno. Pero hallamos que en el mundo hay mal. Luego Dios no existe».

De san Agustín a León XIV

Lejos de evitar confrontaciones, los grandes pensadores cristianos han tratado de hallar la solución a este problema y defender que el mal no impide la existencia de un Dios bondadoso. San Agustín, gran referente vital del Papa León XIV, ya abordó la cuestión calificando el mal como «la privación del bien», exculpando al Creador de su origen.

Sin embargo, esto no termina de explicar el hecho de que exista el mal. Para abordar la cuestión, el propio Obispo de Hipona indica que encontramos un mal físico fruto de la imperfección propia de lo creado, y su tendencia a la corrupción; y un mal moral que solo es imputable a una mala elección fruto del libre albedrío otorgado por Dios a los hombres.

Esta «justificación de Dios» elaborada por san Agustín es una de las muchas que se han realizado a lo largo de los siglos. Recogiendo ese significado etimológico, el racionalista Leibniz utilizó por primera vez el término «teodicea» en 1710 cuando publicó sus Ensayos de teodicea, sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal, en los que recoge su famosa argumentación sobre la idea de que nos encontramos en «el mejor de los universos posibles».

Más allá del interesantísimo repaso que se puede hacer a todas esas teodiceas, hemos de avanzar hasta la noche del pasado 9 de junio. En la vigilia de oración celebrada en Barcelona con motivo de su visita a España, el Papa tuvo que responder a varios testimonios que hacían verdaderamente humana y terrenal esta cuestión filosófica de Dios y el mal.

Una joven le contó a León XIV cómo su padre trató de matar a su madre cuando ella era niña y le preguntó qué podía hacer para llegar a perdonarle. En su respuesta, el Pontífice aprovechó para seguir la senda marcada por san Agustín y recordar que no es a Dios a quien debemos mirar «si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio».

El Papa elaboró su breve teodicea señalando que Dios «nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad». En ese sentido, sus palabras son muy similares a las de Descartes, quien también asociaba el mal a la falta de prudencia del hombre a la hora de limitar con la razón las decisiones tomadas por el impulso de nuestra libertad.

La mención expresa a la libertad apunta, además, en la misma línea en que lo hacía el padre de la Iglesia. Es a los hombres y sus decisiones libres a quienes hay que atribuir la maldad de muchas acciones por las que solemos preguntar a Dios. Como señala el Papa: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda».

Ya en el terreno de la fe, la teodicea de León XIV recuerda a los católicos que Dios ha concedido dos herramientas más a los hombres para evitar el mal: el ejemplo de Jesucristo y el Espíritu Santo, que debe ser «la clave de todas nuestras relaciones humanas».

El problema del mal no es solo una cuestión filosófica o teológica propia de tratados y argumentaciones. El sufrimiento y el dolor humano nos ponen frente a preguntas que todos nos hacemos alguna vez y para las que fe y razón han tratado de ofrecer respuestas desde hace siglos.

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