Luis Buñuel descubre el cine
El genio aragonés encontró en la Residencia de Estudiantes a Lorca, Dalí y Pepín Bello, descubrió su pasión por el cine y comenzó un camino marcado por la irreverencia, las bromas y la vanguardia
Luis Buñuel en el Festiva de Cannes en 1954
Luis Buñuel, uno de los indiscutibles genios de la historia del cine, había nacido en Calanda (Teruel) en 1900. Vino a Madrid y se alojó en la Residencia de Estudiantes de 1917 a 1924:
« De no haber pasado por la Residencia, mi vida hubiera sido muy diferente».
Se hizo muy amigo de Federico García Lorca, de Rafael Alberti, de Salvador Dalí… Y, sobre todo, de Pepín Bello:
«En seguida simpatizamos Pepín y yo. Primero, porque los dos éramos aragoneses, y, segundo, porque teníamos inquietudes artísticas y vitales parecidas. Nos unía la amistad y una fuerte afinidad… Fuimos amigos durante toda la vida, independientemente de nuestras ideas y de los avatares de los años difíciles».
Eso no impide que Pepín Bello califique – con cariño - la rudeza de su carácter:
«Socialmente, Luis no tenía ninguna penetración, era muy bruto, un burro muy burro…Nació bruto y murió hecho un bruto».
Los miembros de la Orden de Toledo, Hernando Viñes, Lulú Jourdain, Pepín Bello y Luis Buñuel
Y que cuente alguna de las cosas que hacía el joven Luis Buñuel:
«Recuerdo que, al poco tiempo de que llegase Federico, Luis Buñuel se enteró de que corrían rumores que decían que era homosexual. En el comedor, Luis se llevó a un lado a Federico y le dijo: ‘Oye, ¿es verdad que eres maricón?’ A lo que Federico le contestó: ‘Mira, Luis, vete a la mierda’… A los pocos días ya volvían a ser buenos amigos».
Cuando descubrió Toledo, Buñuel quedó fascinado por «su ambiente indefinible». En 1923, fundó la «Orden de Toledo» y se autonombró Condestable; el secretario era Pepín Bello:
«Para acceder al titulo de caballero, había que amar a Toledo sin reserva, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles. Los que preferían acostarse temprano, no podían optar más que al título de escudero».
Cuando el grupo de amigos iba a Toledo, se alojaban en la Posada de la Sangre, en homenaje a Cervantes. Contemplaban la ciudad desde lo alto del campanario de la Catedral. A Luis le fascinaba el gesto del cardenal Tavera, en su tumba…
Carlos Saura y Luis Buñuel en 1982
Hay muchos testimonios literarios y hasta fotográficos de aquellas andanzas por Toledo. Muchos años después, en 1970, cuando Buñuel regresó a España por segunda vez, volvió a demostrar su amor a Toledo en su versión cinematográfica de la Tristana de Pérez Galdós.
Ni en esas amistosas excursiones perdía Buñuel su afición a las bromas pesadas. Cuenta Pepín Bello que, una vez, les pidió a todos los amigos el dinero que llevaban encima, prometiendo devolvérselo en seguida… y se volvió a Madrid, dejándoles sin una perra.
Así era Buñuel. Él mismo reconocía «mi brutalidad habitual». Junto a eso, por supuesto, tenía un talento natural extraordinario, una sensibilidad especial para captar y valorar algunas tradiciones españolas. No era muy diferente del Goya que escribe frases terribles, como pies de sus grabados, y que se expresa con libertad, en las cartas a su íntimo amigo Martín Zapater.
A diferencia de la mayoría de sus compañeros de la Residencia de Estudiantes, Luis Buñuel no tenía claro entonces a qué quería dedicarse. Empezó tres carreras: por contentar a su padre, ingeniero, pero odiaba las matemáticas. Pasó luego a Ciencias Naturales, por su afición —que conservó siempre— a los insectos. Finalmente, se enteró de que en varios países contrataban Lectores de Español y acabó licenciándose en Historia, para conseguirlo. Lo que quería, en realidad, era salir de España, ampliar horizontes, conocer mundo.
Como sus compañeros de la Residencia de Estudiantes y como muchos madrileños, Buñuel descubrió entonces el cine (mudo, por supuesto):
«Íbamos al cine a veces con alguna novia, para poder arrimarnos a ella en la oscuridad, y , entonces, cualquier película era buena; otras veces, con los amigos de la Residencia. En este último caso, preferíamos las películas cómicas norteamericanas, que nos encantaban: Ben Turpin, Harold Lloyd, Buster Keaton, todos los cómicos del equipo de Mack Sennett. El que menos nos gustaba era Chaplin. El cine no era todavía más que una diversión. Ninguno de nosotros pensaba que pudiera tratarse de un nuevo medio de expresión, y mucho menos, de un arte. Sólo contaban la poesía, la literatura y la pintura. En aquellos tiempos, nunca pensé que pudiera hacerme cineasta».
Luis Buñuel en la campana gorda de la torre de la Catedral de Toledo el 10 de mayo de 1936
Igual que muchos de sus compañeros, Luis Buñuel escribía entonces poesía. Había asistido a las tertulias de Ramón Gómez de la Serna. Se sentía cercano a los poetas del ultraísmo, a la vanguardia más exaltada. Colaboraba en La Gaceta Literaria, de Ernesto Giménez Caballero.
En 1923, murió su padre. Luis se sintió liberado: ya podía hacer lo que quisiera. En 1925, surgió una oportunidad de irse a París, como una especie de secretario de Eugenio d’Ors, en una sociedad cultural que iba a crearse. No lo dudó: para allí se fue, con el dinero que le enviaba todos los meses su madre.
En París, conoció a muchos escritores y artistas de vanguardia. En 1926, el pianista español Ricardo Viñes, el mismo que dio a conocer la música de Erik Satie, le ofreció una singular oportunidad: ser el director de escena de El retablo de maese Pedro, de don Manuel de Falla, en Amsterdam.
Su experiencia escénica se limitaba, entonces, a las representaciones anuales de Don Juan Tenorio que hacía con sus amigos, en la Residencia de Estudiantes. Como a todos ellos, le encantaba la obra de Zorrilla, «admirablemente construida». Años después, en 1960, en Méjico, volvió a dirigirla, con Luis Alcoriza, y se reservó el papel de Don Diego, el padre de Don Juan.
En París, como tenía poco dinero, Buñuel se agenció un carné de prensa para ir al cine gratis. Solía ver tres películas, cada día: por la mañana, por la tarde y por la noche.
Un perro andaluz, de Luis Buñuel
Le fascinaron entonces los hallazgos estéticos de Eisenstein («imposible olvidar El acorazado Potemkin», escribe); los movimientos de cámara de Murnau (El último hombre); y, sobre todo, las películas de Fritz Lang:
«Fue al ver La muerte cansada cuando comprendí sin la menor duda que yo quería hacer cine… El episodio central, la llegada del hombre del sombrero negro – en seguida supe que se trata de la Muerte – a un pueblo flamenco y la escena del cementerio. Algo que había en aquella película me conmovió profundamente, iluminando mi vida».
Por fin, el joven Luis Buñuel había encontrado su camino; el cine. Pero necesitaba aprender el oficio.
Cuando se enteró de que el director Jean Epstein iba a comenzar el rodaje de una nueva película, se presentó ante él y le dijo, sin más:
«El cine me interesa mucho pero, técnicamente, no sé nada. No podré serle muy útil pero no le pido dinero. Deje que barra el decorado y le haga los recados. Lo que sea».
Luis Buñuel dirige a Catherine Deneuve y Fernando Rey en 'Tristana'
Consiguió que lo aceptaran. Colaboró entonces en varias películas mudas, como segundo o tercer ayudante. Si le dejaban, intervenía un poco en el guión. Actuó a veces como extra : hizo un papelito de contrabandista en la Carmen de Feyder, junto a la estrella, Raquel Meller:
«En una escena en la que Carmen, en compañía de Don José, aparecía inmóvil junto a una mesa, con las manos en la cabeza, Feyder me pidió que le hiciera, al pasar, un gesto galante. Yo obedecí, pero mi gesto galante fue un pizco aragonés, que me valió una sonora bofetada de la actriz». (En 1981, cuando dicta sus Memorias a Jean-Claude Carrière, se divierte Buñuel usando la palabra coloquial aragonesa de su juventud: «pizco», en lugar de «pellizco»).
Con su habitual carácter, el joven Buñuel se peleó también con el gran director Abel Gance, aunque su película Napoleón le había impresionado mucho. Lo explica así su amigo Pepín Bello:
«Se ha dicho que rompieron porque Buñuel desdeñó el cine de Abel Gance pero no es cierto. Lo hizo por una de sus famosas e inevitables bromas. Durante un rodaje, Buñuel excitó a un grupo de ocas, que como se sabe tienen muy mala leche, hasta conseguir que se precipitaran todas sobre el equipo de rodaje. De vuelta en París, Epstein le dio la liquidación».
Al volver a España, Buñuel conservaba sus amistades vanguardistas, en Madrid; ahora, además, tenía el prestigio de haber trabajado en el cine, en París…
Escribió artículos sobre cine para La Gaceta Literaria. A partir de 1927, organizó sesiones cinematográficas en la Residencia de Estudiantes. Al año siguiente, dirigió las primeras sesiones del Cine-Club Español…
Por fin, había descubierto lo que él quería: «Hacer cine. Pero, ¿cómo? …» Tenía muchísimos proyectos cinematográficos. Comentaré alguno de ellos.