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'Jane Eyre', de Charlotte Brönte

El Debate de las Ideas

Jane Eyre, elogio de una mujer insignificante

Hay libros que tienen algo de patria chica, lugares a los que regresar con cariño, novelas que, pasado el tiempo, te siguen rondando. Y rara vez sucede que su relectura defraude. Puede ser, en el peor de los casos, que, como aquel paisaje o casa de tu infancia, las dimensiones cambien: aquello parecía entonces más grande, ahora se ve diferente, pero sigue siendo entrañable. Sin embargo, cuando una novela realmente te llama, si notas que te pide volver a leerla, lo que a menudo ocurre es que descubras en ella nuevos encantos. Por eso, habitualmente, la relectura de lo que te conmovió y te reclama suele ser tan agradable.

Uno de esos libros a los que volver es Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Aviso que en este intencionado elogio de una de las novelas que considero clave para la educación sentimental voy a revelar su argumento. Por eso, si Vd. aún no la ha leído, le rogaría que le dé una oportunidad antes que nada. Igual que la relectura de novelas con las que disfrutamos suele suponer una alegría renovada, siento gran envidia por los que leen por primera vez algo: estrenarse con un texto es también apasionante.

Aquella Jane en blanco y negro

Mi primer encuentro con la novela ocurrió temprano. En la España de principios de los 70, la única televisión que teníamos, TVE, emitió un serial que adaptaba el texto. Era una versión más que digna para los medios de la época. La vimos varias amigas del colegio; tendríamos unos diez años. Nos impresionó mucho; a esa edad una se queda con lo más dramático de la historia: la huérfana maltratada —ese miedo tan infantil a quedarte sin el suelo y el techo que son tus padres— y la dosis justa de suspense y miedo con los gritos misteriosos en la mansión de Thornfield, los paseos fantasmales, el incendio en el dormitorio del señor Rochester y la duda constante de si la sirvienta Grace Poole estaba loca (la locura, ya se sabe, es otro de los grandes temores de la infancia). En los recreos comentábamos lo último de Jane Eyre entusiasmadas.

Con dieciséis años leí la novela entera y, desde entonces, he vuelto a ella en varias ocasiones. He visto también distintas adaptaciones al cine (es una de las novelas más llevadas a la pantalla grande): desde la imponente versión de 1943 con Orson Welles y Joan Fontaine —que en España se tituló Alma rebelde—, hasta la lectura más moderna de 2011 con Mia Wasikowska y Michael Fassbender, pasando por la que dirigió Franco Zeffirelli en 1996. Más recientemente he leído la traducción que Carmen Martín-Gaite hizo para la editorial Alba.

Más de cincuenta años después de aquel primer serial televisivo, me siguen fascinando los vericuetos de la trama, aunque lo que de verdad me atrapa es su profundo y auténtico romanticismo y, sobre todo, ella, Jane, una heroína con mayúsculas, una mujer, a mi juicio, de lo más interesante.

El reto de la mujer insignificante

La novela se publicó en 1847 bajo el seudónimo de Currer Bell y arrastra un innegable tinte autobiográfico. Charlotte Brontë volcó en el libro mucho de su propia vida, como bien relata Elizabeth Gaskell en su biografía sobre la autora, Vida de Charlotte Brontë.

Charlotte fue huérfana de madre, padeció las penurias de un severo internado, como lo sufrieron sus hermanas (dos de las cuales, María y Elizabeth, murieron muy jóvenes), conoció la invisibilidad social de las institutrices y vivió un amor secreto por Constantin Heger, su profesor en Bélgica.

Charlotte, por cierto, un dato creo que importante, recibió cuatro proposiciones de matrimonio que rechazó, y contrajo finalmente matrimonio a los treinta y ocho años con el coadjutor y vicario de su padre. Murió a los pocos meses embarazada.

Cuenta Gaskell que Charlotte les reprochó un día a sus hermanas, Emily y Anne, la costumbre de hacer a sus heroínas siempre bellas y fascinantes. Ellas le respondieron que era imposible interesar al lector de otra manera. La réplica de Charlotte fue un desafío: «Os demostraré que estáis equivocadas. Escribiré sobre una heroína tan pequeña y desvaída como yo, que interesará tanto como las vuestras». De ese reto nació Jane Eyre, una auténtica novedad literaria en la época.

Jane, Lisa y la segunda Sra. Winter

A mí me gusta definir a Jane Eyre bajo un concepto muy personal, el de la «mujer-ratón». No lo digo con un sentido despectivo, es justo al contrario. Con este término me refiero a ese tipo de mujeres que, por su apariencia física o su timidez social, pueden pasar desapercibidas en un mundo de fuegos artificiales. Estas mujeres se alimentan de una gran fuerza construida por la paciencia y la constancia, también por la observación de lo que les rodea. La «mujer-ratón» es esa que va haciendo su nidito con lo que encuentra: no pide mucho, no necesita apabullar a nadie y va royendo las dificultades del camino con una terquedad admirable.

La literatura y el cine nos han dado ejemplos maravillosos de esta casta de «mujeres-ratón». Pienso en la Lisa de Carta de una desconocida, la joya de Stefan Zweig, o en la segunda señora de Winter en Rebecca, la novela de Daphne du Maurier, de quien ni siquiera llegamos a saber el nombre. Curiosamente, en el cine, a ambas les dio rostro Joan Fontaine, la misma actriz que encarnó a Jane Eyre en los años cuarenta.

En el ángulo oscuro

En Thornfield, la mansión donde Jane entra a trabajar como institutriz de la pequeña Adèle, hay una escena preciosa que resume esta idea. Jane se coloca en un rincón del salón, escondida tras las cortinas, para contemplar una fiesta de la alta sociedad. Desde la penumbra, ve desfilar a mujeres ricas, guapas y altivas, encabezadas por la bella Blanche Ingram. Es una imagen que recuerda inevitablemente al salón becqueriano, «del salón en el ángulo oscuro».

Pero la discreción de Jane no es cobardía; es el refugio de una mujer con una rica vida interior, una sencilla y profunda espiritualidad y unas ideas sobre la dignidad femenina que resultaban asombrosamente audaces para la época victoriana.

En las páginas traducidas por Carmen Martín-Gaite, Jane reflexiona con una lucidez aplastante: «Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades... Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas impropias de su sexo es fruto de la necedad».

Jane busca su libertad a través del trabajo y el sentido del deber. Es conmovedora su oración cuando se queda sola tras el matrimonio de su protectora, la señorita Temple —«Concededme al menos una nueva servidumbre»—, que no es el ruego de alguien débil, sino la petición de quien sabe que ser útil a los demás, servirles de algo, supone una gran satisfacción.

La verdad de frente

Uno de los motores de la novela es, por supuesto, la historia de amor entre la institutriz y Edward Rochester, el dueño de Thornfield. Es un romance que apasiona porque es real y huye de las idealizaciones cursis, tan frecuentes, por otro lado en cierta ficción romántica y en muchos imaginarios, digamos que populares.

Jane se enamora de un hombre taciturno, impertinente y rudo, y lo quiere viendo perfectamente todas sus aristas. Rochester, por su parte, le juega alguna jugarreta de dudoso gusto, como alentar el flirteo con Blanche Ingram solo para avivar los celos de Jane y forzarla a declarar sus sentimientos. Lleva la situación tan al límite que le obliga a confesarse enamorada hasta los tuétanos, pensando todavía que él se va a casar con otra.

Pero es que, incluso cuando él le pide matrimonio, la declaración que le hace provoca el rechazo en el lector, especialmente en la lectora, que puede llegar a enfadarse y mucho con el personaje: Rochester le llama «criatura rara, pobre, insignificante, pequeña y feúcha»; así directamente se lo dice a la cara en el momento más (supuestamente) romántico. Pero Jane, lejos de ofenderse, anota en su pensamiento que empieza a creerle porque es sincero, «aunque su franqueza rayase con la mala educación». ¿No es como para admirar a Jane?

Ni una mentira… ni otra

Uno de los conflictos de la historia llega en el altar, cuando la boda entre Jane y Rochester se interrumpe dramáticamente. Aparece un testigo que revela el gran secreto: Rochester ya está casado. Su mujer es Berta Mason, una mujer desquiciada, víctima de una locura hereditaria que le ocultaron a él en su juventud, y que vive encerrada en los desvanes de la casa bajo el cuidado de Grace Poole. Desesperado, Rochester le propone a Jane marcharse juntos fuera de Inglaterra y vivir como amantes, ignorando un vínculo legal que para él es una farsa.

Y aquí es donde Jane Eyre muestra su carácter de nuevo. Está destrozada, pero se recompone y dice que no. No huye por miedo al «qué dirán» o a las normas sociales; lo rechaza porque entiende que su entrega solo tiene sentido dentro del matrimonio. Sabe que eso sería aceptar un sucedáneo, por mucho que lo disfrace de romanticismo, y decide huir.

Tras su huida, al borde de la muerte por hambre, Jane es acogida por el clérigo St. John Rivers y sus hermanas en Moor House. El contraste que traza Brontë entre Rochester y St. John es perfecto, todo un tratado no de psicología masculina, sino de psicología femenina.

Si Rochester es el hombre de pasiones, rudo, pero profundamente humano y capaz de arrepentimiento, St. John es la encarnación del deber frío, de una rigidez casi kantiana. Es un hombre entregado a su labor misionera con un corazón de hielo, con una torpeza diferente y quizás más exasperante que la de Rochester.

St. John le propone matrimonio. Quiere llevársela a la India como esposa de misionero. Pero su petición carece de cualquier atisbo de romanticismo o caballerosidad: se atreve a decirle «Dios y la Naturaleza la han creado para esposa de un misionero... Está usted hecha para el trabajo, no para el amor». ¿Cómo, como lectora especialmente, no indignarse ante semejante patán?

La respuesta de nuestra «mujer-ratón» es de nuevo admirable. Jane acepta el desafío del trabajo, se ofrece a acompañarle y compartir las penalidades de la misión, desafiando incluso las habladurías que a él tanto le preocupan, pero se niega en redondo a casarse con él: entiende que casarse sin amor sería una hipocresía monumental, una mentira idéntica a la que habría cometido si hubiera aceptado ser la amante de Rochester.

Esta segunda negativa es un recordatorio de que todo ser humano, por insignificante que parezca, ha nacido para el amor, y que utilizar el matrimonio como una mera herramienta de trabajo es una forma de violencia espiritual. Con todo esto una no puede menos que recordar a la propia Brontë y sus cuatro proposiciones de matrimonio rechazadas.

Querido lector…

El final de la novela nos devuelve la sonrisa. Jane, tras escuchar una misteriosa llamada en los páramos, regresa a Thornfield. Encuentra entonces la mansión destruida por un incendio provocado por Berta, quien murió en el siniestro (sí, es un oportunísimo Deus ex machina, podemos reconocerlo, no pasa nada). Rochester ha quedado ciego y manco, y vive apartado del mundo. En esa situación de vulnerabilidad se produce el reencuentro y, finalmente, esa frase mítica del último capítulo que reconcilia al lector con el destino de la protagonista: «Querido lector: me casé». Con todo, dejar la lectura aquí, en esa frase, sería reducir el libro a un simple folletín con final feliz. El matrimonio no es ni ha sido el motor vital de Jane, tampoco la meta obligatoria que resuelva su vida. Si no se hubiera casado, el romanticismo moral de la historia seguiría intacto.

Lo verdaderamente heroico de Jane Eyre es su capacidad para sufrir sin deslizarse jamás hacia el victimismo. A pesar de los abusos de su tía Reed cuando era pequeña y de las humillaciones en el colegio de Lowood —donde vio morir a su querida amiga Helen Burns, un ejemplo de paciencia y fe (posible recuerdo de sus propias hermanas fallecidas)—, Jane nunca pasa factura a los demás por sus desgracias pasadas. No ir de víctima cuando se tiene toda la razón para serlo es el rasgo definitivo de la verdadera nobleza, también de un saber mirar a la vida románticamente, con lo que de asombro y encanto puede ofrecer a pesar de las desgracias.

Erótica y materna

En un ensayo muy interesante titulado Erótica y materna, la psiquiatra Maria Antonia Migliarese explica que el alma femenina necesita equilibrar dos dimensiones: la materna, entendida como la capacidad de cuidar, acoger y generar vínculos sin asfixiarse; y la erótica, vinculada al deseo, la autonomía, el respeto a uno mismo y los proyectos propios. Jane Eyre maneja este equilibrio de forma magistral. Aunque nunca expresa el deseo biológico de ser madre, ejerce una maternidad espiritual con la pequeña Adêle, la hija de Rochester. Y, al mismo tiempo, su fuerza interior mantiene intacta su autonomía para no convertirse ni en el juguete de Rochester ni en el peón del frío deber de St. John. ¿Que ambos resultan un tanto torpes, chocantes para una mentalidad digamos que mediterránea, donde los hombres son, afortunadamente, más galantes? Es cierto, pero Jane Eyre cuenta cosas universales: podemos ser todos muy torpes cuando amamos.

En una época en la que las novelas de amor a menudo se desprecian, o naufragan entre el erotismo facilón y la cursilería del chick lit actual, clásicos como Jane Eyre son indispensables para una buena educación sentimental. Nos enseñan algo vital y necesario: amar implica conocerse y mirar al otro de frente, verle como es, sin idealizar a nadie, y comprometerse con la verdad de lo que somos y verdaderamente deseamos. Siglo y medio después de su publicación, Jane Eyre sigue contando, aun a su folletinesca manera, algo importante, que resuena en toda mujer, en todo hombre, que quiere ser amado.