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Islam

Un joven reza en una mezquita

El Debate de las Ideas

Por qué el islam es un problema muy real y tan difícil de gestionar

El libro de Roberto de Mattei Islam y cristianismo. Guerra justa. Guerra santa ofrece algunas claves que explican por qué el mundo musulmán difícilmente se adaptará

Para empezar, permítanme un apunte personal. Muchas mañanas me encuentro en el autobús, de camino al trabajo, a una mujer musulmana, con su hiyab, acompañada de sus hijos. Me gusta verla, porque tiene una inocencia y una dulzura en la mirada que fueron habituales entre nosotros hasta no hace mucho, pero que cada vez cuesta más encontrar. Es una mujer amable, que se siente cómoda entre nosotros o, quizás más bien, que quiere sentirse cómoda entre nosotros. No desaprovecha la ocasión de intercambiar conversación con sus vecinos de asiento, y lo digo sin presumir ninguna falsedad en ello. Por mi parte, la trato con la misma cordialidad y, si se diera el caso y pudiera ayudarla, lo haría sin dudarlo. Pero eso no me impide pensar que acoger un número muy elevado de musulmanes en nuestro país no es una buena idea. Incluso aunque muchos sean personas tan amables como ella, y que sólo quieren vivir su vida en paz.

La razón es que el islam, además de una religión, es una cultura y una cosmovisión que tiene una fuerte tendencia a chocar con nuestras sociedades, como estamos viendo en muchos países europeos. El libro del historiador católico italiano Roberto Mattei Islam y cristianismo. Guerra justa. Guerra santa, que acaba de traducir Homo Legens, aporta algunas claves para entender por qué ocurre esto. Porque el islam es una roca que se resiste con virulencia a disolverse en el ambiente de tolerancia y pluralismo de las culturas europeas. Y por qué, más allá del terrorismo yihadista, alimenta comportamientos anómalos de agresiones injustificadas a desconocidos; a veces mortalmente violentas.

La clave de bóveda del problema es que el islam niega radicalmente la separación entre Iglesia y Estado, lo que abona la confusa identificación entre lo religioso, lo político y lo legal. «Es ciertamente una verdad lapidaria que en el islam no existe distinción alguna entre Iglesia y Estado», afirma el orientalista Bernard Lewis. Y añade Roberto de Mattei: «No se trata de dos poderes, sino de uno solo». Todo debe someterse a los dictados de Alá en el Corán y eso nos lleva al primer escollo insalvable: el islam tiene su propia legislación, la sharía, la ley islámica.

La sharía es la única ley posible para los musulmanes, por mucho que pueda entrar en conflicto con las legislaciones ordinarias de los países que los acogen. Por ello, su tendencia, ahí donde tienen peso social suficiente e influencia política, es la de reclamar espacios de excepción para poder aplicar esa ley a su comunidad. Incluso en lo que contradice las leyes vigentes.

«La sharía, cuyo origen está en el propio Alá, es la única fuente del derecho islámico», explica De Mattei. «El cristianismo hace la distinción entre ley revelada y ley natural. Esta última está escrita en el corazón de cada hombre y de ella nacen derechos y deberes. En cambio, la única ley en el islam, que no conoce el concepto de naturaleza ni el de persona, es la revelada por Alá».

Y esto afecta directamente, también, a las formas de saber y de conocimiento. «Mientras que el cristianismo destaca el lugar de la razón, distinto del papel de la fe, en el islam la fe es la única vía de conocimiento». De este modo, el islam choca frontalmente no sólo con la tradición cristiana, sino también con la ilustrada, otro de los pilares en los que se basan las sociedades europeas.

Aquí aparecen ya dos elementos centrales de un inevitable choque de civilizaciones, ante el que no cabe pensar en fórmulas de integración o en pactos. Por un lado, el islam impugna toda ley que no se basa en las enseñanzas de Alá, la sharía. Y, por otro, no considera que la razón tenga demasiado que aportar. Hay que dejar claro que este conflicto puede manifestarse con más o menos claridad, o con más o menos intensidad, en las personas individuales (o incluso no tener un papel relevante en algunos casos), pero es un elemento central e insoslayable de la fe musulmana y de la cultura social y política derivada de ella.

Asimismo, el concepto moderno de democracia, otro de los ‘dogmas laicos’ de la cultura de Occidente «también es considerado incompatible con la sharía y el principio del tauhid (unidad de Dios) que atribuye a él, y no al pueblo, el derecho exclusivo de gobernar. En efecto, la democracia no es sino politeísmo, porque despoja a Alá del derecho a dictar leyes y se lo concede al pueblo, expresando así una visión secularizada de la política, contraria a la del islam», recalca Roberto de Mattei.

¿En qué puntos choca la sharia con los derechos europeos? Incluso si admitimos, como plantean algunos expertos, que existe un cierto grado de interpretación en los preceptos de la sharía, el choque es frontal en relación con asuntos como la igualdad de hombres y mujeres ante la ley. La sharía permite la poligamia, que está prohibida en las legislaciones europeas, y concede al varón privilegios en cuanto al poder de divorciarse, o a la custodia de sus hijos, así como en los procesos de herencias. Las mujeres musulmanas tienen prohibido casarse con hombres no musulmanes, salvo que se conviertan. Pero tampoco se respeta la libertad de conciencia y no se permite abandonar el islam. Asimismo, cometer blasfemia es considerada una falta mucho más grave que lo que plantean las legislaciones europeas. Insisto en que, a título particular, quizás algunos musulmanes acepten las legislaciones europeas y no apliquen los preceptos de la sharía, pero, como comunidad, la tendencia es a imponerla.

Por otra parte, el islam es una comunidad religiosa cuya vocación es llevar la ley de Alá al mundo entero. Durante un tiempo esa misión se cumplió mediante la guerra, cuando existían califatos poderosos, pero de un tiempo a esta parte se buscan otros medios. Los millares de mezquitas que ya existen diseminadas por Europa, frente a las 50 o 60 que existían en los años setenta, son un buen ejemplo. Hoy el islam es la segunda religión del mundo en número de fieles, pero lo más relevante es que va a convertirse en la segunda religión en muchos países europeos.

Y si se trata de conquistar visibilidad y presencia social, hay otras estrategias. Los menús halal, por ejemplo —con carne sacrificada conforme a los ritos y requisitos del culto islámico— ya se pueden solicitar en los colegios de toda España gracias a un reciente decreto del Gobierno de Pedro Sánchez. Y en Ceuta, el gobierno autonómico subvenciona con 600.000 euros la existencia de mataderos portátiles destinados a esta misma finalidad.

El segundo punto de conflicto grave es la yihad, la guerra contra los infieles. Hay cierta confusión sobre este término y, sobre todo, acerca de su impacto y dimensiones. Hoy no existe una autoridad religiosa o política central en el islam que pudiera ordenar una ‘gran guerra santa’ contra el mundo occidental. Pero eso no impide que cada fiel pueda desarrollar su propia yihad. Más allá de la existencia de redes de terrorismo yihadista, que últimamente se han hecho notar menos, la proliferación de ataques particulares a sacerdotes, templos, personas o eventos religiosos apunta hacia esta dimensión de la yihad ‘particular’.

«La yihad es una obligación. Este precepto es proclamado en todas las fuentes», explica la Enciclopedia del Islam en cita recogida por De Mattei. «La obligación persistirá mientras no se alcance la universalidad del islam. La paz con las naciones no musulmanas es, por tanto, un estado provisional; solamente circunstancias accidentales pueden justificarla transitoriamente».

«Para los musulmanes, Occidente no es sólo un error teológico, sino una realidad corrupta y decadente, responsable de la degradación moral del mundo entero», explica Roberto de Mattei. Esta incompatibilidad entre el islam y Occidente se traduce «en un choque de civilizaciones, incluso antes que un choque de religiones». Una incompatibilidad que explica también por qué no es posible una alianza, siquiera coyuntural, con los musulmanes para combatir aquellos aspectos de los ‘valores europeos’ que una parte de los cristianos también rechazamos.

El lenguaje progresista actual define al musulmán ‘moderado’ como una persona que reconoce los principios de laicidad y tolerancia y que se adapta al estilo de vida occidental. «En definitiva, alguien que realmente no es musulmán, pues ha abandonado los principios fundamentales de su propio credo o los vive con tibieza», explica De Mattei. En los países islámicos, sin embargo, la diferencia entre moderados y radicales viene dada por su posición ante el uso de la violencia y el terrorismo como instrumentos de expansión de su religión. Los moderados rechazan el uso de la violencia, «pero esto no significa que consideren sus valores compatibles con los de Occidente».

Los moderados no pretenden conquistar Occidente mediante atentados, sino a través de la expansión demográfica, la islamización de los espacios sociales y la introducción del derecho islámico en las instituciones occidentales, explica el autor de ‘Islam y cristianismo’. Esta visión ‘moderada’ encontró una ajustada formulación en unas declaraciones del presidente argelino Boumédiène, en las que reconocía que el islam aspira a conquistar Occidente «por medio del vientre de las mujeres». Pero, además, a esta línea ‘moderada’ se opone la ‘dura’ del islamismo radical que no renuncia a la guerra y el terrorismo.

Obviamente, el problema mayor, porque es de orden público y de seguridad ciudadana, lo representa el islamismo radical violento. Pero no tiene sentido ignorar que también existe conflicto, y notable, con las visiones moderadas del islam, pues su visión de fondo es incompatible con lo que representan las sociedades occidentales. Ese conflicto pueden conllevarlo los ciudadanos musulmanes concretos con mayor o menor diplomacia, dependiendo del talante personal, o puede estallar en ciertas circunstancias. Un buen ejemplo serían los casos de musulmanes radicalizados a través de las redes sociales.

A todo ello hay que añadir que el islam posee también un componente identitario que, en el caso de los musulmanes residentes en países occidentales, juega un papel defensivo. El islam es un refugio frente a un entorno que se percibe como hostil, por sus costumbres, sus hábitos sociales y sus ‘valores’, y frente al que cualquier musulmán siente la obligación de defenderse y proteger a los suyos de las influencias ambientales.

De Mattei es muy crítico con quienes creen que el mejor camino para integrar a los musulmanes en nuestras sociedades es el proceso de secularización. La experiencia no avala ese optimismo, sino más bien al contrario. Quienes creen que la secularización les arrastrará hacia el mismo materialismo romo que se ha impuesto en un Occidente descristianizado parecen ignorar que la secularización occidental es justamente uno de los motivos principales de rechazo por parte de los musulmanes. Quienes se instalan entre nosotros admiran los altos niveles de bienestar material que Occidente ha alcanzado, pero deploran su falta de espiritualidad y la pérdida de rumbo que delatan sus costumbres. Y cuanto más se ven expuestos a ellas, más se refugian en su identidad islámica como escudo de protección.

«Occidente, que, a lo largo de su historia, ha definido su identidad luchando para defenderse del islam, estará hoy condenado a la derrota si pretende enfrentarse a él utilizando la ideología de la secularización como arma», afirma Roberto de Mattei. «El único modelo de civilización que puede vencer al islam continúa siendo la civilización cristiana».

Lo que no explica De Mattei es cómo podríamos reflotar esa civilización en una Europa que ha preferido soslayar sus raíces cristianas y que hoy prefiere adorar al becerro de oro y a nuevos ídolos laicos en lugar de mostrar gratitud al Dios que le permitió llegar a ser lo que ahora es. Pero esa es otra historia.

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