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La filosofía se ha ocupado de demostrar la existencia de Dios usando la razón

La filosofía se ha ocupado de demostrar la existencia de Dios usando la razónEl Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

Los dos caminos para demostrar la existencia de Dios

La filosofía ha usado la razón para acercarse al conocimiento de la divinidad y sus atributos

La trascendencia ha sido siempre una cuestión fundamental en la vida del hombre. El ser humano se ha hecho preguntas que van más allá de los límites de lo que podemos conocer por los sentidos. La razón busca horizontes lejanos y allí siempre se encuentra la figura de Dios.

Este planteamiento no tiene que ser necesariamente patrimonio exclusivo de la religión. La filosofía es un instrumento útil para abordar la existencia y la naturaleza de un Ser superior y, por lo tanto, el estudio de la cuestión no puede verse condicionado por prejuicios simplistas acerca de uno u otro credo.

Prácticamente todos los grandes pensadores de la historia han mirado a ese «abismo» que nos separa de Dios, como diría Blaise Pascal, y han tratado de hallar certezas. Así, no son pocos los que han intentado argumentar racionalmente que ese Ser supremo existe. Aunque las pruebas son muchas, todas ellas se pueden reducir a dos grandes grupos: las que son a priori y las que son a posteriori.

La irrefutable idea de Dios

La estructura de los argumentos a priori parte del propio concepto de Dios y trata de mostrar que su existencia está implicada necesariamente en esa idea. Además, que la mente humana sea capaz de concebir el Absoluto es, para algunos filósofos, prueba suficiente de que existe en la realidad.

Encontramos aquí el célebre argumento ontológico que san Anselmo de Canterbury desarrolló en el siglo XI. En el Proslogion explica que si por Dios entendemos «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado», negar que eso existe en la realidad es entrar en contradicción con nuestro propio entendimiento. Si ese «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» no fuese real, no sería lo mayor que se puede pensar porque siempre cabría la posibilidad de pensar en ese mismo ser, pero existiendo.

Siglos después, René Descartes también utilizará un argumento a priori en sus Meditaciones metafísicas para salir del solipsismo y confirmar de manera «clara y distinta» que Dios existe. El padre del racionalismo estudia los tipos de ideas que posee la res cogitans y descubre las innatas. Entre ellas, destaca la de infinito, algo que ni el hombre puede crear, pues es finito y el efecto no puede tener más realidad que la causa, y que tampoco puede conocer por los sentidos... por lo que cabe concluir que «no podría tener la idea de una substancia infinita si no la hubiera puesto en mí una substancia que verdaderamente fuese infinita».

Este camino a priori requiere de una puntualización: como explica el filósofo español Antonio Millán-Puelles, estas pruebas se deberían denominar a simultaneo, puesto que es imposible por definición que haya algo antes de Dios, por lo que la argumentación no parte de nada anterior al propio Él, sino de Él mismo.

El mundo nos conduce a Dios

Como suele ocurrir con la filosofía, los argumentos a priori han recibido multitud de críticas y objeciones. Algunas de ellas provienen de autores que, sin embargo, no negaban la existencia de Dios, simplemente consideraban erróneo el procedimiento que permite pasar del concepto a la existencia real.

Santo Tomás de Aquino es uno de los mayores críticos del argumento ontológico, por ejemplo. En su opinión, aunque el hombre tiene una tendencia natural a Dios, este no es evidente para él. No todo aquel que escucha hablar de Dios llega a la conclusión de que estamos ante «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado». El dominico es, por lo tanto, el gran exponente de los argumentos a posteriori, expuestos en las Cinco vías desarrolladas en la Suma teológica.

Las pruebas del Doctor Angélico parten de la experiencia sensible, de aquello que podemos conocer de una manera simple y utilizan la deducción para alcanzar sus causas últimas. Así, Tomás de Aquino parte del hecho de que las cosas del mundo cambian y son cambiadas por otro para concluir que es imposible una cadena infinita, puesto que no habría movimiento. Por lo tanto, se antoja necesaria una causa incausada, un motor inmóvil, que identificamos con Dios.

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